Las declaraciones de Vallcorba son preocupantes por partida doble. En primer lugar porque rompen el vínculo de confianza con la ciudadanía. Miles de uruguayos votaron al FA esperanzados en que parte de sus propuestas se convertirían en realidad. Alguien podría argumentar que la mayoría del electorado no conoce el programa en su totalidad, y eso es parcialmente cierto. Pero eso no significa que la gente sea ingenua ni que vote solo slogans o sonrisas frente a las cámaras. En segundo lugar, no aplicar el programa sería defraudar un compromiso explícito. El FA no prometió vaguedades, convocó a un cambio concreto y eso se tradujo en una victoria electoral. Subestimar permanentemente al pueblo es un error garrafal de quienes creen que la política se reduce a cálculos y planillas. Los resultados de estas aventuras ya se conocieron en el 2019 y existen múltiples experiencias regionales y mundiales al respecto.
El valor del programa
El programa del Frente Amplio no es un capricho ni una imposición tecnocrática. Es el resultado de una construcción colectiva donde participaron miles de militantes de todo el país, junto a técnicos y especialistas que volcaron sus valiosos aportes para que las ideas pudieran tener la capacidad de realización.
Un programa condensa la esencia de una fuerza política, marca un horizonte inmediato y proyecta una estrategia de largo aliento. En definitiva, es parte de su razón de existencia, es mucho más que un compromiso electoral, aunque eso ya bastaría para tener que cumplir.
Quien conozca la interna del FA sabe que los programas son, en muchos casos, apenas una versión mínima de lo que la base militante aspira. Esa misma militancia, tantas veces convocada en los momentos difíciles, cuando las papas queman, pero algunas veces ninguneada cuando se esta en el supuesto “poder”.
¿El programa como excusa?
A veces el programa parece convertirse en un argumento para no avanzar en aquello que “no está escrito”, lo que en principio podría ser razonable, ya que refleja un acuerdo colectivo. El ejemplo más claro es el debate sobre un impuesto a los más ricos. Si bien el programa del FA no se amputa esa posibilidad, por el contrario abre precisamente las puertas a que se discuta y debata en un sentido de avances y justicia tributaria, varios jerarcas del gobierno han declarado que esa medida “no está en el programa”. El propio Orsi lo dijo al fundamentar su rechazo a gravar con un 1% a las grandes fortunas: “Hay un programa de gobierno que es el que me rige. Sobre eso me apoyo”.
Pero, al mismo tiempo, el programa se usa como pretexto para justificar inacciones en lo que sí está allí plasmado. Es decir: sirve de límite para no "innovar" y también de excusa para no cumplir lo acordado. Una contradicción en sí misma que no resiste el más mínimo análisis. Porque precisamente, las orientaciones contenidas en el programa permiten trazar alternativas astutas para lograr financiar las aspiraciones programáticas, que no son otra cosa que necesidades impostergables para la inmensa mayoría del pueblo uruguayo.
La obligación de cumplir
La obligación de todo integrante del gobierno, desde el presidente hacia abajo, es cumplir el programa del Frente Amplio. Por supuesto que pueden surgir dificultades, pero para eso existen herramientas, creatividad política y voluntad de transformar. También existen los mecanismos orgánicos dentro de la fuerza política para que eso en todo caso se pueda discutir, no vale por la vía de los hechos o del boicot, enterrar la perspectiva de transformación.
Porque si una fuerza de izquierda llega al gobierno y no logra transformar la vida de los miles que siguen en la pobreza, de los niños que nacen sin oportunidades, de quienes sufren la crisis de salud mental, del hacinamiento carcelario, de la falta de empleo digno o de jubilaciones justas, ¿para qué se gobierna entonces, solo para administrar lo que hay?
Si hay integrantes del gobierno que consideran que no se puede aplicar el programa del FA, es decir, que no se pueden cumplir ni siquiera las aspiraciones mínimas de la fuerza política, entonces deben dar un paso al costado y renunciar, como un acto de honestidad política, para que ese lugar sea ocupado por quienes sí están dispuestos a poner todo su esfuerzo en transformar, aunque sea un poquito, la realidad del Uruguay.