Hacete socio para acceder a este contenido

Para continuar, hacete socio de Caras y Caretas. Si ya formas parte de la comunidad, inicia sesión.

ASOCIARME
Cultura | volqueta | archivo | De apuro

La inevitable fragilidad

A un paso de la volqueta: la antinoticia de la memoria

¿Qué ocurrió con el archivo fotográfico del diario El Observador, que tuvo que ser rescatado por un grupo de fotógrafos antes de que terminara en una volqueta?

Suscribite

Caras y Caretas Diario

En tu email todos los días

La saga escandalosa que protagonizó el linaje Caram estalló ante ojos ávidos de titulares explosivos. El papel que Valeria Ripoll asumió en la escena del Partido Nacional ha generado las mismas pasiones encontradas que la acumulación dramática de capítulos en una telenovela. Cada revelación, cada episodio emitido a la hora programada, no admite la indiferencia. Esto es la realidad, la cosa pública agitada, nerviosa, por una construcción idealizada que se vuelve hegemónica, uniformizante: “Todos hablan de esto en la plaza pública”. Las fotos de los actores del melodrama de lo real son lo real.

Susan Sontag escribió: “La humanidad permanece irredimiblemente en la caverna de Platón” (“Sobre la fotografía”, edición original de 1977). Y si la humanidad sale de la caverna, quizás descubra que lo real poco tiene que ver con las sombras del mundo exterior que las llamas proyectan sobre las rocas. La representación es urgente, salva, construye. La humanidad, planteó Sontag, prefiere la copia al original, necesita la representación para construir sentido con eso que parece inasible, lo que está afuera de la caverna.

Las imágenes que se refinan en forma de fotos (o esa trama de fotos de extensión inimaginable que sostiene al mundo conocido) entonces no solo son negativos, copias en papel, archivos digitales que se suceden en una pantalla. “Al enseñarnos un nuevo código visual, las fotografías alteran y amplían nuestras nociones de lo que merece la pena mirar y de lo que tenemos derecho a observar”, escribió Sontag. Las fotos “son una gramática y, sobre todo, una ética de la visión”.

fotos 02.png

Fuera de la caverna, a un paso de la volqueta

Ese dispositivo casi mágico, que recorta y (re)significa, debe permanecer en el misterio: no debe ser noticia; sus archivos, los ojos y manos que hicieron el recorte, que descubrieron el ángulo, el encuadre, deben permanecer en silencio o en un epígrafe minúsculo.

La empresa que gobierna su publicación, su difusión como artefacto ilustrativo, las usa, las descarta o las guarda, hasta disputa en estrados judiciales sus derechos de autoría. Después, la relega a cosa irrelevante: la suerte que pueda correr ese dispositivo no merece un titular, como tampoco merecen ser noticia las formas en que ese dispositivo se engarza en las narrativas de la memoria. En buen romance, después de su “vida útil”, la foto solo merece el olvido para la lógica que sostiene al sentido común del capitalismo “inevitable”.

Ante semejante condición, no es extraño que una historia sobre los acervos fotográficos se caiga del melodrama de lo real, como ocurrió con el archivo de El Observador, antes diario y ahora plataforma digital de noticias que, días atrás, estuvo a un paso de terminar en una volqueta: no fue noticia, no hubo escándalo, no hubo preocupación, salvo en la intimidad de un círculo de fotógrafos.

Camilo dos Santos, exfotógrafo de ese medio y actualmente de La Diaria y revista Lento, contó: “El diario [El Observador] se vendió hace un tiempo y la verdad que no sé cómo fue realmente el proceso que llevó a esa decisión. Y al no conocer a los nuevos dueños, tampoco puedo hacer un juicio, decir ‘pa, no querían nada del archivo’. Pero lo que sé es que hubo una orden de desalojar el local de Cuareim y Guatemala, donde funcionaba la imprenta de este medio y en donde estaba guardado el archivo fotográfico”.

De esto Camilo se enteró cuando encontró una historia de Instagram que le llamó la atención: “Me parece que era una historia publicada por una periodista de El Observador”, en la que escribió “algo así como ‘adiós al archivo de El Observador’”.

