No adjetiva, no busca dejar frases rimbombantes ni titulares que dinamiten puentes. Su método es más anticuado: Antonio propone romper la inercia de la resignación y recuperar el territorio del pensamiento, actualmente usurpado por los dueños del mundo y la banalización de la cultura narcisista del planeta «like».
Trabajó en radios, diarios, semanarios y TV y como autor, ha publicado media docena de libros, el último de ellos, La bala: el cuerpo es un archivo que no se puede quemar, de Editorial Fin de Siglo.
¿Qué aspectos le preocupan de la sociedad y el Uruguay actual?
Me preocupa la distancia entre el relato que nos contamos y lo que muestran los hechos cuando uno se toma el trabajo de mirarlos con calma. Seguimos vendiéndonos puertas afuera como la Suiza de América Latina, el país serio que no tiene sorpresas, y sin embargo del puerto de Montevideo salen para Europa contenedores con cocaína o le entregamos un pasaporte a un narco peligro como Marset, fue condenado el secretario y hombre de confianza del expresidente Lacalle, Alejandro Astesiano, o fue detenido un sindicalista argentino como Balcedo que estaba viviendo en el este uruguayo como lo hicieron el líder de ‘Ndrangheta o el de los Cuinis, o las sospechas cada vez más firmes de ser un país donde se lava dinero. Todo esto forma una acumulación que ya no se explica como excepción aislada. Algo se filtró en instituciones que creíamos blindadas.
Y ahora se suma un capítulo nuevo, el de los vehículos blindados para tareas de patrullaje en algunos barrios donde hay inseguridad y donde según reconoció el propio secretario de la Presidencia, Alejandro Sánchez, se disparan balas de alto calibre contra camionetas policiales. Me preocupa menos el instrumento en sí entiendo el argumento de infraestructura frente a un tipo de violencia real que la facilidad con la que ese debate quedó planteado en términos binarios, sin el matiz que un tema con tanta carga histórica sobre el papel de las Fuerzas Armadas merecería.
En el mismo sentido se observa un deterioro lento, casi silencioso, de la convivencia. Los “hechos de sangre” que se acumulan semana a semana son marcas en el paisaje emocional del país y la presencia de blindados es una señal de que estamos naturalizando formas de intervención estatal que hace diez años habríamos considerado excepcionales. Y cuando lo excepcional se vuelve rutina, es que el Estado perdió parte de su capacidad de prevenir y está trabajando casi exclusivamente en modo reacción.
¿La impaciencia pudo más que la confianza? ¿Cuánto pesa la cultura de la inmediatez a la hora de pensar un proyecto de país en este mundo tan impredecible y cambiante?
Creo que sí, en buena medida. Vivimos en un tiempo que premia la respuesta inmediata y castiga el proceso. La prueba más reciente fue con el seleccionado de fútbol. La opinión pública de hoy juzga en semanas, a veces en días, ayudada por un ecosistema digital uso la palabra a propósito, porque describe bien algo que nos atraviesa sin que lo elijamos de streamers y reacciones inmediatas en redes sociales que privilegian el escándalo por sobre el análisis.
Lo vimos con la última medición de Cifra: la aprobación de Orsi cayó al 20 por ciento y la desaprobación trepó al 65, con un salto de 19 puntos desde febrero, justo coincidiendo con la polémica de la camioneta. Un 12 % adicional ni aprueba ni desaprueba, y sólo 3 % no tiene opinión. Es un desplome violento para apenas quince meses de gestión. Y ahí aparece la pregunta que más me interesa como periodista: ¿estamos juzgando una gestión o estamos juzgando un gesto, una imagen, un error puntual? Porque la cultura de la inmediatez no distingue bien entre esas dos cosas, y un proyecto de país necesita tiempos que la lógica del feed no está dispuesta a conceder.
La zona de riesgo, entonces, no es solo jurídica o institucional. Es emocional y cultural. Una democracia que pierde su base de esperanza se vuelve una estructura vacía. Y reconstruir ese lazo toma más tiempo que una campaña electoral.
Recientemente reflexionaba sobre la «excepcionalidad» como forma de vernos y creernos nosotros mismos. Sin embargo, con gente que cada día habla con más fuerza de «desilusión» e, incluso, algunos manifiestan cierto «hartazgo», ¿cree que la democracia corre el riesgo de debilitarse? ¿Estamos ingresando en zona de riesgo de la democracia?
