El alcoholismo que golpeaba a aquella familia de principios del siglo XX se traslada hoy al mundo de las drogas. Cambia la sustancia, no la herida. El consumo aparece como una fuerza brutal, casi chocante, que desarma identidades, distorsiona la realidad y deja un tendal de vínculos rotos. Y entonces la pregunta —vieja y nueva— vuelve a instalarse:
¿Somos todos muertos que caminan?
¿Convivimos con ellos?
¿O somos parte del mismo sistema que los produce?
Florencio Sánchez ya denunciaba lo que muchos preferían no ver: la violencia de género, el machismo estructural, el poder institucionalizado, los derechos vulnerados de la mujer, las distorsiones sociales que se naturalizan para no abandonar la comodidad.
Los Muertos - Adaptación Rivero - Villagrán
Más de cien años después, esas miserias siguen operando. Cuando hacemos la vista gorda —parece decirnos la obra— nos convertimos en muertos. Y otras veces, algo todavía más inquietante: en asesinos simbólicos.
La música ocupa un lugar central en el espectáculo y suma otra capa de sentido. La música original está compuesta por Alejandro Ferradás, referente de la música uruguaya de fuerte impronta filosófica.
No acompaña: irrumpe.
No suaviza: sacude.
El rock funciona como respiración colectiva, como latido de una obra que se niega a quedar encerrada en el pasado.
La dirección general está a cargo de Celeste Villagrán, y el elenco está integrado por Chelo Boreani, Micaela Larroca, Agustina López Trigo, Laura Álvarez, Sergio Gereda, Tomás de Urquiza, Agustín Martínez Siniscalchi, Nicolás Muñoz y Mancuso y Las malas lenguas, conformando un cuerpo escénico que expone fragilidades, excesos y contradicciones sin buscar consuelo.
Los muertos habla de vicios, de violencia, de amores y desamores, de dinero, de tentaciones, de un sistema que promete salvación mientras fabrica espectros. Nos recuerda que las adicciones no destruyen solo a quien consume, sino también a quienes lo rodean. Y que el verdadero peligro no siempre es el exceso, sino la indiferencia.
Tal vez el teatro siga siendo eso: un espacio donde los muertos hablan para que los vivos despierten. Y en marzo, en el Cerro, Florencio Sánchez vuelve a interpelarnos —a través de la escritura original y la adaptación de Tabaré Rivero— con una pregunta que no pierde vigencia: ¿Estamos realmente vivos… o apenas sobreviviendo?
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