Ante ese aviso o despedida “me preocupé, sobre todo por las fotos que compartió, donde se veían unos biblioratos viejos, con diarios viejos de material de archivo y todo desordenado. Enseguida me comuniqué con ella y su respuesta fue preocupante: ‘Sí, Cami, aparentemente se va a la basura porque hay que desalojar el galpón viejo’. Así fue que me contacté con otros colegas, y uno me confirmó: ‘Nos dieron la orden de que mañana pasa la volqueta y se lleva todo, porque hay que desalojar’. Esa noche me costó dormir”.

De apuro

Cuando Ricardo Peirano, otrora dueño de El Observador, comunicó a los trabajadores que el medio se iba a vender, varios fotógrafos que trabajaron allí en los años noventa y principios del nuevo siglo muchos de ellos ya no integraban la plantilla, hicieron las consultas pertinentes para recuperar al menos una parte de su archivo personal. “Muchos de ellos fueron y sacaron lo que pudieron contó Camilo porque, bueno, uno nunca sabe: cuando un diario se vende no se sabe qué puede pasar con el archivo. Entonces, por las dudas, actuás, te movés, es como un reflejo. El archivo personal es sagrado. Pero de esa movida urgente se salvó sólo parte de todo lo que allí había. En el depósito quedó, entonces, gran parte del resto del archivo”.

Ahora, cuando circuló por las redes sociales la información sobre el anuncio de desalojo del antiguo local de local del barrio Aguada, un grupo de fotógrafos, entre los que estaba Camilo, se autoconvocó para ir a rescatar “lo que se pueda”.

Cuando llegaron, la imagen de un basural resultó impactante, desoladora. Allí había “negativos muchos, muchos sobres de negativos, muchos sobres con copias en papel, como se decía antes. También había viejos disquetes, en los que cabían dos o tres fotos, nada más. Después había cajas y cajas con CDs y DVDs: en ellos, sabemos, está gran parte del archivo generado en la etapa digital del diario”.

Al abrir, casi a las corridas, esos sobres, encontraron “joyas increíbles”, recordó Camilo. Una foto de Maradona joven, Serrat durante una visita a Montevideo, jugadas de algún partido de fútbol, la salida de algún político del Parlamento. “Joyas” abandonadas.

fotos 03.png

¿Cómo sigue la historia?

“La preocupación primera fue rescatar todo, evitar que llegara a la volqueta”. Para preservar “todo eso”, aunque sea “de apuro”, este grupo de fotógrafos se contactó con la Asociación de la Prensa Uruguaya (APU) para averiguar “si tenían algún lugar donde dejar todo ese material”.

Esta gremial dispuso entonces un espacio de su sede en la calle San José, casi Ejido, para recibir esta enorme porción del archivo. Allí, subrayó Camilo, este acervo está muy bien cuidado, “en una salita súper acondicionada, preciosa para eso”. Por esta pronta respuesta, “debo destacarlo, estamos muy agradecidos con APU”.

A partir de este punto de la historia, estos fotógrafos decidieron reunirse a la brevedad para estudiar el futuro de este valioso archivo: cómo ordenarlo y cómo preservarlo.

“Obviamente algunos colegas ya se llevaron parte de sus fotos siguió Camilo, pero hay mucha cosa todavía, la mayor parte del archivo está ahí todavía. Y el próximo paso sería reunirnos y empezar a charlar sobre qué hacer con el archivo. Y esto te lo digo a título personal, me gustaría que eso sea conservado como el viejo archivo del diario El Observador”.

La inevitable fragilidad

No es una acción caprichosa, tampoco tiene autor desconocido. Esos hilos movedizos que escriben los titulares de “lo importante”, o de lo que “debe importar”, responden a los movimientos de manos y cerebros no siempre evidentes, que se engarzan oficiosamente a las pulsiones del poder: montar una escena, un drama sobre lo contemporáneo, con sujetos dispuestos “amablemente” a cumplir con los papeles asignados; una trama que se construye con dispositivos (arte-factos) tan poderosos como para erigir una representación de lo real y a la vez tan frágiles que pueden descartarse en una volqueta sin que se enciendan alarmas.

“La foto tiene que salir”. Y una vez que “sale”, ¿puede olvidarse? La lógica empresarial dirá que sí. Las narrativas de la memoria, sin embargo, seguirán dependiendo de su “frágil” potencia significante.

FUENTE: A.L. (artículo publicado en la edición impresa de Caras y Caretas)