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Política política | Orsi |

El fin del relato

¿Problemas de comunicación o de síntesis política?

Ante el desencuentro entre un gobierno y su sociedad, se recurre al socorrido argumento del “problema de comunicación”. Es una explicación seductora para quienes habitan los despachos: la idea de que la obra es adecuada, pero el relato es defectuoso. ¿Es así?

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El balance del primer año de Yamandú Orsi arroja resultados positivos en cuanto a la gestión institucional. Sin embargo, los números de la opinión pública y el estado de ánimo de la militancia frenteamplista sugieren que la arquitectura administrativa no está logrando albergar las expectativas de una ciudadanía que espera algo más que un tablero de control ordenado.

Al cumplirse el primer aniversario del gobierno, la mirada de los especialistas tiende a detenerse en la destreza para sortear los obstáculos que el diseño institucional impuso desde el primer día. Haber navegado la ausencia de mayorías parlamentarias, consolidar el presupuesto quinquenal y resolver las venias de los organismos públicos son, sin duda, hitos de una ingeniería política eficaz. Se diría que el motor funciona y las piezas encajan; el barco parece que avanza pero persiste una interrogante inquietante sobre el rumbo.

La política posee dimensiones que la gestión técnica no alcanza a cubrir, algo que bien se sabe al menos desde Maquiavelo. La política implica la disputa por el poder, el control y la configuración del Estado en función de determinados objetivos y directrices que benefician a unos y perjudican a otros. En cambio, lo que hoy solemos entender como “gestión” remite principalmente al trabajo administrativo y en buena medida rutinario de las instituciones estatales ya moldeadas por el poder.

Cuando las encuestas de opinión pública más o menos respetadas revelan niveles de desaprobación peores a los del gobierno de Jorge Batlle, su we are fantastic y la crisis del 2002, se hace imperativo trascender el análisis de las formas para interrogarse por el fondo. ¿Cómo es que un país alejado del abismo experimentado a principios de siglo manifiesta un desánimo tan profundo?

La herida de la postergación estructural

Una respuesta posible puede hallarse en la postergación histórica de los sectores populares que los avances de los gobiernos anteriores del Frente Amplio especialmente durante la primera gestión de Tabaré Vázquez y la de José Mujica lograron corregir pero no se revirtieron de forma definitiva. Bastó una nueva crisis mundial y el retorno de un modelo herrerista para barrer con conquistas que se creían básicas. Esta fragilidad evidencia la imposibilidad de resolver políticamente los problemas estructurales que reproducen y amplían la desigualdad.

Con el paso de los años, esta situación ha generado una frustración social creciente y una antipatía hacia "la política" en términos generales, borrando las fronteras partidarias en el imaginario colectivo. Sin embargo, a la izquierda este fenómeno le pasa una factura doble. Mientras los sectores de poder mantienen sus privilegios, las promesas de campaña se suceden y los gobiernos pasan, pero las realidades de las mayorías permanecen incambiadas o, en el peor de los casos, se deterioran.

Y la política?

Es frecuente que, ante el desencuentro entre un gobierno y su sociedad, se recurra al socorrido argumento del “problema de comunicación”. Es una explicación seductora para quienes habitan los despachos: la idea de que la obra es adecuada, pero el relato es defectuoso. Sin embargo, la historia política reciente nos enseña que la comunicación rara vez es la causa; suele ser el síntoma de una desconexión más profunda. Dicho de otro modo, cuando se sostiene que el problema es que “no comunicamos bien”, lo que en realidad se evidencia es que el problema no es la comunicación, sino la política.

Lo curioso es que la izquierda uruguaya atravesó recientemente este mismo debate, llegando incluso al paroxismo de modificar su identidad simbólica bajo la premisa de que estaba demodé y de que ya no conectaba con ciertos sectores de la población. El resultado fue la peor elección de las últimas décadas.

Luego vino la autocrítica necesaria. Y si algo quedó claro de ese proceso es que la desconexión con las bases sociales no fue un problema de comunicación, sino de acción política: de la profundidad del proyecto y de la definición de los sujetos del cambio.

