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Columnas de opinión | guerra | Ucrania | Rusia

Ucrania

Y la guerra continúa

Las causas de la guerra vienen de tiempo atrás y las consecuencias se extenderán e impactarán más allá del escenario europeo.

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El 24 de febrero Rusia decidió reconocer las repúblicas populares de Donetsk y de Lugansk y desplegar una operación militar especial e invadió Ucrania. Y para muchos observadores y analistas parece que los hechos empezaron ahí. Pero en el este de Ucrania se venía desarrollando desde 2014 un conflicto militar con miles de muertos. Se habla de más de 14.000. Esto luego de que las manifestaciones de la plaza de Maidán de Kiev terminaran en un golpe de Estado que desplazó al presidente Yanukovich del gobierno. Dichas manifestaciones comenzaron como protestas frente a la suspensión del pedido de ingreso a la Unión Europea; por el malestar ante la crítica situación económica y social y contra la corrupción. Esas manifestaciones fueron rápidamente cooptadas por elementos ultranacionalistas armados. Y contaron con el respaldo de Occidente, como lo constató la presencia en la plaza de Maidán del hoy fallecido senador republicano John McCain y la actual subsecretaria de Estado para Asuntos Políticos de EEUU, Victoria Nuland, que en 2013, siendo secretaria de Estado Adjunta para Asuntos Europeos y Euroasiáticos, estuvo presente en la plaza de Maidán dando su apoyo a los manifestantes armados.

El incremento de la violencia, el aumento de la represión y los enfrentamientos entre la Policía y los manifestantes llevaron a la muerte de manifestantes. El aumento de la tensión y del número de muertos llevó al Parlamento a desplazar a Víctor Yanukovich de la presidencia de Ucrania.

Paralelamente, en el este de Ucrania, en la zona del Donbás, en la provincia de Crimea y en el sur, en Odesa, zonas de ucranianos mayoritariamente descendientes de rusos, se habían llevado adelante manifestaciones contra el Maidán. Esto derivó en pronunciamientos que terminaron consagrando el surgimiento de las autoproclamadas repúblicas de Donetsk y Lugansk y en la separación de Crimea de Ucrania y su reincorporación a la Federación Rusa. En Odesa, hubo enfrentamientos y las fuerzas nacionalista ucranianas asesinaron el 2 de mayo de 2015 a más de 40 personas mientras desarrollaban manifestaciones anti-Maidán.

En ese contexto de conflicto, y con la finalidad de poner un alto al fuego, sobre fines de 2014 y principios de 2015 se firmaron acuerdos, llamados Minsk I en 2014 (entre Rusia y Ucrania) y en febrero de 2015 Minsk II (entre Rusia, Ucrania, Alemania y Francia), que pretendieron alcanzar un cese al fuego y una solución política negociada. Acuerdos que nunca llegaron a cumplirse. Durante 8 años las repúblicas populares del este se vieron atacadas por las fuerzas militares ucranianas, integradas por el ejército y la guardia nacional de Ucrania, a las que fueron incorporadas los batallones ultranacionalistas y fascistas, como el de Azov y el del Sector Derecha. En ese mismo período se prohibió el uso del idioma ruso en Ucrania. Los países de Occidente no fueron ajenos a las manifestaciones de Maidán y tampoco estuvieron ajenos al desarrollo del conflicto durante esos ocho años, dado que ayudaron con armamento, asesores militares y entrenamiento militar al gobierno ucraniano. Se calcula que en términos económicos en ese período hubo apoyo militar de occidente a Kiev del orden de 2.500 millones de dólares. Y desde el 24 de febrero día de la invasión, se calcula que se han transferido cerca de 5.000 millones de dólares más. Y debemos tener presente que el gobierno de Estados Unidos, este año, solicitó al Congreso autorización para ayuda a Ucrania por un monto del orden de 40.000 millones de dólares, de los cuales 7.000 millones serían como ayuda humanitaria y el resto en material militar. Todos estos hechos ocurridos durante ocho años no trascendieron mucho en los medios de comunicación occidentales.

