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Política fakes news | redes sociales | campaña electoral

En la era de la posverdad

Las fakes news como práctica política

La proliferación de las fakes news responde a un fenómeno planetario y ha sido utilizado en muchas campañas electorales por diferentes candidatos.

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Las fakes news son moneda corriente en el mundo de la virtualidad y las redes sociales. El acceso a diferentes aplicaciones y programas de diseño permite casi que a cualquier internauta difundir sus ideas con un toque personal, lo cual es muy bueno. Sin embargo, el problema surge cuando se utilizan herramientas para la difusión de mentiras y noticias falsas, sobre todo cuando eso tiene algún fin de tipo político, cultural o económico.

Las noticias falsas afectan la calidad democrática y son, por lo tanto, peligrosas para la construcción de convivencia, contribuyendo a la desinformación. La manipulación de la opinión pública es algo que no debería ocurrir en una democracia plena, pero ocurre y hay que prepararse para minimizar su impacto. Sobre todo, teniendo en cuenta que quienes más pueden utilizar estas formas de “política sucia” son quienes más recursos económicos tienen.

La proliferación de las noticias falsas responde a un fenómeno planetario y ha sido utilizado en muchas campañas electorales por diferentes candidatos. El caso más emblemático seguramente sea el de Donald Trump, quien basó su estrategia electoral en la utilización de redes sociales y la difusión de contenido falso, o al menos dudoso, que lo beneficiaba mientras atacaba a sus rivales. Diversos análisis han revelado que en la campaña de Trump hubo un total de 115 noticias falsas para favorecerlo y fueron difundidas a través de Facebook 30 millones de veces.

El año 2024 encontrará en Uruguay el desarrollo de la campaña electoral y, junto a ello, probablemente la multiplicación de las noticias falsas, algo que viene ocurriendo en nuestro país desde hace un buen tiempo, pero que se verá intensificado por la contienda electoral.

En el caso de Uruguay, no son pocos los políticos de la coalición que utilizan de manera sistemática las fake news en sus apariciones públicas o en redes sociales para sacar algún tipo de rédito. Graciela Bianchi probablemente sea la senadora oficialista que más lleva a cabo esta práctica política, pero no es la única. Es que forma parte de una estrategia electoral de la derecha que se basa en los ataques y las mentiras, como se señaló en una nota anterior en la que se analizaban los ataques del Partido Nacional al Frente Amplio.

Este camino elegido en Uruguay se ha podido ver con Trump en los EEUU, Milei en Argentina, Vox en España o la derecha ultraconservadora en Israel. Como es sabido, los discursos de polarización aumentan la confrontación política y exacerban primitivismos, porque tienden a anular formas elementales de pensamiento crítico y simplificar las opciones. Las mentiras también.

Está comprobado que las noticias falsas tienen una mayor velocidad de reproducción en internet, bastante más que las noticias reales y chequeadas. Esto sucede así porque las noticias falsas trabajan sobre determinados aspectos cognitivos y emocionales de las personas, como es lo novedoso o sorprendente, lo impactante. Las fake news, al relatar algo inverosímil, o dudoso, rompen la lógica de lo esperado, de lo normalizado, y por lo tanto la expectativa o curiosidad por conocer su contenido genera el asombro o la indignación, dependiendo el caso.

Pero además tiene otro componente. En la era de la posverdad, donde importan más los relatos y la potencia con la que se cuentan que la verdad en sí misma, es relativamente sencillo que una noticia falsa se instale como una verdad incuestionable para muchos. Solo se necesita de un dispositivo y reproductores, y de ser posible de dinero para magnificar el alcance. Un desmentido o una aclaración respecto a lo ya difundido, por lo general no tiene la potencia ni el impacto de la difusión del contenido falso. De esta manera, la verdad siempre corre en desventaja respecto al contenido falso, lo cual genera distorsiones de la realidad e impactos negativos en la vida de las personas.

