También existe la desigualdad en el tiempo de trabajo. A menudo, las mujeres enfrentan una carga desproporcionada en las tareas de cuidado y del hogar, lo que limita su capacidad para generar ingresos, perpetuando así la dependencia económica.
No es menor la articulación o retroalimentación con otras formas de violencia. Es una realidad que la violencia económica se articula de manera interrelacionada con otras formas de violencia de género, como la física, emocional, sexual, entre otras. La dependencia económica puede hacer que las mujeres permanezcan en relaciones abusivas, temerosas de no poder sostenerse por sí mismas. También, la manipulación económica a menudo va acompañada de abuso emocional, donde el agresor utiliza el control financiero como un medio para desvalorizar a la víctima. Y la falta de autonomía económica puede poner a las mujeres en situaciones donde son coercionadas a participar en actividades sexuales no deseadas por miedo a las consecuencias económicas. Estos tipos de violencia están interconectados y alimentan un ciclo de opresión que dificulta la capacidad de las mujeres para construir una vida independiente y libre de violencia.
Algunos datos
Según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), en Uruguay el 33 % de las familias monoparentales están encabezadas por mujeres. Esto significa que un número significativo de madres debe enfrentar solas las exigencias laborales y familiares, lo que se traduce en un 60 % más de tiempo dedicado a las tareas de cuidado y un acceso limitado a empleos remunerados. La carga de las responsabilidades del hogar, que a menudo incluye tareas como la limpieza, la asistencia a actividades escolares y el cuidado de familiares, puede ser abrumadora. Esto se agrava cuando se considera que las pensiones alimenticias no siempre son justas ni suficientes.
La falta de cumplimiento de las obligaciones alimentarias es un problema recurrente. Estudios muestran que menos del 50 % de los padres contribuyen adecuadamente con las pensiones alimenticias. Esto deja a las madres en una situación económica precaria, obligándolas a asumir todos los gastos del hogar, que pueden incluir desde alimentación y salud hasta educación, lo que genera un ciclo de dependencia y vulnerabilidad. Pero además no es solo la pensión, es el todos los días, el cuidado es las 24 horas los 7 de la semana. Pero se da tanto en padres separados como en parejas.
Además, la violencia económica se intensifica en el ámbito del tiempo: las madres a menudo no tienen tiempo para descansar o para desarrollar sus propias actividades personales o profesionales. Al ser las principales responsables del cuidado, el tiempo destinado a las tareas domésticas consume hasta un 75% de sus horas disponibles, impidiendo su desarrollo profesional y su acceso a oportunidades. Cuando una madre debe saltar reuniones laborales o no puede dedicarse a su formación y crecimiento personal por las exigencias del hogar, se perpetúa un ciclo de pobreza y desigualdad.
El inicio de clases puede ser un momento emocionante, pero también es un desafío que cae casi por completo sobre las madres, especialmente cuando el padre no está presente. Por ejemplo, al acercarse el primer día de clases, la madre organiza todo: prepara el uniforme, listas de materiales, pago de colegio si existe, compras,las meriendas y se asegura de que todo esté listo, las expectativas de los niños. Sin embargo, al momento de coordinar, recibe un mensaje del padre que dice: "¿A qué hora entran y por dónde? Voy a la entrada, pero no puedo estar en la salida". Este tipo de comunicación refleja una falta de compromiso y acompañamiento, dejando a la madre sola en la responsabilidad de brindar apoyo emocional y logístico en un momento crucial para sus hijos. Pero también da la poca relevancia del acompañamiento y la importancia del momento para el niño. La ausencia de su participación activa no solo agrava la carga que ya lleva, sino que también refuerza una dinámica en la que la responsabilidad del cuidado recae desproporcionadamente sobre ella.
La violencia económica no puede ser ignorada. Desde las ausencias y olvidos de la figura paterna hasta la gestión del hogar que recae desproporcionadamente sobre las mujeres, se configura un sistema de opresión que impacta fuertemente su autonomía y bienestar. En este 8M, es fundamental visibilizar esta problemática y exigir políticas públicas que protejan los derechos de las mujeres, aseguren la corresponsabilidad en las tareas del hogar y garanticen el cumplimiento efectivo de las pensiones alimenticias.
Dimensionar y evidenciar la violencia económica resulta complicado debido a su naturaleza sutil y muchas veces invisible. A diferencia de la violencia física, que deja marcas visibles y es fácilmente reconocible, la violencia económica opera en las sombras, ocurriendo en el día a día sin un impacto inmediato y tangible. Esto la convierte en una forma de violencia que puede ser minimizada o ignorada tanto por las víctimas como por la sociedad en general, quienes a menudo no son conscientes de que las restricciones económicas y la manipulación financiera constituyen una forma de abuso. Además, la falta de educación sobre los derechos económicos y la desigualdad de género en el ámbito laboral perpetúan la idea de que las mujeres deben aceptar estas situaciones como parte de su rol tradicional, lo que dificulta su denuncia.
Otro factor que impide abordar la violencia económica con la misma urgencia que otras formas de violencia es la falta de reconocimiento de su impacto en el bienestar de las víctimas. La violencia económica a menudo se considera una cuestión privada o personal y no se asocia directamente con el ciclo más amplio de violencia de género. Esta desconsideración minimiza su importancia y la vinculación que tiene con otras formas de violencia, como la física o emocional, ya que la falta de recursos económicos no solo limita la autonomía, sino que también puede exponer a las mujeres a situaciones de mayor riesgo. Por lo tanto, es fundamental visibilizar la violencia económica como una condición que permea y exacerba otras violencias, promoviendo una comprensión integral que permita abordarla adecuadamente en políticas públicas y en la conciencia social.
La lucha por la igualdad de género incluye la erradicación de todas las formas de violencia, incluida la económica, y es responsabilidad de la sociedad en su conjunto trabajar para que cada mujer y persona gestante en Uruguay pueda ejercer plenamente su derecho a decidir sobre su vida y su cuerpo, sin cargas desmedidas ni violencias que perpetúen la desigualdad.