La nueva doctrina estaba especialmente diseñada para quienes han perdido toda ilusión utópica de vivir un mundo mejor y de alguna manera decía poner los pies sobre la tierra. Ya no se trataba de cambiar el mundo, ni siquiera reparar la vereda; durante su gestión sólo había que esperar “cosas simples” y, naturalmente, después, que se alcanzaran niveles de crecimiento de la economía que en promedio no se habían constatado en los últimos diez años.
El rol del Banco Central con el dólar
Pese a que muchos se lo habían advertido, a izquierda y derecha, nada hay más poderoso y fatal que el ego mal administrado. Luego de meses intentando educarnos acerca de las bondades de la “nueva” política monetaria y cambiaria impulsada desde el BCU, todo indicaba ahora que el camino transitaría esa avenida aparentemente inexorable que los más veteranos sospechábamos iba a resultar muy difícil de eludir.
Este periodo de gobierno arrancó con la discusión sobre si las nuevas autoridades habían recibido una Ferrari en excelentes condiciones como aducía el Alfie-arbelechismo, o si la Ferrari estaba chocada y hecha pelota, como afirmó tempranamente el Dr. Jorge Díaz, prosecretario de la Presidencia. En realidad, la debilidad de las cuentas públicas y los agujeros que dejaba la gestión de Lacalle Pou habían sido desnudadas en medios de prensa y diferentes actores políticos y sociales desde muchos meses antes.
Tal vez la sorpresa fue su magnitud y su volumen, pero más de un año antes de las elecciones varios especialistas y analista económicos, algunos de los cuales ocupan cargos relevantes en este gobierno, advertían sobre lo estrecho del espacio fiscal que tendría el nuevo gobierno y las dificultades para emprender acciones relevantes que supusieran cambios estructurales en beneficio de los más humildes, niños pobres, mujeres solas con hijos en hogares monoparentales, pensionistas y jubilados con prestaciones muy bajas, trabajadores con empleos poco calificados y con salarios sumergidos, poblaciones en asentamientos irregulares, presos en condiciones inhumanas y jóvenes con escaso grado de calificación que buscan trabajo.
Sospechamos en su momento y así lo escribí en estas páginas que Jorge Díaz visualizó el desenlace de la película, y con sus declaraciones públicas intento abrir un mayor margen de maniobra al Ejecutivo previo a la discusión del presupuesto en el parlamento, cuya aprobación aún hoy es la mayor victoria que se anotó el ministro de Economía.
Gabriel Oddone salió raudamente a desautorizar a Díaz, sin reconocer que a la larga el prosecretario le estaba lanzando un salvavidas porque tarde o temprano lo obvio y oculto se iba a volver más evidente y cristalino. Nunca supimos si era por cierto respeto por sus colegas Isaac Alfie y Azucena Arbeleche, o por un exceso de prudencia, temiendo un estate quieto por parte de JP Morgan, las calificadoras o algunos de los diversos y muy poderosos interesados en mantener las pelotas en el aire mientras el público continúa en una nube de pedos comprando bonos, consumiendo electrodomésticos, autos eléctricos, pasajes y productos importados endeudándose hasta el cuello y pagando voluminosos intereses a la banca extranjera, que acumula ganancias de cientos de millones de dólares que gira puntualmente a sus casas centrales.
Yo no me hice nunca ilusiones con la Ferrari, ya que era harto evidente que nos habían dejado un fitito tanto o más oxidado que las chapas del buque de Cardama, certificadas y bendecidas in situ por el diputado Gianoli.
Habiendo aceptado tácitamente que la situación fiscal era digna de la ingeniería automotriz de la Ferrari producida en Módena, el equipo económico no tuvo más remedio que comerse el sapo y tragar las millonarias deudas de ASSE, del MTOP con el consorcio Vía Central y tantos otros.
El dólar y el atraso cambiario
Con esa situación fiscal era ya de por sí muy difícil que se revirtiera el atraso cambiario heredado de la administración anterior, como también será difícil crecer según lo esperado por Oddone y su equipo, abatir el déficit fiscal o reducir, al menos relativamente, la deuda externa. Es por ello que, cuando desde el BCU se anunció una política simultánea de desdolarización y de baja de la inflación, vimos de entrada que el escenario actual de caída del dólar iba a ser altamente probable. Es más, Oddone no tenía manera de ignorarlo, porque la crítica de esta política era pública, muy bien argumentada y venía de todos lados. Y, tal vez, nada tenía que ver la disonancia cognitiva que había diagnosticado Tolosa a los asistentes al almuerzo de ADM, en un discurso para olvidar especialmente por Tolosa.
Reiteramos que la desdolarización de la economía es una buena política. Advierto que el dólar va a continuar su depreciación porque esa es la política de Estados Unidos, y especialmente de la administración Trump, y reconozco que Guillermo Tolosa, con poca prudencia y demasiado ego, la ha promovido con argumentos diversos y la autoridad de ser el presidente del Banco Central.
El problema es el cómo desdolarizar, y sobre todo cómo no pasarse de listo. Y aquí, en lugar de promover políticas públicas para lograr imponer sí, imponer el uso de la moneda local, lo único que se hizo fue subir violentamente la tasa de interés que pagan el BCU y el MEF por sus pasivos. Como era de esperar, esto indujo un cambio de carteras de dólares a pesos, provocando una nueva caída del dólar, más ganancias para bancos privados, especuladores extranjeros y AFAPs. Por supuesto que la contrapartida fue más déficit fiscal y menor competitividad para el trabajo uruguayo. Porque, entiéndase bien, una caída del dólar hace sentir a los asalariados más ricos, ya que en el corto plazo pueden comprar más bienes importados, para alegría de importadores, grandes superficies y los que se ganan la vida ofreciendo créditos al consumo. Pero la contrapartida es que, medidos en dólares, estos salarios suben y hacen menos competitiva la industria de exportación, que en nuestro país es principalmente agropecuaria.