En marzo de 2021 se incorporó un agravante. El gobierno de Ucrania emitió un decreto presidencial para recuperar Crimea por la fuerza, a lo que se agregó el haber reforzado el ejército ucraniano en el este. Según informes de la Oficina para la Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE), el gobierno ucraniano incrementó sus ataques sobre la región del Donbás a partir del 12 de febrero de este año. Y de acuerdo con recientes declaraciones del senador estadounidense Richard H. Black, republicano de Virginia y coronel retirado, se preveía para fin de febrero un ataque de las fuerzas ucranianas sobre dicha región. Y el 11 y 12 de febrero de 2022 en la conferencia de seguridad de Múnich, el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, planteó que Ucrania iba a abandonar su carácter de país no nuclear que mantenía desde 1994 y planteó su integración a la OTAN. Ucrania, en el marco del Acuerdo de Budapest de 1994, se había comprometido a no poseer armas nucleares y trasladó a Rusia el arsenal nuclear que tenía de la época soviética a cambio de la seguridad de sus fronteras.

Por su parte Rusia, durante 2021 estuvo buscando respuestas y compromisos de los principales países de la OTAN, y particularmente de Estados Unidos, con respecto a buscar una solución negociada que pasaba por garantías de autonomía para las repúblicas del este de Ucrania; por definir el estatus ruso de la península de Crimea y garantías respecto a mantener el carácter neutral y libre de armamento nuclear de Ucrania.

Debemos tener presente que, desde la caída de la Unión Soviética en 1991, estuvo planteado que la extensión hacia el este de las fronteras de la OTAN generaría una potencial situación de tensión, capaz de derivar en conflicto con Rusia, hecho que fue alertado en infinidad de oportunidades por distintos analistas en el mundo y particularmente por académicos, diplomáticos, militares y políticos estadounidenses. Entre ellos, Henry Kissinger, exsecretario de Estado de Estados Unidos.

Cada país tiene derecho a definir a qué asociación de países quiere quedar vinculado y eventualmente a qué alianza militar quiere pertenecer. Por su parte, cada país define qué situaciones debe enfrentar con relación a su propia seguridad interna. Por lo tanto, la seguridad de un país depende de la evaluación que haga de aquellos factores que pueden poner en riesgo su seguridad. Y de ahí que las respuestas se deban demandar del conjunto de los actores implicados en dicha evaluación.

En este conflicto, con voluntad política se pudo haber evitado llegar al enfrentamiento militar. Dicha voluntad y responsabilidad debía implicar sin duda a Rusia y Ucrania, pero también a los principales países de la OTAN y particularmente a Estados Unidos por la hegemonía que detenta históricamente en esa alianza militar.

Más allá que resulte idílico pensar que luego de la caída de la URSS se podía haber pasado de la lógica de la seguridad confrontativa a la seguridad cooperativa, debemos tener presente que la solución de las crisis en sociedades anteriores al capitalismo y ante las propias crisis estructurales del capitalismo, la solución siempre se ha buscado a través de la lógica militar, o sea de la guerra. Pero hoy por hoy, ante el arsenal nuclear desplegado, debemos asumir con fuerza que la lucha por la paz y la seguridad cooperativa es una necesidad imperiosa, en tanto las armas nucleares ponen en riesgo no solo a habitantes y regiones donde se desarrollan los conflictos. Ponen en riesgo al conjunto del planeta.

Y si debemos rechazar la guerra como solución de los problemas políticos, más rechazo nos deben merecer los conflictos como este, que pudieron resolverse a través de decisiones políticas y diplomáticas. Pero, según parece, Occidente o por lo menos los países del G7, en reunión de esta semana, lejos de trabajar para poner fin al conflicto a través de la vía de la negociación parecen estar dispuestos a seguir prolongando la guerra. Tal parece que hasta el último ucraniano.

