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Cultura | Annie Ernaux | Premio Nobel | literatura

Séptimo Diario

Annie Ernaux: el perfume de la memoria

Premio Nobel de Literatura. El nombre de Annie Ernaux se comparte como una palabra mágica desde hace años entre lectores y lectoras.

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El perfume de la memoria. El nombre de Annie Ernaux se comparte como una palabra mágica desde hace años entre lectores y lectoras. Sus libros arman una constelación donde la experiencia autobiográfica se habita para iluminar y cruzar zonas de la memoria, de la historia, de la identidad individual y colectiva, también del lenguaje. Cecilia Fanti, escritora, editora, librera y, sobre todo, voraz lectora de Ernaux, recorre la obra de la ganadora del premio literario más importante y nos contagia el amor por su literatura.

***

Annie Ernaux tiene 82 años. Su primera novela, Los armarios vacíos, se editó hace casi 50. El jueves pasado, cuando la Academia Sueca le otorgó el Premio Nobel de Literatura, el premio literario más importante y mejor dotado del mundo, yo dormía con la mano de mi hijo pegada a mi mejilla.

Durante años, mientras trabajaba para el equipo de prensa de un gran grupo editorial, y la era del streaming no había llegado, los jueves del Nobel eran jornadas largas, con madrugones, llamadas cruzadas, fechas tentativas, armado de gacetillas con la -poca- información disponible, fotos de archivo, coordinación con el resto de las casas y estudio del autor si no estaba publicado en Argentina aún: quién era, qué había escrito, qué se publicaría, cómo se incorporaría al catálogo. El efecto duraba poco: si había existencias de sus libros, se re-entapaban, se colocaba una cucarda, una vidriera en una librería de cadena, un gran cartel en la puerta de entrada de la editorial. Si no existían libros publicados, para cuando salían finalmente de imprenta, el runrún alrededor del premio se había apagado y los libros tenían la misma -o quizás menos- circulación que cualquier otro.

Ningún libro se vende más o mejor porque haya sido premiado por una Academia, que dicho sea de paso tuvo su caída en desgracia luego de los escándalos de corrupción y de abuso sexual que salieron a la luz en 2018 y cuyas repercusiones obligaron a suspender la entrega por un año. De hecho, se vendieron más ejemplares de Voces de Chernobyl desde la adaptación de la serie en 2019 -que encontró el libro agotado en al momento de su estreno- que los que se vendieron posteriores a su salida, en 2015, cuando la bielorrusa Svetlana Alexievich ganó el Premio con una obra tan descomunal como desconocida para el público y el mercado argentinos. Sin embargo, y por suerte, en todos los casos, la responsabilidad de las editoriales con sus fondos editoriales y con el catálogo provocan la publicación y circulación de obras que encuentran -modestamente- a sus lectores.

En los últimos años, me enteré quiénes ganaban cuando miraba redes sociales o abría mails y me encontraba con la gacetilla de la casa editorial afortunada. A veces, no los había escuchado nombrar hasta ese entonces; y solo los leí más tarde siguiendo alguna recomendación: en 2019 cuando Lorrie Moore estuvo en Buenos Aires invitada por el FILBA, dio una clase en el Malba sobre escritura. Al inicio de su ponencia mencionó la obra de Kazuo Ishiguro, hasta el momento el último escritor en ganar el Nobel. Moore destacaba la técnica y la distancia, la capacidad del autor inglés para poder recrear y crear Japón en sus libros. Esa mención, y no el premio, colocó a Ishiguro en mi lista de pendientes. A Tokarzuck no la conocía pero sí a su traductora al inglés y ella la recomendaba con fervor.

La primera vez que vi la transmisión de la premiación en vivo fue en 2020, en medio de la pandemia. Dormir era una fantasía y la madrugada argentina me encontró frente a la computadora esperando que esa puerta doble hoja blanquísima que daba a un salón vacío y de parquet brillosísimo se abriera para anunciar al ganador. La mayoría de los asientos estaban libres, el murmullo sostenido, un ruido de estática que venía del salón vacío por las restricciones de la pandemia. Los comentarios se agolpaban en el foro del streaming: había apuestas, invitaciones, riñas, alguien que pedía silencio, otro que decía pero qué qué dijo, entonces quién ganó, otro pedía que dijéramos qué países estábamos conectados, otros decían aguante Murakami en varios idiomas, algunos usaban solo signos de exclamación, y cuando el nombre fue claro alguien escribió OMG.

Efectivamente, OMG. El representante de la academia con el sobre abierto en la mano había anunciado el nombre de Louise Gluck. La obra de la poeta norteamericana que “con austera belleza hace universal la existencia individual” circula desde hace años en los pequeños circuitos de lectores de poesía en gran medida gracias a traductores y promotores, como Ezequiel Zaidenwerg o María Negroni, y a pesar de que hasta el premio sus libros llegaban a la Argentina a cuentagotas y a precios altos para el mercado editorial.

