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Sociedad negrólogo | racismo |

Una práctica discursiva

La República de los Negrólogos

Sobre la “negrología”, término acuñado por el dirigente social Néstor Silva.

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Hay profesiones que nadie recuerda haber estudiado, pero que abundan en congresos, seminarios y paneles académicos. Una de ellas es la del negrólogo. No aparece en los registros universitarios ni en las clasificaciones ocupacionales del Estado, pero tiene presencia constante en informes, proyectos y documentos que pretenden explicar —con sorprendente autoridad— qué son, qué piensan y qué deberían hacer los afrodescendientes.

El término “negrología”, acuñado por el dirigente social Néstor Silva, describe con precisión irónica este fenómeno: un campo informal de producción de discursos sobre “lo negro”, generalmente elaborado por expertos que hablan sobre la población afrodescendiente sin pertenecer a ella o sin conocer en profundidad sus trayectorias históricas, intelectuales y políticas.

La negrología no es una disciplina académica formal, pero sí una práctica discursiva. Y como toda práctica discursiva, produce poder. Define categorías, establece diagnósticos, distribuye legitimidades y, sobre todo, determina quién tiene derecho a hablar y quién debe escuchar. En la imaginaria República de los Negrólogos, las reglas son sencillas: los afrodescendientes viven la experiencia; los negrólogos la interpretan.

Manual rápido para reconocer a un negrólogo

Identificar a un negrólogo no es difícil si uno presta atención a ciertos rasgos recurrentes. Primera señal: su biblioteca está llena de citas, pero curiosamente pocas de ellas provienen de pensadores afrodescendientes. Prefiere citar a los clásicos europeos —a veces incluso sin haberlos leído en profundidad— o reproducir documentos de organismos multilaterales como si fueran textos sagrados.

Un informe del Banco Mundial, un documento de Naciones Unidas o una recomendación del BID se convierten rápidamente en verdades absolutas. No importa si esos documentos simplifican procesos históricos complejos o si fueron elaborados desde matrices conceptuales profundamente eurocéntricas. En la República de los Negrólogos, la autoridad intelectual se mide por la capacidad de citar documentos internacionales, no por la comprensión real de la experiencia afrodescendiente.

El laboratorio de la “raza”

Otra característica distintiva del negrólogo es su fascinación por estudiar a los afrodescendientes como si fueran un objeto biológico. Aunque el lenguaje académico moderno insiste en que la raza es una construcción social, el negrólogo mantiene una relación ambigua con ese principio.

En su análisis aparecen constantemente categorías racializadas que reducen la experiencia afrodescendiente a un problema de identidad, color de piel o vulnerabilidad estadística. Se habla del afrodescendiente como “grupo objeto de estudio”, como “población objetivo”, como “caso de análisis”. El resultado es una paradoja: se pretende combatir el racismo reproduciendo sus categorías básicas. El afrodescendiente deja de ser sujeto político y se transforma en objeto de investigación.

Supremacismo académico

En esta república imaginaria existe también una jerarquía implícita: el saber académico está por encima de la experiencia histórica del movimiento negro. Si un dirigente afrodescendiente cuestiona un marco teórico importado, la respuesta suele ser condescendiente: “eso ya está superado por la teoría”.

Si un investigador afrodescendiente plantea una crítica al eurocentrismo, se le acusa de “militante” o de carecer de objetividad. El negrólogo, en cambio, se presenta como observador neutral, aunque su marco conceptual provenga casi siempre de tradiciones intelectuales europeas o norteamericanas. La ironía es evidente: el racismo se estudia desde instituciones que históricamente produjeron las teorías raciales modernas.

La división como método

Otro rasgo característico de la negrología es su tendencia a exaltar las diferencias internas del movimiento negro. En lugar de analizar los procesos históricos de organización afrodescendiente —las redes culturales, religiosas, políticas y comunitarias que sostuvieron la resistencia durante siglos— el negrólogo prefiere centrarse en los conflictos.

Las discrepancias políticas se amplifican. Los debates ideológicos se presentan como fracturas irreconciliables. El resultado es una narrativa que sugiere que el movimiento negro es intrínsecamente fragmentado. En esa narrativa, el negrólogo aparece como el único actor capaz de interpretar el caos.