Hoy los principales países de Occidente se han dejado arrastrar por la estrategia de Estados Unidos, que no solo piensa en el escenario ucraniano, piensa en el escenario global. Escenario que Estados Unidos analizó en un documento de 2019, denominado Extending Russia (Tensionando Rusia) para competir desde un terreno ventajoso, de la Rand Corporation, centro asesor del ejército de Estados Unidos. Allí se plantea tensionar a Rusia para lograr su debilitamiento. Y EEUU tiene claro que una alianza Rusia-China debilitaría mucho su hegemonía.

El escenario global está caracterizado por una disminución de la hegemonía detentada por Estados Unidos desde fines de la Segunda Guerra Mundial y un aumento de la importancia global de la República Popular China. Y como ha quedado claro en estos últimos tiempos por declaraciones del secretario de Estado de Estados Unidos, Anthony Blinken, la hegemonía creciente de China es vista con preocupación por Estados Unidos. Declaraciones que en la misma línea ha hecho recientemente también el presidente Biden y que el Departamento de Defensa de EEUU tuvo que relativizar. Dichas declaraciones fueron contestadas por el ministro de Defensa chino, advirtiendo que EEUU no pase una línea porque se puede encontrar con 1.400 millones de chinos dispuestos a defender su soberanía e integridad territorial, que para China aplica en forma expresa a Taiwán. Y no deberíamos dejar de tener presente que las imposiciones impuestas a China después de la primera y segunda guerra del Opio de mediados del siglo XIX, impulsadas por Reino Unido en alianza con otros países occidentales, significaron lo que los chinos llaman “el siglo de la humillación”. Etapa que la consideran y viven como una vergüenza en su milenaria historia. Y han expresado claramente que no están dispuestos a volver a sufrir una situación similar.

Por tanto, este conflicto no solo responde a la situación en la región del este de Europa. También se inscribe en una disputa por la hegemonía a nivel global y de ahí que los distintos actores principales y de reparto, se van alineando respecto al mismo. La invasión rusa a Ucrania dio lugar a una revitalización de la alicaída OTAN y logró el alineamiento detrás de la estrategia de Estados Unidos de los países de la Unión Europea, particularmente de aquellos más gravitantes, y de algunos países de Asia Pacifico (Australia, Corea del Sur, Japón y un poco menos Nueva Zelanda). Pero no es menos cierto que ese respaldo no ha estado presente en otras latitudes del planeta.

Lamentablemente, Europa ha dejado de ser una región capaz de insertarse en un multilateralismo global con una política propia e independiente. Si bien había actores europeos que esbozaron delinear una política con características propias en función de sus intereses nacionales, luego de la invasión rusa a Ucrania, Europa quedó totalmente subordinada a la estrategia de Estados Unidos. Y esto a pesar de que dicha estrategia la afecta de manera directa. Y ni hablar si el escenario bélico ingresara a su territorio.

Por su parte a China este conflicto le ha complicado su estrategia de seguir estrechando vínculos y consolidando su estrategia de desarrollo económico e incidencia política a través de la Ruta y la Franja o el Cinturón. A principio de febrero China había firmado acuerdos con Rusia incrementando el nivel de relacionamiento. Si bien no ha criticado la acción rusa, China ha reivindicado su política de no agresión, de integridad de las fronteras, de solución política de los conflictos y de libre autodeterminación. Y ha llamado a solucionar ese conflicto a través de la vía político-diplomática. Como ha quedado demostrado, a China en su estrategia de crecimiento a largo plazo le sirve más un escenario alejado de tensiones, hecho que Estados Unidos tiene claro, por lo cual esta estrategia de tensionar y debilitar a Rusia probablemente fuera dirigida también a complicar el escenario de crecimiento e incidencia que venía consolidando la R.P. China.

Por su parte, India, otro potente actor emergente, ha mantenido distancia de la estrategia de Estados Unidos y la OTAN poniendo de manifiesto su voluntad de mantener independencia en la defensa de sus intereses estratégicos.

Lo cierto es que el conflicto parece prolongarse y el acuerdo entre los distintos actores implicados parece lejos de alcanzarse. Por ello el mundo enfrenta las consecuencias inmediatas del mismo sin predecir las terribles consecuencias de un agravamiento. Los conflictos bélicos sabemos cómo empiezan, pero resulta difícil saber cómo terminan.

