La situación climática en el suroeste del país vuelve a colocar a la producción agropecuaria en el centro de la agenda económica y política. El Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA) alertó que los niveles de humedad del suelo en Colonia se ubican entre el 50% y el 30%, rangos considerados de riesgo para el desarrollo de los cultivos y el bienestar animal.
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Guadalupe Tiscornia, investigadora del área de Sistemas de Información y Transformación Digital (GRAS), explicó que la vegetación comienza a sufrir estrés hídrico cuando los valores bajan del 50% o 40%. “En este momento, la producción ya está sintiendo los efectos de la falta de agua”, afirmó. A esto se suma la ausencia de agua no retenida, es decir, la lluvia necesaria para recargar tajamares y cursos naturales, un elemento clave para sostener la actividad ganadera.
Desde el punto de vista económico, el impacto es directo. La lechería y la ganadería intensiva de carne enfrentan un escenario de estrés térmico para el ganado, lo que compromete rendimientos, calidad de la producción y, en última instancia, los ingresos de los productores. En una zona donde la actividad agropecuaria es pilar del empleo y del movimiento comercial, la sequía se traduce rápidamente en caída de facturación, aumento de costos y riesgo de pérdida de mercados.
La necesidad de respuestas estructurales
El problema también adquiere una dimensión política. La reiteración de eventos extremos reaviva la discusión sobre la necesidad de políticas públicas más robustas: líneas de crédito blandas, prórrogas impositivas y un plan sostenido de inversión en infraestructura hídrica. Para varios actores del sector, ya no se trata de episodios aislados sino de un patrón vinculado al cambio climático, que exige respuestas estructurales.
Mientras tanto, el pronóstico de persistencia de altas temperaturas y escasas lluvias mantiene en vilo a los productores, que esperan definiciones del gobierno para amortiguar un golpe que amenaza con sentirse en toda la economía regional.