Con tantos actores involucrados: vecinos, amigos, compañeros de estudio, educadores, ¿cómo es posible que no sea detectado un caso de violencia intrafamiliar tan evidente como parece ser ahora para los que reaccionan de forma violenta contra la progenitora? ¿No pudieron hacer nada antes? Algo que hubiera impedido este luctuoso resultado para un chico que tuvo una muerte espantosa en manos de su propio padre.
La sociedad uruguaya está enferma desde hace mucho tiempo, el caso de 2009 es la demostración del deterioro mismo de un colectivo que ha sido permeado por los medios masivos de difusión y que hoy tiene en sus manos un medio que lo distorsiona todo al influjo de las tendencias. Basta una chispa para que el incendio se propague al ritmo del clic y la viralización lleva a la acción a quienes de forma irracional actúan al impulso de una (in)justicia apresurada y mendaz, muchas veces.
Porque aquel matrimonio de un barrio pobre, fue acusado por movileros de TV convirtiéndolo en autor de un crimen que no habían cometido, generando la reacción de la turba que vandalizó su hogar y los dejó en la calle. No solo habían sufrido la pérdida de su hija sino que también perdieron la dignidad a base de un mal diagnóstico y la irresponsabilidad mediática de movileros que jamás asumieron su culpa.
Tiempos medievales
Vivimos tiempos de graves retrocesos del proceso civilizatorio, tiempos donde se impone la fuerza a la razón, la guerra a la diplomacia, la corrupción a la honestidad, y así podemos seguir enumerando ítems de esta involución abominable. El comportamiento social no le envidia nada al que impulsan los líderes mundiales, esos titiriteros que manejan los piolines de nuestras vidas al impulso de sus caprichos o para ocultar sus depravaciones y/o delitos. Dueños de la manipulación y, aún peor, de la posibilidad manifiesta de disponer del “botón rojo” que nos extermine como raza.
Pero sin irnos tan lejos ni siendo tan globales, basta con apreciar nuestra propia involución para darnos cuenta que estamos mucho peor que antes y que, lo que más entristece, es que hemos naturalizado ese deterioro.
Hoy padecemos nuevamente a la turba justiciera que no puede justificarse en la verdad de los hechos, por la simple razón de que sus acciones no hacen parte de ningún acto de justicia sino todo lo contrario. Se erigen en Juez cuando pudieron ser los verdaderos héroes de la historia si hubieran tenido la empatía de escuchar y reaccionar a tiempo con acciones concretas de resguardo y denuncia en los tiempos y lugares correctos. Y si las hicieron, tampoco se justifica su accionar porque nada repara ahora, solo agregan más elementos que denotan el grado de enfermedad social que padecemos los uruguayos.
Y en estas situaciones están también los lúmpenes que aprovechan la desgracia para hacerse de bienes de forma ilegítima mediante robos. Así como recordamos situaciones trágicas como el tornado en Dolores del año 2016 que trajo destrucción y también hurtos de los que esperan la oportunidad para hacer su “negocio”.
Tanto el Estado, desde sus instituciones responsables, como la propia sociedad que lo conforma somos responsables ante hechos de esta naturaleza porque no somos capaces de comprometernos para evitar que terminen con resultados trágicos como los ocurridos. Vivimos tiempos de máxima individualidad, y cuando nos juntamos es para reacciones como estas totalmente anacrónicas, desmedidas y egoístas, donde tan solo se busca aliviar el cargo de conciencia que le provocan los hechos de los que se sienten, en parte, responsables.
Hay mecanismos de respuesta que tenemos que conocer y saber cómo aplicarlos; hay alarmas que tenemos que poder detectar a tiempo para que permitan activar los protocolos previstos para evitar estos actos.
Hay que educar y hay que estar dispuestos a aprender para que nunca más hayan inocentes acusados ni culpables ajusticiados por alguna turba.
(Tomado de elperrogil.blogspot.com)