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Columna destacada | Rada |

Gracias, Negro, por todo.

La leyenda Rada

La leyenda Rada comenzó a forjarse en vida, mucho antes de su muerte. Por eso, y por una compleja secuencia de otras cosas, el homenaje espontáneo que la gente le tributó el día de su muerte, está reservado sólo a unos pocos elegidos.

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Caras y Caretas Diario

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Era una plácida noche de verano, allá por la costa de Piriápolis, donde todas las estrellas del cielo parecían haberse dado cita. Habíamos acudido mi marido, mi hijo y yo al balneario, casi de casualidad, o más bien sin rumbo fijo, para cenar algo en algún sitio. Mi hijo, que estudió y vive y trabaja en el exterior, nos traía saludos de sus muchos amigos, porque los padres de cada uno somos también los padres de todos: saludos en inglés, en hindú, en francés, en catalán, en ruso, y en todos los estilos del español latinoamericano; pues sus amigos son, allá en la lejana Europa, su familia más cercana. También mandaron saludos para Rubén Rada. Así se lo transmitieron. Todos o casi todos lo habían descubierto ya, de un modo u otro, en el Viejo Mundo y en sus aledaños, y todos sin excepción lo admiraban. En ese ambiente y en ese ánimo nos dirigimos a Piriápolis. Mientras subíamos las escaleras del Argentino Hotel, nos cruzamos con un amigo.

—¿Qué andan haciendo? —nos preguntó.

—Vamos a comer algo —respondimos, indicando con un gesto el hotel, que se desplegaba frente a nuestros ojos con todas sus ventanas iluminadas.

—Pero, ¿no van a ir a ver a Rada? —nos lanzó.

Quedamos un instante en silencio, sorprendidos.

—¿A Rada? ¿Y dónde está?

Nuestro amigo mencionó un conocido restaurante. Dijo que se dirigía allá, y que nos podía llevar si queríamos. Lo miramos con una mezcla de compasión y escepticismo, seguros de que no habría ni un triste lugar libre para nosotros, ya que el espectáculo iniciaba en unos escasos diez minutos.

—No se preocupen. Tengo una mesa para dos… y donde entran dos, entran cinco —precisó.

Y allá fuimos, y allá nos sentamos, entre la oscuridad de afuera, contra el sonido rítmico de las olas que rompían en la costa cercana, y la efervescencia candente del adentro, en el que Rubén Rada, junto a otros cuatro músicos, se disponía a cantar para un puñado de personas; pues no pasaríamos de cincuenta. Sin preocuparnos en explicar el milagro, nos abocamos a disfrutar de ese momento que sabíamos único. Y para hacernos lugar, nos pusieron la mesa casi pegada al diminuto e improvisado escenario en que Rada cantaba; al punto de que podríamos haber estirado un brazo para tocarle el hombro. En el concierto infinito del espacio y del tiempo, en su azarosa marcha de siglos y milenios, el destino nos señaló para reunirnos allí. Éramos, más que público y artistas, una familia congregada en torno a un fuego íntimo. Éramos un corte diminuto en la imparable marcha de la historia; un guijarro de luz colocado entre sombras vastísimas. De un lado el imponente cerro, del otro el mar, no menos dilatado y bravío. Pero éramos también la viva imagen del ser uruguayo, una mezcla de circunspección, silencio, respeto, recato y cercanía entrañable. No realizamos, los allí convocados, ningún ritual de devoción lindante con la santidad o con la euforia, a que tan afectos son los argentinos o los brasileños en relación a sus grandes artistas. No hubo arrebatos ni gritos ni cánticos ni acoso, ni asomo de fanatismo de ninguna naturaleza. Sólo se dieron cita las almas, en mansa comunidad de espíritu; y sin embargo, ya entonces todos sin excepción sabíamos que estábamos frente a una leyenda; y nos lamentábamos, en la profundidad de nuestros pechos, de la fugacidad del tiempo, que nos condenaría a concluir el preciado momento.