El mantra de moda

En los últimos años la negrología ha incorporado un nuevo vocabulario. Palabras como “interseccionalidad”, “diversidad” o “woke” aparecen repetidas con frecuencia casi litúrgica. En muchos textos se convierten en verdaderos mantras. El problema no está en los conceptos en sí —muchos de ellos nacieron dentro de luchas legítimas— sino en su uso acrítico.

Cuando se transforman en fórmulas repetidas sin análisis histórico, terminan sustituyendo el debate político real. Paradójicamente, mientras se repiten estas consignas, desaparece la discusión sobre las estructuras económicas, coloniales y geopolíticas que sostienen el racismo global. El racismo deja de ser un sistema histórico para convertirse en un problema discursivo.

África: el gran desconocido

Tal vez el rasgo más llamativo de la negrología sea su desconocimiento profundo de África. Para muchos negrólogos, África aparece como un concepto abstracto, casi mítico. Se habla de “la cultura africana” como si el continente fuera homogéneo.

Sin embargo, África alberga más de dos mil lenguas, cientos de tradiciones religiosas y una diversidad cultural extraordinaria. Reducir esa complejidad a una imagen uniforme no solo es un error académico: es una forma sutil de colonialismo intelectual. La negrología reproduce así una vieja mirada europea: África como escenario exótico, no como espacio histórico complejo.

Cosmovisión o brujería

El tratamiento de las religiones de matriz africana ofrece otro ejemplo revelador. En muchos discursos académicos se mezclan categorías incompatibles: cosmovisión, ritual, magia, espiritualidad y superstición aparecen confundidas. El resultado es una caricatura que oscila entre la exotización romántica y la sospecha cultural.

Además, algunos negrólogos adoptan una postura paradójica: intentan definir una única religión africana universal, ignorando la diversidad de tradiciones existentes. Es como si alguien pretendiera reducir el cristianismo, el islam y el budismo a una sola práctica espiritual.

Exaltar lo negro, olvidar lo étnico-racial

Otro rasgo curioso de la negrología contemporánea es la tendencia a exaltar lo negro como categoría cultural mientras se diluye la dimensión étnico-racial del racismo. Se celebra la estética, la música, la gastronomía y la diversidad cultural, pero se evita discutir con profundidad las estructuras históricas de discriminación racial.

El resultado es una especie de multiculturalismo superficial: lo negro se vuelve atractivo como símbolo cultural, pero incómodo como sujeto político.

Endorracismo y silencios incómodos

La negrología también contribuye, muchas veces involuntariamente, a reforzar fenómenos como el endorracismo, es decir, la internalización de prejuicios raciales dentro de las propias comunidades afrodescendientes.

Al imponer marcos interpretativos externos, se debilitan los procesos autónomos de reflexión y construcción política. En lugar de fortalecer el pensamiento afrodescendiente, la negrología lo reemplaza.

Más allá de la negrología

Criticar la negrología no significa rechazar el conocimiento académico ni negar la importancia de la investigación social. Significa, más bien, recordar algo fundamental: los afrodescendientes no son únicamente objeto de estudio; son también productores de pensamiento.

Desde W.E.B. Du Bois hasta Frantz Fanon, desde Cheikh Anta Diop hasta Angela Davis, la diáspora africana ha generado algunas de las reflexiones más profundas sobre racismo, colonialismo y emancipación. Ignorar esas tradiciones intelectuales mientras se repiten teorías importadas es, en el mejor de los casos, un error académico. En el peor, una forma elegante de reproducir viejas jerarquías.

Epílogo para sobrevivir

Si alguna vez usted asiste a un seminario sobre “la cuestión afro” y escucha a alguien hablar durante una hora sin mencionar a un solo pensador afrodescendiente, sin reconocer la diversidad africana y citando únicamente informes internacionales, probablemente esté frente a un negrólogo.

No entre en pánico. Respire hondo. Sonría con cortesía. Y recuerde la regla básica para sobrevivir en la República de los Negrólogos: escuchar siempre es útil, pero pensar por cuenta propia sigue siendo un acto de resistencia.

FUENTE: llavesparaentender.com