Por lo pronto ya vivimos los impactos globales de la falta de acuerdo político que hubiera evitado la guerra en Ucrania y que se suman a las consecuencias que arrastramos de la pandemia de covid-19.

Impactos globales de la guerra y sus potenciales repercusiones

El precio de los combustibles se ha disparado y con ello ha habido un aumento de la inflación a nivel global. Asimismo, el precio del trigo y los cereales ha aumentado y su cantidad disponible ha disminuido. La situación alimentaria mundial tiende a agravarse sobre las consecuencias ya sufridas a punto de partida de la pandemia de covid-19. La oferta de trigo y cereales, de los cuales Ucrania y Rusia son importantes aportantes al mercado internacional, se ve afectada tanto por el conflicto en sí como por las medidas de bloqueo económico financiero aplicadas por Estados Unidos y Occidente a Rusia, lo que impide el acceso a los circuitos financieros de comercialización. Además, otros países productores, como India, han congelado sus exportaciones de trigo a efectos de asegurar su seguridad alimentaria.

A esto se suma que Rusia es importante productor de fertilizantes y las medidas de bloqueo económico impiden su comercialización y eso va a afectar los rendimientos de producción de trigo y grano en otras latitudes dependientes de dichos fertilizantes. Agudizando la carencia de dichos productos y llevando a un aumento de precios en el mercado internacional como ya se ha visto.

La ausencia de dichos alimentos y el aumento de los precios, a lo que se suma el aumento de los combustibles, impactará fuertemente. Seguramente esta crisis alimentaria afectará de manera significativa a los países más pobres, deteriorando la situación económica y social en los mismos y acarreando protestas que pueden derivar en inestabilidad política y problemas de gobernabilidad en distintas regiones del planeta. El Programa Mundial de Alimentos considera que las personas con problemas de alimentación se han incrementado desde antes de la pandemia y que actualmente alcanzan la cifra de 323 millones de personas.

En nuestra región ya vemos situaciones de inestabilidad política frente al incremento del precio de combustibles y de alimentos como sucede en Ecuador.

Las sanciones económicas financieras aplicadas sobre Rusia también impactan en las economías más grandes de Occidente. El impedir que los países europeos compren gas y petróleo de Rusia ha llevado a un aumento de los precios en Europa y Estados Unidos. Y si bien en Estados Unidos la industria del complejo militar industrial y la industria de la energía son las grandes favorecidas con esta guerra, la población se ve afectada por el incremento de los precios.

También se puede prever que superado el verano en el hemisferio norte y de prolongarse el conflicto para esa época, Europa sufrirá de manera significativa tanto el incremento de precios de los combustibles como su eventual carencia. Afectando no solo a las familias, también afectará el aparato productivo. Esto también generará situaciones políticas conflictivas dentro de los países europeos donde ya se expresan movilizaciones de protesta por el incremento de precios de alimentos y combustibles. Ni hablar si la provisión de gas y petróleo resulta insuficiente en épocas invernales.

Así las cosas, la OTAN se reunió en estos días para seguir estimulando el impulso a la guerra, en que proveyendo de armamento sigue mandando al frente a los ucranianos. Lejos de alejar las posibilidades de un incremento del conflicto que evite que el mismo se extienda, insiste en ir en la dirección contraria. Rusia por su parte sigue consolidando posiciones en el este de Ucrania y cuanto más tarde en alcanzarse un acuerdo más se extenderá dentro del territorio ucraniano. Y el mundo carece de liderazgos que sean capaces de admitir la necesidad de que la seguridad se encare en forma cooperativa y no confrontativa.

Por lo pronto la única esperanza es que sean los pueblos, verdaderos perjudicados en cualquier guerra los que deberán hacer surgir un movimiento por la paz que aleje el peligro de una confrontación que por salirse del cauce termine impactando fuertemente el destino futuro de la humanidad.

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