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Política Policía | narcotráfico |

Lo que no se lee

¿Y si el problema de seguridad está en la policía?

Ser policía era parte de una tradición familiar. Hoy, sobre todo para muchos jóvenes, es una opción laboral. Y la diferencia entre un caso y otro es sustancial.

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El vehículo era precedido por motos en las que viajaban sujetos armados que abrían el paso para que no se detuviera en semáforos ni en cruces complejos. Otros varios vehículos seguían al ómnibus. Unas 10 personas que viajaban como pasajeros fueron secuestradas junto al chófer.

Vean ustedes el mapa de la ciudad de Montevideo, sigan el recorrido de esta línea de transporte y verán que hay muchos kilómetros entre un punto y otro.

Los delincuentes bajaron en su destino y se fueron caminando varias cuadras hasta el estadio de Danubio, donde su equipo jugaba con el local.

Se trata del secuestro masivo más numeroso en la historia de este país. Casi una semana ha transcurrido y no hay ni un detenido.

Es, por lo menos, curioso que en una ciudad llena de cámaras de videovigilancia tanto de la Policía como de la Intendencia, nadie haya visto nada.

El chofer a cargo de la unidad secuestrada llamó al 911 y le colgaron porque, parece, como se oían muchos gritos, no se entendió a la víctima. Pero tampoco avisaron para que se verificara. El Ministerio del Interior ordenó una auditoría para saber exactamente qué pasó.

Las señales que no se leen

En un país donde la seguridad ha sido parte del botín electoral para todos los partidos políticos, cuestionar la labor policial está mal visto. Ahí andan presidentes y ministros que en cada oportunidad que pueden lanzan sus loas a la Policía. Y seguramente esos elogios sean válidos para una enorme mayoría de uniformados que cada día cumplen su labor con coraje y abnegación.

Pero con la Policía pasa lo mismo que con la fruta: una manzana podrida pudre todo el cajón. El problema es que es notorio que cada vez hay más manzanas podridas.

Vean ustedes dos ejemplos, entre decenas, tal vez centenares, que pueden verificarse cotidianamente. En el mes de junio pasado, el jefe de policía de Maldonado, inspector Victor Trezza, relató al portal Punta News que “en un operativo antidrogas previo a la detención de importantes narcotraficantes en San Carlos, con 14 allanamientos simultáneos, la Policía llegó a los lugares y los sospechosos ya los esperaban. "Algo pasó, algo se filtró", dijo el jerarca.

Trezza aclaró que “no señalaba a una persona o área específica como culpable. Pero ese episodio exigió cambiar y revisar protocolos y métodos internos sobre cómo se manejan los datos en las investigaciones”.

Claro, ¿no? El o los que filtraron fueron policías. Pero no se sabe si fue por error o por plata, porque no hay denuncias ante Fiscalía ni procesos internos.

A principios de este mes, El Observador publicó una extensa y muy interesante entrevista al sacerdote Pablo Coimbra, que encabeza la iglesia Nuestra Señora de Guadalupe en el Borro, pero que trabaja también con los barrios aledaños. El Borro es uno de los lugares que visitará el Papa León XIV durante su presencia en Uruguay.

En un estilo muy coloquial, Coimbra relató las vicisitudes que debe enfrentar en su relacionamiento con los pequeños delincuentes locales. “¿Sufriste amenazas de muerte?”, pregunta el periodista. Y el sacerdote contesta: “Las amenazas son verbales… ‘No vayas para allá abajo porque te abro al medio’. A los cinco minutos estaba allá abajo. Y al individuo le dije: ‘Vení, acá estoy. ¿Qué problema tenés? ¿Cómo me vas a abrir al medio?’. Entonces el tipo baja la pelota. Con otro caso también que me enfrenté, que era uno que estaba robando acá y en otras casas sistemáticamente. Fui y lo enfrenté en la calle. Ya se conoce quién es, el nombre, apellido, dónde vive. Tengo 13 denuncias hechas a la Policía y es como no hacérselas a nadie, porque el que tiene padrino dicen que no muere infiel. Y es así, se imaginan cómo es la cosa acá. La Policía no lo toca, y si lo agarra, por casualidad, enseguida sale. No debe sorprender a nadie. Lo vivimos a diario”.