Es que, en efecto, la leyenda Rada comenzó a forjarse en vida, mucho antes de su muerte. Por eso, y por una compleja secuencia de otras cosas, el homenaje espontáneo que la gente le tributó el día de su muerte, el miércoles 26 de agosto de nochecita, allá en el barrio Sur y en muchos otros sitios, está reservado sólo a unos pocos elegidos. Se trata de un sentimiento popular singular; algo que no se compra ni se vende, pues transcurre por fuera de cualquier elemento vinculado al dinero: atención, mercaderes de cuanto existe en este mundo; jamás, ni por casualidad, lograrán ustedes lucrar con ese sentimiento; y mucho menos obtendrán una sola migaja de ese amor, de esa extraordinaria lumbre que concita el fervor y el respeto de inmensas multitudes.

Rada es de todas y de todos los uruguayos, y su fama se extiende, por supuesto, como sucede con todo gran artista, mucho más allá de fronteras. Rada es una constelación de circunstancias: unas son traídas de nacimiento, y otras dependen de la humana existencia y de las elecciones y las decisiones; no nació en cuna de oro, no pertenece a ninguna oligarquía de las que se creen poco menos que dinastías monárquicas; no conoció la abundancia ni recibió montañas de juguetes ni asistió a colegios privados ni se subió a un coche de lujo ni atesoró retratos familiares de dudoso abolengo. La pobreza lo acompañó sin pausa en sus primeros años, y compartió pan y habitación, y calor y frío, y necesidad, con varios hermanos. Rada vino de abajo, de todo lo abajo que se puede venir; pues arrastró algunas de las más pesadas cargas sociales desde su nacimiento (raza negra, estigma, discriminación, falta de oportunidades, rechazo) y supo sin embargo elevarse por encima de semejante mezquindad, injusticia y desigualdad, de una manera única y esplendorosa. Lo hizo a través de dos elementos principales: su arte y su forma de ser y de estar en el mundo.

Rada demostró en vida, y demuestra ahora en eternidad, que el ser humano, si se lo propone, es una lumbre; que el arte es una lumbre; que la esperanza se abre paso por encima de la crueldad y las contrariedades; que los dones y el talento no se adquieren a golpes de billetes; que se puede llevar el arte como una antorcha, y se puede elegir la alegría, y se puede compartirla con los otros.

Los artistas que encarnan todo eso son extremadamente raros, aquí y en el resto del planeta. Son capaces de cosechar el mayor de los éxitos, pero no saben de distancias frías. Rada cantó a su raza, a su país y a su pueblo, tomó el sufrimiento humano, lo sometió al exorcismo del talento y lo exhibió ante el mundo como algo de lo que emana amor, y no únicamente dolor. El pathos (padecer con otros) y el ethos (la práctica de los valores) dieron pleno sentido a su vida, a su trayectoria artística, y a ese ida y vuelta con el público tan pleno de autenticidad y de profundidad. No hay mediaciones en Rada. No hay pose. No hay frivolidad. No hay intereses espurios. Y no se trata de un alma atormentada (que pudo haber sido con perfecto derecho y motivo, al igual que tantos otros grandes), sino de un alma plenamente feliz. Eso es lo raro, lo luminoso, lo que destaca y brilla en su monumental legado artístico. Rada produce una resonancia emocional y una identificación popular que lo eleva hacia el corazón mismo de la gente; de quienes se enfrentan cada día a las más diversas y duras circunstancias, y aprenden de él que es posible encontrar un sentido poderoso debajo de tanta adversidad, y desarrollar así capacidad de trascendencia.

Gracias, Negro, por todo. Un mundo sin vos es un poco menos mundo y es sin duda más triste, pero nos queda la inmortalidad de tu música, que nos señala el camino y nos rescata una y otra vez de esta porfiada y larga soledad.

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