Para visualizar de mejor manera la forma en la que operan estas lógicas, conviene repasar algunos ejemplos. Uno de los casos más resonados en los últimos tiempos fue en relación al viaducto de Avenida Italia y su altura. La polémica se instaló por una noticia falsa en la que se afirmaba que los ómnibus de doble piso no podrían pasar por el mismo debido a que eran más altos que la altura del viaducto inaugurado. Esta vez, la modalidad fue a través de un audio de WhatsApp, en el que una persona decía estar vinculada a la empresa Nossar y que se le había pedido que llevara un coche para pasar por el túnel. En ese audio afirmaba que para lograrlo habían tenido que modificar parte de la unidad de transporte como la suspensión, bajarle el aire de las cubiertas, pero que a pesar de esas adaptaciones, aun así el ómnibus pasaba “rozando los neumáticos contra los guardabarros, el ómnibus había tocado el techo”, decía el audio que se hizo viral. Acompañado de esto, miles de tweets, fotos trucadas y mensajes de redes sociales buscaban desacreditar una obra de la Intendencia de Montevideo.

Por otra parte, la senadora nacionalista Graciela Bianchi es una de las más entusiastas en compartir contenidos falsos o dudosos. Uno de ellos fue el relacionado al presidente de Colombia, Gustavo Petro, donde una foto con montaje lo mostraba junto al narcotraficante Pablo Escobar. El centro del mensaje que pretendía dar con esa foto trucada era el de vincular el narcotráfico a la izquierda latinoamericana. Otro tuvo que ver con el periodista uruguayo Víctor Hugo Morales, en relación a la crisis hídrica por la que atravesó Uruguay durante el 2023, buscando desacreditar la opinión del periodista con una afirmación falsa. Así mismo, queriendo enturbiar la investigación de la “denuncia del Cordón”, había manifestado en su cuenta de X que la esposa del exfiscal Jorge Diaz era quien trabaja en la unidad de atención a las víctimas, algo que fue negado por el exfiscal, y por lo cual la senadora tuvo que retractarse.

Otro caso reciente es el del ministro Javier García. Sin ir más lejos, esta semana el ministro de Defensa Nacional planteó que el Frente Amplio no tenía programa ni discurso. En declaraciones de prensa dijo: “No solo no tiene programa, sino que no tiene discurso y ha apelado en estas últimas horas a algo muy particular, la posverdad… La posverdad es cuando usted distorsiona la realidad para hacerla a su gusto y tratar de que el otro entienda algo que no es, que no pertenece a la realidad", expresó García, en relación a la polémica por la cifra de delitos y homicidios que se cometen en Uruguay.

Como se puede ver, el ministro explica muy bien lo que significa la posverdad, el problema es que se para desde ella para mentir. García sabe muy bien que el Frente Amplio tiene un programa único votado en su congreso en diciembre del año pasado. Lo podrá compartir o no, pero existe. La pregunta es ¿por qué sabiendo que el Frente Amplio tiene programa dice que no? Pueden existir muchas respuestas, pero seguramente una de ellas tenga que ver con que se quiere instalar el relato de que la fuerza política de izquierda no está preparada para gobernar ni capacitada, que no tiene rumbo político, lo cual juega a favor de la incertidumbre.

La falsa afirmación de García fue multiplicada por diversos medios de comunicación, portales y redes sociales. Que quede claro, no se está criticando en esta oportunidad el rol de los medios de comunicación, sino la estrategia política utilizada por un integrante del gobierno, quien, siendo conocedor del funcionamiento de los medios, utiliza sus plataformas para masificar su mensaje que busca inducir al engaño a los lectores o televidentes.

Este tipo de formas de hacer política le hacen muy mal al Uruguay. El país necesita avanzar en una discusión política seria, de calidad y con argumentos. Da la sensación de que hay un hartazgo cada vez más notorio en la sociedad con la política del burdo enfrentamiento y la mentira. Tiene que tener un límite, aunque muchas veces se antepone el derecho a la libertad de expresión como escudo para las falsas afirmaciones. Es un derecho fundamental para cualquier sociedad y más para aquellas que pretenden reforzar sus pilares democráticos, pero también es un derecho el acceso al conocimiento y a la información de calidad.

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