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Sociedad antirracismo | Comisión Antirracista |

Anestesia política

"Cuando no te leen": lo políticamente correcto y sus ausencias

El antirracismo es celebrado en el discurso político, pero sigue ausente como prioridad real en programas y decisiones de poder. Reconocimientos que, lejos de ser conquistas, funcionan como anestesia política.

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En el Frente Amplio, la creación y el desarrollo de la Comisión Antirracista representan un avance innegable en términos de acumulación política, conceptual y ética. Sin embargo, ese avance convive con una contradicción persistente, el antirracismo sigue ocupando un lugar secundario, casi ornamental, dentro de los programas y prioridades reales de la fuerza política.

La Comisión no nació por moda ni por oportunismo electoral. Fue el resultado de décadas de militancia afrodescendiente, de producción teórica, de lucha contra el racismo estructural y sistémico, y de una interpelación constante a una izquierda que durante mucho tiempo creyó que la cuestión de clase explicaba por sí sola todas las desigualdades. La Comisión produjo diagnósticos, documentos y propuestas concretas. Aun así, su impacto en los programas sectoriales y en las plataformas electorales fue limitado y desigual.

Al revisar esos programas, el antirracismo aparece fragmentado, diluido, sin jerarquía política clara. Hay sectores con preocupación genuina, otros que acompañan de forma tibia y algunos que directamente evitan el tema. El resultado es una política antirracista sin centralidad, sin transversalidad y sin voluntad de convertirse en política de Estado.

Aquí surge una pregunta incómoda que atraviesa al activismo afrodescendiente: ¿el sistema político se interesa por las personas negras como sujetos políticos o simplemente por el “tema racismo” como consigna correcta? La diferencia es clave. En el primer caso, hablamos de transformación estructural; en el segundo, de representación simbólica y gestión de la diversidad.

La duda se profundiza cuando no todos los sectores del Frente Amplio asumen compromisos explícitos contra el racismo estructural y sistémico. El antirracismo queda librado a la sensibilidad de cada sector, como si se tratara de una agenda opcional y no de un problema central de la democracia.

En ese marco, es legítimo preguntarse si muchas posturas no responden más a una lógica electoral que a un compromiso sostenido. Pasada la elección, el tema pierde visibilidad y se archiva junto a otras promesas bienintencionadas. La lectura cruda es inevitable: el sector afrodescendiente es numéricamente reducido, no define elecciones ni controla sectores estratégicos de la economía. Desde esa lógica, parecería que con algunos gestos simbólicos, abrazos, sonrisas y algún cargo puntual, el asunto queda resuelto.

Pero el racismo no se combate con gestos.

Las acciones afirmativas dirigidas a la población afrodescendiente muestran con claridad esta tensión. Muchas de estas políticas no implican grandes costos presupuestales, pero dependen casi exclusivamente de la voluntad política del jerarca de turno. Algunos gobiernos mostraron compromiso real; otros se limitaron a saludos protocolares y discursos correctos sin impacto estructural.

A esto se suma la proliferación de organismos con fuerte vocación diagnóstica y escasa capacidad transformadora. Instituciones que producen informes, organizan seminarios y participan activamente en agendas internacionales que seducen a los organismos multilaterales. Viajes, más viajes, declaraciones, fotos. Mientras tanto, en los territorios y comunidades afrodescendientes, la desigualdad sigue intacta.

El problema no es la falta de diagnósticos. El problema es la ausencia de decisión política para convertir esos diagnósticos en políticas concretas.

Con una ironía que solo puede sostenerse desde la paciencia histórica, hemos observado con alegría —sí, con alegría— que en este primer año de gobierno la agenda del primer mandatario estuvo marcada por visitas, encuentros y recibimientos con diversas comunidades. Una agenda plural, diversa, cuidadosamente registrada.

Sin embargo, la comunidad afrodescendiente no ha tenido, hasta ahora, un espacio de encuentro político formal. Este dato no es menor: es la primera vez, desde el retorno a la democracia, que a un año de asumido un gobierno la comunidad negra no es recibida como sujeto político colectivo. No se trata de un descuido de agenda, sino de una señal política.

Porque cuando un Estado escucha a todos menos a uno, el silencio también comunica.

Paradójicamente, el folklore afro ocupa un lugar destacado en todo evento que aspire a mostrarse diverso. El tambor, la música y la estética afro funcionan como símbolos de inclusión y multiculturalidad. Pero esa celebración cultural convive con la postergación política. La cultura se aplaude; la desigualdad se administra.

No se trata de negar el valor del candombe ni de la cultura afrodescendiente. Se trata de advertir su instrumentalización cuando no va acompañada de políticas públicas, redistribución de poder y diálogo político real.

“Cuando no te leen” no es una metáfora literaria. Es una experiencia política concreta: hablar y no ser escuchado, proponer y no ser incorporado, existir y ser reducido a símbolo.

El desafío para el Frente Amplio —y para todo el sistema político— no es sumar una línea más en un programa, ni crear una nueva comisión, ni multiplicar seminarios. El desafío es asumir que el racismo estructural y sistémico es un problema central de la democracia uruguaya y que combatirlo exige decisiones, no gestos.

Porque sin ese compromiso real, el antirracismo seguirá siendo correcto, visible y culturalmente celebrado, pero sin el correlato político del encuentro, la escucha y la construcción conjunta. El tambor suena, la foto circula, pero la puerta del diálogo político sigue cerrada.

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