Hacete socio para acceder a este contenido

Para continuar, hacete socio de Caras y Caretas. Si ya formas parte de la comunidad, inicia sesión.

ASOCIARME
Cultura y espectáculos

Un gato en el hombro de la mujer policía

Por Gabriel Peveroni

Suscribite

Caras y Caretas Diario

En tu email todos los días

No pude tomar la foto. Entre lo incómodo de la situación, a punto de encenderse la luz verde del semáforo, y que yo en un pequeño ataque de ansiedad y parada exactamente detrás de la mujer policía que llevaba el gatito en su hombro, mientras la cámara del Nokia demoraba en activarse no llegué a tomar una de esas escenas que pueden viralizarse fácilmente. Pero también me detuvo eso, lo sé, me refiero a la sensación de estar robando un momento íntimo que no era mío. En fin, te cuento esto, y te contaré algunas otras cosas más que me sucedieron en Montevideo y en otros sitios, por la sencilla razón de que todavía no he logrado ubicar a tu amigo y que todavía estoy un poco perdida desde que llegué a Bogotá.

A los pocos días que pasó lo de la foto que no pude tomary debo decir que lo que tampoco me pude sacar durante esos días pero de la cabeza fueron los ojitos del gato y el posterior encuentro de la mujer policía con otros dos policías, unos metros después de cruzar la calle, te cuento que apenas pude robar un fragmento de conversación del tipo “la encontré esta mañana”, “qué linda gatita”, “sí, me la llevo para casa”–, me pasó de subir a un auto del trabajo, allá en Montevideo, un viaje más o menos de rutina, ida y vuelta, para tomar unas fotos rápidas del Rosedal y que el chofer me contara un par de circunstancias de sumo interés. El chofer me contó que había tenido, en esa misma jornada, un viaje difícil trasladando a inspectores municipales con la misión de levantar campamentos improvisados de personas en situación de calle. Actuaciones de rutina, burocráticas, de las que terminan con indigentes en una comisaría, con la limpieza poco piadosa del espacio público y de los objetos personales de los infractores, y con un detalle que traía a maltraer al chofer: los perros separados de sus dueños que quedan atados, en el mejor de los casos, a una columna. Él se encarga, según me contó, de llevarles agua y comida a los perros abandonados. Se ocupa de cuidarlos hasta que regresen sus dueños, que siempre lo hacen y vuelven a montar, en ese o en otro sitio de la ciudad, un nuevo campamento precario con cartones, maderas y todo tipo de desechos que encuentran en contenedores y basurales.

Siguió el chofer con el relato, que se fue desviando en los varios casos que participaba en auxilio de diferentes perros, hasta que me contó que unos días atrás una de las policías se había encariñado con un gatito de apenas dos meses. Un gatito que lo llevó en su hombro durante todo el trayecto hasta que la dejó en la esquina, es decir, la misma esquina en la que estuvo adelante mío, porque era la misma mujer policía con un gato en el hombro que no alcancé a fotografiar. No le conté al chofer que lo sabía todo, que los había visto con mis propios ojos al gatito y su salvadora mientras esperaba a que se pusiera la luz verde. Me dio un poco de pudor contarle que quise tomarles una foto. Pero todo esto te lo cuento porque no sé si estoy preparada para espiar, porque temo no poder confiarte lo que vean mis ojos, los datos que empiece a recolectar sobre tu amigo perdido en Bogotá.

Me tomo entonces otro desvío, que tiene que ver con historias del pasado y con infancias rotas. La historia que quiero contarte sucedió en mi pueblo, en la Colonia, como le decimos los que nacimos ahí. Una de mis mejores amigas apareció muerta una tarde, colgada de un árbol. Y su hermana melliza, la Gringa, desde esa tragedia familiar no volvió a hablar y desde hace unos cuantos años está internada en un centro psiquiátrico. Entenderás que ese tipo de cosas dejan marcas, secuelas, traumas. No salí ilesa. Hubo además otros ahorcados y ahorcadas en el pueblo. La mayoría muy jóvenes, casi niños, casi niñas. Hubo, se podría decir, una epidemia, o algo así.

Uno de los sobrevivientes, porque así nos consideramos los que logramos salir del infierno del pueblo, publicó hace muy poco un libro que se llama Papeles suizos. Lo acabo de leer. Me lo traje a Bogotá. Te lo recomiendo. No de manera entusiasta, porque no viene a ser ese el término más correcto. Te lo recomiendo en todo caso como una necesidad, como una forma de entrar y conocer sobre el abismo, sobre el horror en estado puro. El libro es muy pequeño y está muy bien escrito. Y lo dice todo. El autor se esconde, que tampoco sería el verbo correcto, detrás de un personaje que es amigo de la Gringa y que comparte con ella la estadía sin mayor esperanza ni futuro en el referido establecimiento de reclusión mental (¿se dice así?). Desde allí escribe. Desde allí lo dice todo. Desde allí ensaya un relato virulento y extremo. Los odia. Nos odia. Que es lo mismo que decir que nos ama hasta la últimas consecuencias. A los que somos amigos y amigas de la Gringa. Él utiliza la palabra como arma. Y es una palabra que sale desde adentro y que pide ser leída en voz alta.

Acabo de leer los Papeles suizos en voz alta. Sola. Sentada en una plaza de La Candelaria, a pocos metros de la casa del poeta y a miles de kilómetros de la Colonia. Es un libro que creo tiene que ver con tus investigaciones sobre la muerte de Vilda. Sobre la muerte de tantos niños y niñas, y sobre todo de todas esas niñas que desaparecen y de las que no se vuelve a saber nada. Que se las traga la maldita tierra del Uruguay y que nos hacen pensar que los terribles relatos de Ciudad Juárez no nos son para nada ajenos. Esas cosas también pasan acá, en Colombia, por supuesto, donde estoy ahora. Y te cuento, para que veas que todo es más o menos la misma historia, y que no importa mucho en qué sitio del mundo estemos, que Fausto publicó hace un rato en Instagram una foto suya, una selfie, con una pequeña gatita sobre su hombro derecho. Dice que se llama la Gringa.

Te vuelvo a escribir dentro de quince días. Entenderás que no me es fácil seguir con todo esto.