No diría que estamos al borde de un colapso institucional, eso sería alarmismo barato. Pero sí creo que entramos en una zona donde la desafección empieza a acumular gas. Hay un dato que vi recientemente y que me parece revelador: antes de que Orsi asumiera, apenas un tercio de la población tenía expectativas altas sobre su gobierno, y hoy 64 % responde que sus expectativas no fueron satisfechas. Eso no es solamente el desgaste habitual de cualquier gestión. Es la confirmación de algo que Ece Temelkuran describe bastante mejor que yo en La nación de los extraños: la sensación de extranjería progresiva que sienten los ciudadanos respecto de sus propias instituciones.
La excepcionalidad uruguaya funcionó durante décadas como relato protector. El problema es que si no se actualiza termina volviéndose una especie de venda en los ojos. Y cuando la venda se cae como pasó con el caso Cipriani-Minetti, con la mujer desaparecida que nadie buscó (quizás porque era pobre y adicta, un problema para el Estado, al fin) con la misma energía que se puso en blindar una adopción mediática lo que queda expuesto no es solamente un caso judicial, es la fisura entre lo que decimos ser y lo que efectivamente somos. Ahí, sí, hay riesgo democrático: no de ruptura institucional, sino de vaciamiento lento de la confianza, que es quizás más peligroso porque no hace ruido.
¿Cómo observa el triunfo de los líderes y sectores de derecha, ultraderecha e incluso el envalentonamiento público de algunas expresiones fascistas en el mundo y cómo impacta en nuestro país, ahora rodeado de expresiones de extrema derecha, con la excepción de Brasil?
Lo observo con la inquietud de quien lee a Saviano y entiende que el fascismo nunca vuelve con el mismo uniforme. Vuelve con otro vocabulario, con otra estética, a veces hasta con sentido del humor, pero conserva el mismo núcleo: la construcción de un enemigo interno y la promesa de un orden que justifica recortar derechos. Uruguay, geográficamente, quedó como una especie de isla entre Milei, Bukele que el propio Orsi mencionó como referencia a analizar en seguridad, generando bastante ruido y los gobiernos de la región que viran hacia ese costado, con Brasil como excepción parcial.
Lo que me preocupa no es tanto una réplica uruguaya de esos liderazgos, porque nuestra cultura política tiene anticuerpos históricos contra el personalismo extremo. Lo que me preocupa es la permeabilidad del lenguaje: cuando un presidente de izquierda nombra a Bukele en seguridad sin que nadie se lo pregunte, está habilitando un repertorio discursivo que antes era impensable en ese sector político. Eso no es un detalle menor. El lenguaje prepara el terreno antes de que las políticas lleguen.
¿El Gobierno solo tiene problemas de comunicación o también políticos?
Los dos, y diría que el segundo explica buena parte del primero. Gerardo Caetano lo planteó con una precisión que comparto porque va más allá del problema comunicacional cuando señala errores políticos de fondo como la reunión de Orsi con el presidente de la Suprema Corte, la mención espontánea a Bukele. Esos no son desvíos de prensa, son decisiones.
Mi lectura es que la comunicación termina siendo el síntoma visible de algo más estructural: la dificultad de un gobierno para decidir a quién le habla primero y a quién le rinde cuentas primero. Cuando ese orden de prioridades es ambiguo, la comunicación se vuelve errática casi por definición, porque no hay un relato unificado detrás. Es que el contenido político todavía no terminó de decidirse a sí mismo.
Gerardo Caetano también dijo que el eje central de la comunicación del Gobierno son los empresarios. ¿Coincide?
Coincido con el diagnóstico, y agregaría otra capa. Caetano sostiene que ese eje empresarial te lleva muchas veces a no atender lo que te está demandando la gente que te llevó al gobierno, y pone como ejemplo el temor del gobierno a hablar de impuestos, que impidió que la militancia frenteamplista leyera las modificaciones tributarias del Presupuesto como una medida redistributiva real. Me parece que ahí, Caetano efectivamente puso el dedo en la llaga sin vueltas.
Lo que yo agregaría es esto: ese giro discursivo hacia el mundo empresarial no es exclusivo de Orsi, es un fenómeno regional de gobiernos progresistas que llegan al poder convencidos de que necesitan tranquilizar a los mercados antes que a su propia base. El problema es el costo simbólico. Cuando tu electorado te vio prometer transformación, te vota para eso, pero cuando te escucha hablar, primero y con más fluidez, el idioma de la competitividad y la desburocratización, empieza a preguntarse para quién gobernás. Esa pregunta, no resuelta, es la que después se traduce en encuestas como la de Cifra.
En función de lo que señalan las últimas encuestas de opinión, ¿el lazo del presidente con su base social está roto o dañado?
