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Columnas de opinión | Venezuela |

Petróleo sangriento

Venezuela saqueada y ultrajada

Estados Unidos, que históricamente desplegó una política expansionista procurando apropiarse de los recursos de América Latina, dio el zarpazo final al engullirse a Venezuela.

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“La desgracia de América Latina es ser tan rica”. Esta frase del eximio escritor uruguayo Eduardo Galeano, autor de “Las venas abiertas de América Latina”, el formidable ensayo político del emblemático escritor publicado por primera vez en 1971, denuncia, sin ambages ni cortapisas, la historia de pillaje y expoliación colonial de la América mestiza por parte de los imperios del pasado y del presente. Aunque África es el que posee las más cuantiosas riquezas minerales, nuestro continente es más rico, porque, además, es un gran productor de alimentos y alberga abundantes reservas de agua dulce.

No en vano, Estados Unidos, que históricamente desplegó una política expansionista procurando apropiarse de los recursos de América Latina, dio el zarpazo final al engullirse a Venezuela, que posee los yacimientos petroleros más cuantiosos a nivel global, teniendo en cuenta que el denominado oro negro es la materia prima de origen fósil de la cual ulteriormente se extraen los hidrocarburos, fundamentales para movilizar las economías, la producción industrial y agraria, y el redituable negocio armamentista. Esta potencia imperialista ostenta un gigantesco complejo industrial, que se alimenta de petróleo y de gas natural,

Estados Unidos le rapiñará 50 millones de barriles de petróleo diarios a Venezuela. Un latrocinio.

La condena del país caribeño es también albergar abundantes reservas de gas natural, un combustible más limpio, más eficiente y más versátil. Este es el segundo motivo por el cual Trump armó la farandulera comedia que transformó a Nicolás Maduro en un “villano narcoterrorista”. Todo es un cuento chino, o más bien un cuento yanqui, digno de Walt Disney. Lo que pretende el megalómano mandatario norteamericano es tomar el control de estos dos recursos y entregárselos a las empresas de su país, luego de que fueran nacionalizados en 2007 por parte del presidente izquierdista Hugo Chávez Frías, quien recuperó la soberanía económica de su país y el usufructo de sus riquezas energéticas, profundizando las medidas aplicadas, en 1975, por el expresidente Carlos Andrés Pérez.

En sus últimas apariciones públicas, Trump jamás habló de política. Incluso, el propio Maduro es juzgado en Nueva York bajo el cargo de “narcoterrorismo”, pero no es acusado de ninguna violación de los derechos humanos y tampoco el mandamás estadounidense ha enfatizado en los cuestionamientos a su gobierno ni en la validez de las últimas elecciones.

Tal vez lo más significativo sea que, pese a tener el control de la situación, mantuvo al frente del Gobierno venezolano a la hoy presidenta encargada, Delcy Rodríguez. En cambio, desechó a María Corina Machado, como se hace con un preservativo usado, e ignoró, como si fuera un mero holograma, al patético excandidato presidencial Edmundo González Urrutia.

Es claro que su plan va por otro lado, ya que no es político. Es, sí, económico y geopolítico, relegando a un segundo plano las ideologías, que otrora alimentaron la Guerra Fría y la disputa por la hegemonía entre el bloque capitalista y el socialista.

Este será un revival de un pasado de postración que en Venezuela comenzó en 1914, hace exactamente 121 años, cuando fueron descubiertos los primeros yacimientos de crudo y los gobiernos de la época le entregaron literalmente la explotación de este vital recurso a empresas extranjeras. Por entonces, los contratos fueron ácidamente cuestionados por ser favorables a los intereses foráneos, particularmente durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez (1952-1958), quien, por su acérrimo anticomunismo, fue fuertemente apadrinado por Washington.

Obviamente, este fenómeno fue habitual desde la mitad de la década del cincuenta, cuando el imperio apoyó y financió gobiernos autoritarios en varios países de Latinoamérica, para garantizar su lealtad y detener la influencia soviética en la región. Ahora, el problema para los popes del imperio es China, aunque su influencia no es ideológica sino comercial.

“Lo que necesitamos es acceso total al petróleo”, fue una de las frases más elocuentes del locuaz emperador yanqui, quien presiona todos los días a Delcy Rodríguez para que cumpla con sus draconianas exigencias. De lo contrario, ordenará una nueva ofensiva militar. Si hay algo que lo destaca es su frontalidad. Sabe que su país se propone saquear a Venezuela y no lo oculta.

Empero, los halcones norteamericanos no solo codician el oro negro y el gas natural de la sometida Venezuela. También quieren pegarle el zarpazo al denominado oro azul, que es el coltán, una aleación de minerales de tantalio y niobio que tiene múltiples usos para la economía, particularmente de las naciones desarrolladas. En efecto, este recurso sirve principalmente para fabricar componentes electrónicos claves, como condensadores de teléfonos móviles, laptops, tablets y consolas de videojuegos, merced a su alta capacidad para almacenar cargas eléctricas y su probada resistencia. Asimismo, se emplea para usar en aleaciones para motores de aviones, turbinas, prótesis médicas, lentes de visión nocturna y sistemas GPS, que es una tecnología de navegación que emplea una red de satélites para determinar la ubicación, velocidad y hora precisas de un receptor en cualquier parte del mundo, sin necesidad de conexión a internet, siendo esencial para aplicaciones como la navegación en coches y smartphones, agricultura de precisión y defensa.

El 80 % de las reservas de coltán están en el Congo. No en vano, este país africano padece una cruenta guerra civil entre etnias. ¿Alguien supone que la fuerza de paz de la ONU está instalada allí sólo para proteger a la población civil de la violencia fratricida? La realidad es que los que se protegen son los negocios de las grandes multinacionales.

Incluso, Venezuela, que es un país muy rico, alberga también en las entrañas de su territorio yacimientos de tierras raras. Es un un grupo de 17 elementos químicos (15 lantanoides más el escandio y el itrio) estratégicos para la alta tecnología, como smartphones, vehículos eléctricos y de defensa, debido a sus propiedades únicas para imanes, baterías y láseres. También posee yacimientos de otros valiosos metales, como oro, hierro, aluminio, diamantes, carbón, níquel, plata, uranio, fósforo, plomo, zinc, titanio y azufre, todos ellos muy codiciados por su alto valor de mercado.

Se trata de un cuantioso botín, ideal para ser rapiñado por el imperialismo norteamericano, a cuyo frente está un pirata muy similar al mítico pero real Barbanegra o un émulo del huno Atila, líder de las invasiones bárbaras que asolaron al Occidente romano entre los siglos III y VIII. Debería ser juzgado por magistrados de tribunales internacionales por sus crímenes contra la humanidad.

La derecha uruguaya, que parece creer en los reyes, imaginó que la caída de Nicolás Maduro derivaría en la asunción de Edmundo González Urrutia como presidente o en la convocatoria de nuevas elecciones en la hoy ultrajada Venezuela. Aparentemente, como los reyes son los padres, “papá” Trump les demostró que todo era un mero sueño de siesta estival. En efecto, de democracia nada. Ahora, Venezuela pasó a ser una mera colonia de Estados Unidos.

En consecuencia, blancos, colorados y su insignificante socio enano, el Partido Independiente, fueron meros cretinos útiles funcionales a la ruptura del derecho internacional por parte del imperialismo norteamericano, que, liderado por un delirante alienado que debería estar internado en un psiquiátrico, hizo retroceder los relojes de historia a los dramáticos tiempos de la Guerra Fría. Si la derecha vernácula no pide disculpas por sus actitudes, no merece seguir existiendo

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