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Sociedad Claudia Korol | Abya Yala | feministas

resistir al fascismo

Claudia Korol: "Hay feminismos que se han institucionalizado y no quieren discutir las opresiones"

La educadora popular argentina Claudia Korol analizó las formas de resistencia al fascismo que defiende y practica desde el feminismo de Abya Yala y la educación popular.

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Claudia Korol es una reconocida educadora popular, periodista y feminista comunitaria argentina, integrante de la red "Feministas del Abya Yala" y del colectivo Pañuelos en Rebeldía. Ha acompañado procesos de resistencia territorial y decolonial en toda América Latina. En esta ocasión, Korol llegó a Montevideo, Uruguay, para participar en el estreno y gira del documental “Caminos del Retorno-Junto a Lolita Chávez”. Tras la proyección, participó en el diálogo “Resistencias populares y antipatriarcales en tiempos de fascismo”, organizado por las organizaciones que representa Korol junto al colectivo local Voces Insurgentes.

Caras y Caretas dialogó con Korol sobre las discusiones actuales del movimiento popular y sobre las categorías que siguen defendiendo desde el feminismo de Abya Yala y la educación popular, a pesar de que ya no estén “de moda”.

¿Qué significa ser feminista del Abya Yala?

Los colectivos que forman parte de Abya Yala nos empezamos definiendo como feministas populares, plurinacionales. Nuestros feminismos tienen una clara connotación de alianza, de actuar desde los movimientos populares, no distanciados, asumiendo todos los desafíos que tienen. Y dentro de esos movimientos están las mujeres y las disidencias. No somos un grupo aparte, que solo tiene una serie de demandas de género, también asumimos las cuestiones básicas que hacen a la lucha por la vida, algo que compartimos con otras compañeras, compañeres y compañeros.

Otra de las características del feminismo de Abya Yala es que no tenemos fronteras: si hoy están golpeando a las hermanas de Bolivia, es nuestro dolor y es nuestro compromiso enfrentar esa situación. Por ejemplo, por todas las dificultades que tuvo la persecución de la compañera Lolita Chávez, acompañamos su regreso a la comunidad, porque la estaban persiguiendo y no podía volver sola. Entonces, nos fuimos a Guatemala, y no porque tuviéramos muchas posibilidades de hacerlo en términos económicos ni por placer, sino en un viaje de compromiso, con el objetivo de que nadie se sienta sola más allá de las fronteras en las que está viviendo.

Abya Yala significa algo así como sangre que corre libre. Tiene que ver con una mirada del continente que no es de América Latina, palabra que viene de la colonización, sino la forma en que el pueblo Kuna de Panamá nombró a todo lo que veía desde su territorio.

Ser feministas del Abya Yala es ser feministas populares, plurinacionales, reconocer que en distintos territorios tenemos y compartimos múltiples situaciones que las vamos a enfrentar colectivamente, más allá de las fronteras coloniales que se establecieron en su momento.

En esta unidad deseable surgen, lógicamente, fisuras. En Uruguay, este 8M tuvimos una discusión porque las obreras organizadas plantearon una consigna antiimperialista que no fue bien recibida por algunas feministas de la academia, de la prensa, personalidades públicas. Argumentaron que el 8M no era un espacio para tal reclamo. ¿Qué lectura hacés de esa discusión?

No sé cómo fue el debate, pero no tengo ninguna duda de que el imperialismo es uno de los factores de poder y de opresión que afecta a los pueblos y, como parte de los pueblos, a las mujeres y disidencias. Eso ha sido y es así, mientras siga existiendo el imperialismo, aunque hay muchos que dicen que ya no existe o que pasó de moda, y nunca fue una moda, fue siempre reconocer una forma de opresión. Ahora me parece que está claro que el discurso de Trump es lo que están haciendo los gobiernos fachos de derecha en nuestros distintos países, y que hay una lógica de colonización que se ha redoblado.

Creo que hay ciertos feminismos, en todos lados, que se han vuelto muy institucionales, muy del sistema, y entonces no quieren discutir temas básicos de cómo se expresan nuestras opresiones, tanto en Abya Yala como en Europa. Imaginen que alguien le diga a Ángela Davis que no critique más a los Estados Unidos y a sus lógicas racistas. ¿Cómo no, si las seguimos viviendo? También Lolita Chávez sigue viviendo sus opresiones, y las que no estamos viviendo ese tipo de opresiones no dudamos de que no son factores locales de la maldad de tal o cual gobierno, sino que es un sistema estructural, capitalista, patriarcal, racista que tiene todos esos elementos, y que el imperialismo es una expresión del capitalismo en esta época.

¿Hay una dificultad para reconocer al opresor por parte de algunos movimientos feministas? ¿Quién es el opresor?