Esto nos coloca, a mi juicio, ante un debate impostergable: el problema ideológico, que constituye el sustento de este y de cualquier otro proyecto colectivo alrededor del mundo.

La desafección no es un problema de los símbolos; es, más bien, consecuencia de que la política ha dejado de interpretar lo que esos símbolos encierran. Desde hace años esa política zonza viene autonomizándose hasta el punto de fortalecer a una élite administrativa frente a una plebe cada vez más ausente.

Esto escapa casi por completo al control de los funcionarios, porque su abordaje no puede ser individual, sino el resultado de una reflexión y una acción colectivas.

Nuestros símbolos los de la izquierda uruguaya contienen ideas y valores compartidos. Cuando esas ideas no se ven reflejadas en toda su profundidad en la gestión administrativa del Estado, lo que termina despreciándose son los símbolos y, con ellos, los valores que cobijan a quienes se reconocen en ellos.

No es un problema de voluntad, es un problema ideológico: la pelota no se mancha.

El reciente discurso del presidente Yamandú Orsi ante la Asamblea General evidenció algunas carencias respecto al traslado de la información puesto que muchos ciudadanos descubrieron allí acciones que desconocían. Pero el nudo del problema es más complejo: para que una gestión sea percibida como propia por la gente de a pie, debe existir una síntesis colectiva que convierta el dato administrativo en una vivencia de cambio. Cuando la ciudadanía no logra identificar la acción estatal en su cotidianidad, el silencio y la apatía no delatan falta de información, sino falta de pertenencia. Existe un demos que permanece ausente de los hitos de su propia supervivencia. Cuando el pueblo no se reconoce como protagonista de los sucesos que le dan sentido a su propio devenir, comienza lentamente la renuncia a ser parte de un proyecto colectivo más amplio que le de sentido. Sin un relato común, sin un demos activo y sin un sentido de pertenencia, difícilmente pueda surgir algo positivo. Se trata, en última instancia, de un problema político en un sentido profundo y antropológico: el de cómo una comunidad se reconoce a sí misma como parte de un destino compartido.

La construcción de una alternativa real

El programa que llevó a la fuerza política al gobierno no es solo un plan de administración, sino una propuesta de transformación. Hoy, el desafío es evitar quedar atrapados en las "encerronas liberales" que acortan el horizonte de lo posible. Nadie ignora las restricciones de un mundo globalizado en conflicto, sujeto a la presión permanente de un capital que ignora fronteras, pero la política de izquierda encuentra su razón de ser, precisamente, en la capacidad de ensanchar esos márgenes.

Si las victorias en el Parlamento o los decretos ministeriales no se traducen en victorias contra la pobreza infantil, o si la estabilidad macroeconómica no llega a suavizar la "tortura" diaria que representa el paso por la caja de un supermercado, y eso además no es elaborado con la gente, el proyecto corre el riesgo de volverse invisible. Esa invisibilidad es, en última instancia, la puerta de entrada para una derecha que ya no oculta sus pretensiones de desmantelamiento social y revanchismo.

El momento actual exige una pausa para la reflexión. La pregunta fundamental es cómo recuperar una estrategia de acumulación política que devuelva el protagonismo a la organización popular y a la construcción de conciencia y no tanto cómo inundar el éter de mensajes elaborados con toda la técnica y pompa del marketing. El primer año ha demostrado que el gobierno sabe gestionar; el tiempo que resta deberá demostrar si el proyecto sabe transformar, con qué velocidad lo puede hacer y quiénes son los sujetos del cambio. Porque la verdadera política, desde una concepción de izquierda, no se hace para la gente, sino con ella e implica la disputa del poder y, claro está, el conflicto. Solo cuando el pueblo percibe que su vida cotidiana es el centro de la agenda estratégica, el desánimo comienza a ceder su lugar a la esperanza. Solo cuando la disputa tiene sentido, la gente se la apropia, y solo cuando es real construye pueblo.

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