El lector atento habrá ya apreciado la jugada y se habrá formado una opinión sobre ella. En principio, tiene muchas chances de no salir bien, porque es imposible que los que se dedican a estos temas, los legisladores, los sindicatos públicos, los entes del 220 acepten el argumento así como así. Pero el Gobierno tiene a favor un argumento de muchísimo peso: si bien el gasto no se va a mover de lo dispuesto en el presupuesto quinquenal para el año 2027, la asignación presupuestal se va a mantener pese a que el crecimiento de la economía fue bastante menor a lo esperado e incluso se está ajustando hacia adelante a la baja. Eso tiene un mérito: no bajar la previsión del gasto pese a que no se creció lo esperado y que se suponía que el aumento de gasto iba a acompañar ese crecimiento.
Ahora bien, cuando se logre superar el probable pantano comunicacional de defender un gasto sosteniendo que no es cero y a la vez que sí lo es, comienza el otro problema, el político. El Gobierno se mueve con números de desaprobación muy altos, incluso dentro de sus bases, por varios motivos que convergen aunque no operen todos en el mismo plano. Lo cierto es que la discusión presupuestal (o la Rendición de Cuentas, en este caso) es uno de los momentos cruciales para introducir las correcciones de rumbo que acerquen los resultados a las expectativas sociales. Y si, finalmente, se elige el camino de la ortodoxia bajo las directivas del equipo económico, es decir, mantener el gasto quieto y poner todas las baterías en las mejoras de la gestión y las reasignaciones, lo más probable es que termines el 2027 con felicitaciones de las consultoras y las calificadoras de riesgo, pero sin poder cumplir con las políticas que le propusiste a la ciudadanía y, en consecuencia, con más desaprobación de la gente y más conflictividad social.
El proyecto de izquierda
Van sólo quince meses de gobierno. Faltan cuarenta y cinco. Es bastante llamativo cómo la izquierda, que ha combatido durante tantas décadas los dogmas de la ortodoxia, ha ido cediendo posiciones ante ella. Hace unos días, en una visita a un comité de base, el subsecretario de Economía, Martín Vallcorba, advertía contra la propuesta de un aplicación de un impuesto del 1 % al 1 % más rico, señalando que, en caso de aprobarse algo así, los extranjeros residente en Uruguay, esencialmente argentinos, se iban a ir de inmediato. Y más en general, llamó a evitar estas discusiones, con una frase que suena a máxima posibilista: “Tenemos que evitar la discusión que no tiene en cuenta la capacidad que efectivamente nosotros tenemos de transformar la realidad”.
Es un límite claro el que plantea Vallcorba y hay que aceptar que es el principio que ha orientado como realpolitik desde Von Bismarck. Pero eso no es la izquierda. La izquierda discute contra esa doctrina. La izquierda discute lo posible y lo necesario. La izquierda no avanza sin lucha, sin batallas de ideas, sin afectación de intereses. Si renuncia a eso, deja de ser izquierda y, lo que es todavía más grave, provoca un colapso de la esperanza, que necesita ideas, épica, transgresión y coraje y no crece en la tierra yerma del posibilismo, la restricción y la pusilanimidad.