Todo eso junto: el sistema capitalista, patriarcal, colonial, racista. Creo que hay algunos feminismos que miran al patriarcado, y ni siquiera a todo el patriarcado, porque dicen “pero hay varones con los que tenemos que trabajar”. Estoy de acuerdo con eso, pero parte de nuestro trabajo es, en algunos casos, marcarles cuánto tienen de introyección de esa lógica patriarcal. Incluso en nuestras organizaciones. En el caso de Pañuelos en Rebeldía, somos una organización mixta y vivimos planteando esos desafíos, porque los compañeros varones vienen marcados por una lógica desde la cuna, se espera que cumplan con determinados mandatos. No tomamos al varón como el enemigo, pero sí hablamos del sistema patriarcal y de cómo atraviesa a los varones y a muchas mujeres que han considerado que tienen que cuidar a sus hijos, a sus hermanos, a sus parejas, y salvarlos de las “malas feministas” que los cuestionamos. Creo que esa crítica al patriarcado es, para algunas feministas y compañeras, más dolorosa que la crítica al colonialismo o al capitalismo. Porque cuando hablás del patriarcado, lo tenés metido en tu casa.

En un contexto regional marcado por el avance de las derechas y los discursos antifeministas, ¿qué formas de resistencia están viendo desde los movimientos populares y comunitarios?

Todo el gran esfuerzo que estamos haciendo es la lucha por la vida. En Argentina, como en muchos otros lugares, mucha gente ha perdido trabajo, más las personas que ya venían desocupadas, sumado a la inflación. Entonces, conseguir la comida cuesta mucho, que tus hijos e hijas vayan a la escuela, que puedan formarse y salir de ese mundo de la sobrevivencia. No queremos solo sobrevivir, queremos el buen vivir en todos los aspectos, pero ahora por momentos es sobrevivir. Ni que hablar de las cuestiones de salud, cuando estamos con alguna enfermedad, conseguir los medicamentos, acceder a los centros de salud, la pelea con las obras sociales que cada vez dan menos. Por ejemplo, el Gobierno argentino decidió quitar el recurso que había para que personas con discapacidad pudieran acceder a los colectivos de manera gratuita. La gente no va a poder moverse. La crueldad de la cultura hegemónica atraviesa y hasta parecería contagiosa, porque va mucho más allá del presidente, se empieza a instalar en los medios de comunicación, en la indiferencia, en la forma en que se mira para otro lado cuando se ve a una persona que está con algún problema. Y yo diría que toca en parte a los movimientos, a la sociedad. Y eso es lo más doloroso. No puede establecerse una cultura de la crueldad legitimada.

Necesitamos generar que el diálogo de saberes sea un diálogo real y que la lucha cultural sea una lucha central. La respuesta en términos del buen vivir tendrá que ser colectiva porque, justamente, el sistema se encarga de romper lo colectivo, de descartar lo comunitario. La palabra comunidad les molesta. Entonces, si nosotras mismas empezamos a mirar con desconfianza lo colectivo y lo comunitario, porque efectivamente muchas veces no da respuesta, nos enfrentamos a la imposibilidad de seguir construyendo una respuesta verdadera desde los pueblos. Porque puede no cambiar el sistema, pero debemos generar alternativas de poder popular, feminista, antirracista. Ahora, si debajo del poder popular se siguen manejando criterios de crueldad, ya no hay donde poner la expectativa y la esperanza en una vida diferente.

Muchas veces la ultraderecha, el fascismo, arremeten con un discurso cruel, cada vez más despojado de eufemismos, una especie de naturalización de esa crueldad. Lo hemos visto con el tema de Palestina. Al mismo tiempo, se observa una izquierda, en la que entran los movimientos feministas, que muchas veces se repliega frente a ese discurso de crueldad, en vez de combatirlo.

Sí, absolutamente. Lo de Palestina es una herida abierta que tenemos porque, tanto en Argentina como en Uruguay, no hemos tomado decisiones que, en otro momento, hubieran sido la primera respuesta. No hablamos de quienes lo miran con indiferencia, incluso a quienes nos duele y nos conmueve, no hemos logrado tomar una iniciativa más fuerte que dimensione la crueldad y los crímenes que están cometiendo. Entonces, ante la falta de respuesta, ellos van probando hasta dónde pueden seguir. ¿Cómo están matando miles de personas, niñas, niños, mujeres y la respuesta es una declaración? ¿Y después cómo se recompone esto? Yo siento los ojos de los niños y niñas de Gaza mirándonos y diciendo: “¿Qué están haciendo? ¿Por qué nos dejan solos y solas? ¿Van a hablar de humanidad después de todo esto?”. Tiene que doler en todos lados para que pare. La guerra de Vietnam se frenó porque en todos lados había luchas contra los yanquis, desde Estados Unidos hasta el sur argentino; es la única manera de pararlos. No va a ser con discursos y con buenos modales que los vamos a parar. Creo que este debate sobre el imperialismo también tiene que ver con el tema de los buenos modales.