El problema es que cuando un molino arrocero decide cerrar una planta de procesamiento porque no le dan los costos, y exportar arroz con cáscara, el costo en pérdida de empleo es permanente, mucho mayor que el beneficio temporal aparente para el asalariado. Este es el gran intríngulis de la economía política uruguaya, y no lo voy a resolver yo, que solamente opino por lo que he visto y oído en los últimos setenta años.
Pero vale la pena que en Colonia y Paraguay no piensen que somos todos bobos y no nos damos cuenta que miraron para el costado ante los signos inequívocos de atraso cambiario. Es más, hace tiempo que sé que las voces de los bancos, los promotores de la construcción residencial, las grandes superficies, las gremiales de productores agropecuarios, las calificadoras de riesgos y el Fondo Monetario son los que sacuden las modorras del equipo económico.
Es verdad que el BCU logró bajar la inflación, pero fue hecho a fórceps, provocando una caída del dólar y sin tener en cuenta que en el mundo, y como consecuencia de las políticas de los grandes centros financieros, y fundamentalmente de las políticas de Donald Trump, el dólar se derrumbaba y con ellas las otras divisas atadas al dólar, contribuyendo así a licuar la inmensa deuda externa que acumulan las grandes economías capitalistas, y sobre todo Estados Unidos.
La verdad la vamos a ver cuando eventualmente se revierta la caída del dólar, si es que bajando la tasa de interés el Banco Central y comprando divisas a futuro todo demasiado anunciado consigue hacerlo con cierto grado de sostenibilidad.
No quisiera dejar de recordar también, para no parecer condescendiente, que cualquier crítica a la situación cambiaría era respondida con las mitologías fundantes habituales: el BCU es “independiente”, el tipo de cambio “flota” y lo fija el “mercado” (i.e. Somos tan “buenos” que el mercado nos “premia”), etc., etc.
Bastó una abrupta caída del dólar en el mercado internacional respecto al euro y el franco suizo, y un repentino ascenso en el precio del oro y otros metales preciosos, para que el ministro Oddone descartara rápidamente su discurso. De golpe pasó a ser aceptable darle instrucciones al BCU de bajar la tasa de interés mancillando en el proceso sus aspiraciones independentistas e instruir a las empresas públicas a salir a comprar dólares. Todo demasiado anunciado, dando tiempo a muchos vivos ágiles de reflejos, de manera que los bancos se puedan anticipar y así mejorar sus ganancias, comprando dólares baratos mientras las empresas públicas se desperezaban.
Incluso, sin querer ser mal pensado, me llamó la atención un twit de Alfredo Lago, presidente de la Cámara Arrocera, donde parecía que esta gremial habría recibido un anunció de las medidas que adoptaría el Banco Central, aún cuando no se había anunciado la reunión del lunes de la Comisión de Política Monetaria (COPOM). Es verdad que el twit fue luego borrado, pero, sea como sea, el lenguaje de la verdad siempre es preferible a la irritación que nos producía cuando la maestra de primaria nos corregía por enésima vez cómo pronunciar la “v” corta.
Es bueno escuchar
Hubiera sido mucho mejor haber escuchado oportunamente, con un poquito más de humildad, las voces que se levantaban alertando sobre el problema cambiario. Si no hubiéramos subido tanto las tasas, quizás no hubiera caído tanto el dólar y ahora no las tendríamos que bajar tanto. Porque ahora la que se viene es la renovación de los pasivos en pesos, a los cuales se les bajó la tasa. ¿Será que van a seguir renovando o se pasarán al dólar?
Eso me lleva a preguntarme qué pasaría si alguno de esos fondos extranjeros a quienes rendimos pleitesía poscolonial decide vender de un día para el otro cientos de millones de dólares en títulos en pesos para pasarse al dólar. ¿No será ésta una receta para introducir una indeseada volatilidad cambiaria? ¿O será que estos fondos ya hicieron su 25 por ciento anual en dólares de tasa y se salieron esperando a entrar de vuelta?
Cuando el economista Mario Bergara nos hablaba de los “platitos chinos” se refería justamente a este dilema difícil de resolver. Quienes lo sucedieron en la gestión económica se mofaron de él, pero no han encontrado nada mejor para hacer o decir que barajar los platitos chinos. Al menos el actual intendente de Montevideo explicaba el problema para que lo entendiera gente como yo. Y lo hacía con respeto.
Llegó la hora de abrir los ojos, escuchar mejor, hablar poco y hacer mucho más. Hay que encarar la escandalosa tasa de usura, los dividendos grotescos que la banca extranjera gira todos los años al exterior, las escandalosas puertas giratorias entre altos puertos del equipo económico anterior y el sector financiero privado. Y que todo esto no quede en una nueva ronda de liberalización de importaciones, bajo la cobertura de bajar el precio de la pasta de dientes y el papel higiénico importados. Porque si no nos avivamos, en cuatro años nos podemos quedar también sin sector granjero.
Y no hagamos de Guillermo Tolosa el chivo expiatorio. Seguramente no cayó bien al poder permanente sus declaraciones sobre la debilidad del dólar. Esperamos que no corra con la suerte de los gobernantes africanos que intentaron convertir sus libras acumuladas en la inmediata posguerra. Estamos en momentos difíciles y prefiero tener un Tolosa medio soberbiote que no tenerlo.
Porque el mundo que se viene no es para sacar platea preferencial y observar la explosión.