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Amelia Sanjurjo, la memoria y los ojos que te miran

Celebramos el hallazgo de Amelia y sumamos esa nueva llama a la multitud de fuegos que pretenden iluminar nuestro camino, hacia atrás y hacia delante.

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“Estoy muerta y no tengo vejez. Los años dorados han sido para mí sólo los de la juventud. Poca edad es veinticuatro para entrar en la muerte, y mucha para hacer frente a la vida que viene después de mí, después de mi silencio, de mi grito; después de mis asesinos. A veces cuando miro hacia atrás (¿por qué hacia atrás, si soy tan joven y no tengo pasado?) me parece ver el resplandor de esos años que se agitan sobre mí como una gran bandera, y la bandera corta el aire, desgarra la espesura de una nube, se repite en el gesto de otros jóvenes que marchan como yo, entusiasmados, livianamente trágicos. Ellos no saben lo que ocurrió en el tiempo de aquel tiempo. De la vida a la muerte se tiende un arco de recuerdo y olvido; la memoria es la flecha y es la mano que tensará la cuerda. Estoy muerta y les digo que vengo a desparramar flechas, semillas de memoria”.

Así comienza el cuento titulado Tremendo Pozo que escribí en el año 2015 para el concurso de cuentos Nibia Sabalsagaray, organizado por el Museo de la Memoria, en el que obtuve el primer premio; y me he citado a mí misma por la razón elemental de que aquellas palabras nacieron de la inspiración, pero también del dolor que todo ser humano, tenga o no tenga un familiar muerto en tortura o desaparecido, puede y debe experimentar, a riesgo de pervertir su propia naturaleza, pues ese dolor o duelo se origina nada menos que en la conciencia moral. ¿Y qué es la conciencia moral? Para empezar, diremos junto a Kant que dicha conciencia no puede adquirirse, «sino que todo ser humano, como ser moral, la tiene originalmente en sí». Se trata de la razón práctica en sí misma, «que muestra al ser humano su deber en cada caso concreto» y que constituye «un hecho inevitable». Más aún: Kant afirma que el único deber respecto de la propia conciencia moral es el de cultivarla, «aguzar la atención a la voz del juez interior y emplear todos los medios para prestarle oído».

Las palabras del cuento Tremendo Pozo que he citado forman parte de una trama literaria en la que la propia Nibia nos habla, pero bien pueden aplicarse (más allá de la extrema juventud de la protagonista en cuestión) a todos, a todas y a cada uno de los desaparecidos. En cada uno de ellos y de ellas se agita, y se agitará por siempre, el resplandor de aquellos años, como una gran bandera. No importa cuánto tiempo transcurra; la bandera seguirá rasgando el aire, llevada por las manos nuevas. La imperiosa necesidad de hacerlo, de continuar clamando por la verdad, la memoria y la justicia, es un llamado surgido de las entrañas de nuestra conciencia moral. Hoy esa conciencia vuelve a estremecerse y la bandera se agita una vez más.

Hoy, hace apenas unos días, ha aparecido una desaparecida. Amelia Sanjurjo regresó a nosotros. No se irguió de su lecho de muerte porque no se puede llamar así a un enterramiento de cal y de tierra revuelta, cruel y clandestino, cobarde e impune, que no se daría siquiera a un animal. Amelia se levantó de entre una impúdica maraña de mentiras, de saña y de ocultamiento. Algunos han expresado que la identificación de sus restos traerá paz a una familia. Pero la paz es un vocablo extraño e incluso desconcertante en estos momentos. Es evidente que la identificación de Amelia es de algún modo un reencuentro, una luz, un desenlace. Pero el modo en que fue identificada ha sido trabajoso, casi laberíntico, traspasado por una penuria de casi medio siglo, pautada no solamente por todas las barreras y todos los obstáculos imaginables a la hora de indagar la verdad, sino por la amenaza permanente: “Si siguen preguntando marchan ustedes también”. Y por eso el hallazgo, aunque represente un triunfo en la azarosa y empinada cuesta que conduce a encontrarlos, aunque refuerce la convicción de proseguir la lucha, produce angustia, impotencia, rabia y dolor renovados. Por eso, en el fondo, me parece impertinente, por no decir patético, mencionar a la paz, ese estado interior exento de disonancias, desequilibrios y sufrimiento. La paz es un estado de bienestar, de tranquilidad, de estabilidad y de seguridad, completamente opuesto a conductas como el crimen, la alevosía, la maldad, el secuestro, el ocultamiento y la cobardía. Paz nos daría la justicia. Paz nos daría la valentía de reconocer el delito y confesar qué hicieron con ellos. Paz nos daría, en suma, a todas y a todos los uruguayos, el enaltecimiento de la dignidad, de la memoria, de la verdad, de la justicia. Sólo así podría generarse una relación armoniosa entre los componentes de la sociedad uruguaya, provengan de donde provengan y piensen como piensen, y esa armonía sólo se consigue cuando dos o más entidades en conflicto logran elaborar resultados con beneficios y cargas parejas para todos: que los desaparecidos aparezcan, que los culpables paguen, como mandan la conciencia moral y el más elemental derecho internacional. Que esos beneficios y esas cargas sean repartidos equitativamente; de eso se trata. Que no existan desigualdades flagrantes entre las partes, como lo son la mentira, el crimen y la impunidad.

Celebramos, obviamente, el hallazgo de Amelia Sanjurjo y sumamos esa nueva llama a la multitud de fuegos que pretenden iluminar nuestro camino, hacia atrás y hacia delante. Hacia atrás, porque es preciso continuar encontrando a nuestros desaparecidos. Hacia delante, porque debemos reafirmar el Nunca Más y eso sólo es posible (y si mil veces no nos oyen, mil veces lo habremos de repetir) a través de la verdad, la justicia, la memoria. Porque, como dice Martín, uno de los protagonistas del cuento Tremendo Pozo: “Hay alguna otra cosa en la memoria, algo hecho de tempestad y piedra, de eternidad creciente, de silencio menguante, algo que crece brote a brote como un árbol de tiempo, las hojas son espejos, en cada espejo hay ojos que te miran”.

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