Dañado, diría yo, antes que roto del todo. Roto sugeriría algo irreversible, y los propios datos muestran matices interesantes. Según Cifra, menos de la mitad (41 %) de quienes votaron al Frente Amplio en 2024 aprueba el desempeño del mandatario, mientras que un tercio (34 %) la desaprueba. Ese dato muestra que el propio electorado de origen está partido casi en dos.
Hay otro elemento que a mí me resulta revelador y que tiene que ver con el plano afectivo, no solo con el de gestión: la antipatía hacia Orsi creció dieciséis puntos en pocos meses, hoy 34 % simpatiza con él, pero más de la mitad expresa antipatía. Eso es más grave que una caída de aprobación de gestión, porque Orsi construyó buena parte de su capital político sobre la cercanía personal, sobre el “es uno de los nuestros”. Cuando ese vínculo afectivo empieza a resquebrajarse, lo que se daña no es solamente una política pública mal explicada. Es la narrativa fundacional del personaje. Y eso, en política, cuesta mucho más reconstruir que un punto de desempleo.
La base social no se reduce a la militancia partidaria. Incluye a amplios sectores populares que le dieron su voto porque creyeron que este gobierno podía recomponer el tejido social y ofrecer un horizonte menos hostil. Cuando esos sectores ven que siguen compitiendo con 20 personas por cada puesto en programas como Uruguay Impulsa, o que sus barrios siguen atravesados por violencia, el pacto emocional se resquebraja.
Con un gobierno y oposición a la baja de credibilidad y confianza, ¿por dónde cree que deberían construirse los ejes de un proyecto de país que ilusione, entusiasme a la mayoría de la población y que concite ciertos consensos? ¿Educación, inseguridad, trabajo decente, pobreza infantil, población en situación de calle, vivienda?
Mi convicción es que la pobreza infantil debería ser el eje articulador, no uno más de la lista porque es el indicador que mejor sintetiza el fracaso o el éxito de todos los demás: si un niño crece pobre, ya estás hablando de educación trunca, de vivienda precaria, de salud deficiente y, con los años, de un terreno fértil para la inseguridad que tanto preocupa a la opinión pública. Atacar la pobreza infantil con seriedad es, en los hechos, atacar varios frentes al mismo tiempo.
Pero soy consciente de que un proyecto de país no se arma solo con una prioridad técnica bien elegida. Necesita un relato que la sostenga, algo que hoy ningún sector político logró del todo. Ni el oficialismo, entrampado en su propia cautela hacia el poder empresarial, ni una oposición que como bien describió Caetano a veces parece más enojada con el resultado electoral que dispuesta a construir alternativa. Lo que falta, me parece, no es diagnóstico. Sobran diagnósticos. Falta un relato capaz de devolverle horizonte a una sociedad que, según las propias mediciones, ve insatisfechas seis de cada diez expectativas depositadas en quien eligió.
El movimiento sindical ha colocado algunos ejes en su plataforma: una Estrategia Nacional de Desarrollo, la reducción de la jornada laboral y una sobretasa del 1 % al 1 % más rico para contribuir con el abatimiento de la pobreza infantil. ¿Qué pensás de esas propuestas?
Me parecen propuestas que vale la pena discutir en serio, no descartar por reflejo ideológico ni aceptar por seguidismo gremial. La reducción de la jornada laboral es una discusión que el mundo ya viene dando hay experiencias en varios países europeos, incluso en algunos ámbitos, aquí en nuestro país . Ocurre que en Uruguay choca con una estructura productiva todavía muy heterogénea: no es lo mismo para una pyme que para una multinacional instalada en una zona franca. Ahí pediría, como mínimo, un análisis sectorial más fino antes de sacar conclusiones generales.
La sobretasa al 1 por ciento más rico me interesa más como símbolo que como solución fiscal aislada, porque el monto recaudado, según las propias estimaciones sindicales que habría que cotejar con cifras oficiales antes de citarlas como dato cerrado, probablemente no alcance por sí solo para resolver la pobreza infantil de manera estructural. Pero como gesto político, como señal de hacia dónde mirás primero cuando definís sacrificios, tiene un peso simbólico enorme, sobre todo en un gobierno al que ya se le cuestiona, como vimos, que su comunicación gravite hacia el círculo empresarial. Una Estrategia Nacional de Desarrollo, mientras tanto, suena bien en el papel, pero la pregunta que yo le haría al movimiento sindical es la misma que le haría al gobierno: con qué consensos parlamentarios reales se sostiene algo así más allá de un período de gestión, porque Uruguay tiene una larga historia de planes estratégicos que no sobreviven al cambio de signo político siguiente.
Antonio Ladra, periodista, escritor y docente.
Manu Amengual