Yo diría con la omisión de ciertas palabras: capitalismo, imperialismo, socialismo, comunismo. Son palabras que parece que están totalmente vedadas del debate, pero la derecha no tiene ninguna palabra vedada.

Claro, incluso las nombra. No solo nos quitan palabras, lo que nos están quitando es la posibilidad de pensar realmente en otros términos y, más que pensar, el actuar.

Lo de Palestina es inaceptable. Y no digo solo Palestina, digo Kurdistán también, hay genocidios que no se ven. Las mujeres kurdas están luchando para que su organización no sea disuelta. La kurda es la primera revolución de las mujeres del siglo XXI, y la quieren liquidar. Y nosotras nos enfocamos en nuestra situación, en que tenemos hambre. Sí, tenemos todo eso, pero no podemos perder el internacionalismo, tiene que ser un signo propio del feminismo.

El documental “Caminos del retorno”, que se estrenó este jueves en Uruguay, acompaña el regreso de Lolita Chávez tras años de exilio. ¿Qué simboliza políticamente ese retorno para los movimientos feministas y territoriales de la región?

Tiene que ver con lo que significa Lolita Chávez. Ella es parte de los feminsmos de Abya Yala, es una compañera que nos enseñó un montón cómo ser feminista y del pueblo originario. En nuestros propios países, muchas hermanas, nos decían, por ejemplo, si somos indígenas, no podemos ser feministas. Ella se identificaba como feminista originaria, feminista maya. Y eso fue muy importante. En su exilio de Guatemala, no se quedó en Europa llorando solamente, recorrió territorio, habló con hermanas, habló con nosotras y nos dio esa perspectiva del encuentro entre el feminismo y los pueblos originarios, perspectiva que también nos dio Adriana Guzmán en Bolivia. Ellas son algunas de las compañeras que tomaron la delantera.

Por otro lado, el caso de Lolita Chávez también fue muy importante por todo lo que hizo en términos de denuncia al sistema de dominación, a la violencia capitalista, racista, colonial y patriarcal. Logró dar sus batallas dentro de las comunidades. No fue solo nombrarse feminista dentro de una comunidad maya, sino marcar que hay conductas que no corresponden y que no van a aceptar. Eso le costó mucho. El castigo a las mujeres en algunas comunidades era el golpe legitimado por la comunidad. Y eso fue un debate que tuvieron que dar en sus comunidades y que lo están dando. Y al mismo tiempo, dar el debate con otras feministas, y con los distintos sectores de la sociedad que no lo ven. Entonces, nosotras rescatamos mucho eso, y la idea de comunidad y de territorio como temas fundamentales, que los feminismos liberales no lo tienen, porque el feminismo occidental y liberal tiene más que ver más con la familia patriarcal, que es lo que se ha conocido en Europa y en los países de Abya Yala.

Lolita Chávez fue expulsada de Guatemala por toda la violencia de un régimen que en Centroamérica es muy brutal. Pensemos también en Berta Cáceres. Hay una anécdota que nos cuenta sobre cuando empiezan a entrar las mineras al territorio maya quiché, de donde es ella, sabían el riesgo que significa oponerse a la entrada de las mineras, y lo sabían precisamente por el crimen de Berta, que la matan por la defensa del río Gualcarque, en Honduras. Ellas estaban discutiendo que no iban a dejar entrar la minería y, al mismo tiempo, discutían los temas de la violencia dentro de las comunidades. Por ejemplo, que no querían hacer la tercera tarea del día, que era complacer a los varones, a la noche, como un deber. Finalmente, por decisión mayoritaria, definieron que no iban a dejar que entren las mineras, y fue algo muy importante. Pero después de eso, tampoco vamos a dejar que nos violen, porque quieren tener acceso a nuestra corporalidad, a nuestra sexualidad. De esa forma, las compañeras feministas dieron esa batalla simultánea que parecía imposible, y la ganaron. Tuvieron esa capacidad de decir “nuestro cuerpo no es algo que está después de todo, son derechos por los cuales hay que luchar ahora”. Y les decían a los compañeros “cuando ustedes nos maltratan, violan, golpean, nos quitan la fuerza para la lucha. Si no hay más fuerza para luchar contra las mineras, es responsabilidad de ustedes. Entonces, dejen de maltratarnos y vamos a tener mucha más fuerza para pelear contra las mineras. De lo contrario, ustedes son cómplices de las mineras”.

Eso me recuerda una enseñanza de la película “La sal de la tierra”: lo que hace el patriarcado es dividir la fuerza de la clase obrera. Al hombre lo explotan, fuera no es nadie, pero cuando llega a la casa por lo menos domina a alguien.