Claro, ¿no? Las relaciones entre algunos policías y traficantes locales es algo que conocen todos los vecinos en cualquier lugar del país, no solo en El Borro.

A este cronista le llamó poderosamente la atención que tanto las declaraciones de Trezza como las de Coimbra no fueran tomadas luego por ningún medio. Ni siquiera por los movileros que buscan sangre todos los días.

Una ciudadana montevideana, frenteamplista ella, escribió: “La Policía llega, cuando llega, tarde y con desgano después de consumados los hechos, toma nota, generalmente mal, le erran en algún dato, no le ponen interés a los detalles que uno intenta describirles porque ya saben que todo su accionar no va a pasar de un mero trámite burocrático”.

Cualquiera de ustedes, amables lectores, puede sentirse reconocido en estos tres relatos, porque seguramente los han vivido.

El Instituto Policial es una fuerza enorme integrada por 35.000 efectivos que portan armas y tienen derecho a matar o a herir. Son hombres y mujeres que viven los mismos problemas que cualquier ciudadano pero agravados por el estrés que genera saber que en cada esquina se están jugando la vida.

Tienen una altísima tasa de suicidios. Son madres y padres con niños en edad escolar que tienen que pagar facturas, alquiler en la mayoría de los casos, ir al almacén o al super, que están señalados porque usan uniforme. Que tienen una cabeza moldeada a fuerza de órdenes que siempre están obligados a obedecer.

En el pasado, ser policía era parte de una tradición familiar. Hoy, sobre todo para muchos jóvenes, es una opción laboral. Y la diferencia entre un caso y otro es sustancial.

Unos se sienten servidores públicos hasta con la obligación de rendir cuentas en su propia familia. Para otros es un trabajo más con horario que se puede cambiar en cualquier momento. El viejo concepto de “guardia civil” no existe por imperio de las circunstancias.

Para que mejor se comprendan las diferencias, lo mismo ocurre con los periodistas. Los viejos somos periodistas 24-7, no hay días libres ni licencia, y a veces ni vacaciones. A los más jóvenes no se te ocurra llamarlos para trabajar un fin de semana. Por supuesto que en ambos casos hay excepciones, pero son las menos.

Claro que el tema policial es más grave porque de ellos depende nuestra seguridad.

Hace 40 años que el delito y la inseguridad ciudadana crecen a pasos agigantados. No hubo ministro del Interior que pudiera resolverlo. Tal vez porque no es el único responsable.

Hoy la gente vive con miedo. Y eso se expresa, también, en los números de desaprobación que, según las empresas encuestadoras, sufre el Gobierno.

¿Y si el problema está en la Policía?

Desde hace varios años nos encontramos con policías involucrados en actividades delictivas. Desde mafias policiales como “La Garra” hasta femicidios y obviamente vínculos con el narcotráfico.

Los partidos políticos también operan en la Policía, desde adentro y desde afuera. Porque el orden público es un asunto estrictamente político.

Cualquiera que tenga acceso a redes sociales se encontrará con grupos de viejos policías pero con mucha influencia entre los más jóvenes, sobre todo en el interior, que integran grupos como “antizurdos” y desde allí no solo expresan sus opiniones sino que también difunden falsedades.

Los viejos policías retirados, todos, son una comunidad que se reúne habitualmente en pequeños grupos para compartir asados además de opiniones y sugerencias.

Algo que no sabemos está pasando hoy en la Policía. El episodio del 306 revela muchas cosas.También las amenazas que reciben cotidianamente autoridades del Ministerio del Interior.

No vamos a descubrir ahora que hay importantes nichos de corrupción en la Policía. Un veterano oficial dijo una vez: “Si trabajás en un chiquero, te vas a cagar las patas. Pero si no te gusta, tomarás precauciones”. De una forma tan simple explicaba los riesgos de corromperse que cotidianamente enfrentan.

Hace muchos años, el inspector Julio Guarteche ya advertía sobre el crecimiento de la corrupción en filas policiales y los riesgos que corría el instituto con la fuerte presencia del narcotráfico en la vida del país.

Hoy sabemos que policías corruptos e importantes bufetes profesionales fueron soporte imprescindible para actividades que se inscriben dentro de lo que se denomina crimen organizado.

Es muy evidente que no hemos aprendido nada.