Cambiar eso cuesta. Creo que el desafío actual es tomar fuerza en nuestras vidas, sentir que estamos siendo coherentes entre lo que hacemos y lo que sentimos. Porque otra cosa que el sistema nos quiere sacar es el análisis de clase. Como si todas las personas tuviéramos acceso a la propiedad o al poder. Actúan culturalmente para generar la sensación de que estos ya no son temas para discutir. ¿Y entonces qué discutimos? ¿La participación del 30 por ciento en las instituciones del sistema? El poder ha decidido no pelear con los poderes hegemónicos mundiales: para sobrevivir hay que hacer muchas concesiones. Lo discutimos muchas veces con las diputadas que venían del feminismo, les decíamos ¿para qué hiciste todo el camino para llegar a la banca si después no vas a defender las luchas que te llevaron hasta ahí? Luego de "llegar" se olvidan de lo que construimos colectivamente todas las feministas, disidencias y movimientos de mujeres.

Otro ejemplo es el debate sobre el ataque a la Revolución cubana. Hay mucha gente que quiere tomar distancia de la Revolución cubana porque tampoco está de moda y porque, por supuesto, tiene errores, eso nadie lo va a discutir. Pero nuestro continente no es el mismo sin la Revolución cubana y sin las experiencias revolucionarias. Están dando una batalla increíble por mantenerse de pie. Además, tienen una dignidad impresionante, porque nosotros tenemos dignidad, pero a ellos les preguntás cómo están, si necesitan algo, y vos sabés que no comieron, pero te dicen, “no chica, estamos bien, si yo no tengo café, mi vecino me comparte, y si él no tiene azúcar, yo le doy un poquitín, y si andamos todos en bicicleta, viene bien para adelgazar”. Siempre están bien, y eso tiene que ver con la cultura y la alegría de ese pueblo, pero por otra parte aprendieron la dignidad. Entonces más allá de los debates que podemos tener: tenemos revoluciones. Hablo de Kurdistán, de Cuba, de la lucha impresionante de las palestinas. Mientras se están dando todas estas peleas, nosotras no podemos ser tibias o decir “de esto no hablamos”. Creo que hay que cargar contra todo, sin miedo a ser pesadas. No decir “no quiero ser de esta humanidad”. Yo no quiero renunciar a esta humanidad, quiero ser parte, pero cambiarla.

¿Qué significa pensar y educar desde una pedagogia feminista popular?

La batalla es cultural y la pedagogía feminista es parte fundamental de esto. ¿Por qué? Porque necesitamos, desde nuestras prácticas y experiencias, teorizar. Es decir, a veces la idea es que la pedagogía toma una teoría y la aplica a una situación. Nosotros decimos algo distinto: desde el análisis de las experiencias, tenemos que mirar cómo se expresan todas las opresiones, pero también todas las resistencias. El análisis de contexto tiene que implicar, por ejemplo, cómo estamos las mujeres, las disidencias, cómo son las relaciones de opresión. Se puede hacer una crítica a la dominación desde la perspectiva feminista, pero muy ligada de cuestiones como qué eficacia tiene nuestra resistencia, cómo lo hacemos, cómo la cambiamos, cómo la mejoramos, quiénes son sujetos de esos procesos.

Un ejemplo en el que nos enfocamos los últimos años, porque aprendimos de nuestros errores, es que a las niñas hay que formarlas como feministas. Y ahí saltaron algunas feministas a decir “con las niñas no, las van a adoctrinar”. Pero a las niñas las tocan, las violan, las maltratan. Y si no saben defenderse y defenderse va a ser colectivamente, no van a poder reaccionar. Y el trauma que deja el maltrato en la infancia te marca para toda la vida. En ese sentido, necesitamos niñas feministas. Quiero contar una anécdota: en un taller que hicimos, una niña de unos 10 años nos decía “ustedes (las viejas) creen que el patriarcado es algo que las afecta a ustedes y que a nosotras nos afecta un patriarcadito. Están equivocadas porque para nosotras ese patriarcadito es mucho más grande porque nosotras somos chiquitas”. Eso me rompió la cabeza.

Las niñas tienen mucho que decir porque lo están viviendo y están rompiendo el silencio que impone la casa. Porque el maltrato también puede ser en la escuela o en el grupo de amigos, pero fundamentalmente es la casa: por parte del padre, del abuelo, del tío o del primo. Denunciar y romper ese pacto de silencio es muy doloroso y a muchas les costó que las echen de la casa, ni que hablar de las niñas travestis. También hay niñas que empiezan a descubrir que no está bien que las toquen o no les gusta, y que eso que creían que estaba bien, está mal. Es necesario pensar cómo hacer para organizar a esas niñas, decirles que tienen que estar siempre en grupo y esas cosas básicas. Y también tienen que generar ellas sus propias formas de pensarlo, hacerlo y enseñarnos a nosotras.