A Gurnah, cuya cuarta novela, Paraísos, llegó por primera vez a librerías argentinas algunos meses después de ganar el Nobel en 2021, todavía no lo leí. En una entrevista un tiempo antes de su discurso de aceptación del Premio, el escritor tanzano dijo: “Cuando me preguntan si soy un escritor británico o africano o zanzibarí, pues no lo sé, soy todo eso, ¿pero eso sirve de algo? A los lectores les puede dar un poco de contexto, supongo, pero después hay que leer los libros para llegar al escritor”. Gurnah parece decir una obviedad que sin embargo no lo es en absoluto: para llegar a un escritor y conocer su obra, hay que leerlo. Esto vale también para las opiniones

“¿Leíste a Ernaux?” Escuché su nombre por primera vez en boca de una amiga. Conversábamos sobre ese momento en el que los dolores, los olores, los humores de los padres -de mi madre para ser específica- comenzaban a invadir la vida propia, a trazar un límite, el de la juventud, a inaugurar un fin y también una zona de la memoria, de la reconstrucción del pasado, que prepara y pretende domar un futuro incierto y vacío. El cansancio cotidiano que trae la enfermedad ajena, la decadencia del cuerpo que se amó, ese “rostro inhumano” que anuncia la muerte, la culpa, lo indecible por moral, imposible, conjurable me indicó el camino hacia mi primer Ernaux: No he salido de mi noche. En este diario, Annie Ernaux vuelca el registro de los tres años -de 1983 a 1986- que duró el Alzheimer de su madre. En el prólogo -que en las lecturas subsiguientes de sus libros reconozco como un rasgo de estilo, una manera de entablar la conversación con el lector, de hablar de su proyecto estético, de lo concéntrico de su literatura, de las motivaciones, las ganas, el deseo, la necesidad y la obsesión- dice: “Escribir sobre la propia madre plantea, a la fuerza, el problema de la escritura”. En las 128 páginas que dura este diario preparatorio del duelo, Ernaux atraviesa los primeros síntomas de la enfermedad de su madre, la invalidez creciente y determinante, la decadencia del cuerpo, la resistencia, el olor de los hospitales, la vida de los enfermos, el dolor, la vida -y su propia vitalidad- entre tanta muerte, el deseo, la aceptación, el abandono, la culpa y finalmente la pérdida, el vacío, la ausencia. También la escritura: “Cuando escribía sobre ella después de las visitas, ¿no era para retener la vida?”. Desde entonces, no he podido salir de Annie Ernaux.

El formato diario vuelve a aparecer en Perderse, de 2001, donde retoma la historia de amor y obsesión con un amante, un diplomático ruso que deja Francia luego de la caída del muro de Berlín y cuya historia Ernaux había narrado diez años antes en otro de sus libros, Pura pasión. Ambos libros iluminan la experiencia de pasión y del objeto del deseo desde dos dimensiones, y en dos formatos distintos. Perderse es la decisión más radical de publicar el diario de esos casi dos años poniendo al descubierto la crudeza de la intimidad, el miedo y la obsesión por la pérdida, por el tiempo juntos, por las llamadas, por la depresión. Y si ese es el tiempo de la pasión; su libro anterior, Pura pasión se afirma en el tiempo de la escritura, donde Ernaux se dedica a mirar a ese yo que enuncia con distancia, de manera objetiva, la sigue (se sigue a sí misma) como si fuera un francotirador para apuntarle a su patetismo, a su desesperación y a su consumación. “El tiempo de escritura nada tiene que ver con el de la pasión” dice sobre esta experiencia incontenible y desesperante que insiste en permanecer en el momento de la materialidad del sexo, de la seducción, del dolor y de la suspensión. “No quiero explicar mi pasión -lo que equivaldría a considerarla un error o un desvarío por los que hay que justificarse-, sino sencillamente exponerla. Tal vez los únicos datos que deben tenerse en cuenta, podrían ser materiales: el tiempo y la libertad de los que he podido disponer para vivir aquello”; y luego “La única verdad indiscutible se apreciaba mirando su sexo”. Solamente lo real para la escritura, dice Ernaux.

En el año 2005, en colaboración con Marc Marie, publica El uso de la foto, en donde combinan fotografía y escritura para registrar lo incapturable, “los despojos de esa fiesta a la luz del día”. Sobre esas fotos cada uno de los amantes escribe un texto que evoca ese momento de goce, de muerte y resurrección, también está marcado por otra experiencia extrema en la vida de la escritora: su diagnóstico de cáncer de mama y la quimioterapia que ocurrió en simultáneo a esta relación sexoafectiva. Encuentro en Pura pasión una pista que luego concretará El uso de la foto: “Contemplaba las copas, los platos con restos de comida, el cenicero lleno, la ropa y la lencería dispersa, por el pasillo y la habitación, las sábanas que colgaban sobre la moqueta. Me habría gustado conservar tal o cual desorden en el que cualquier cosa significaba un gesto, un momento y que componía un lienzo cuyo dolor y fuerza jamás alcanzara para mi cuadro alguno en un museo”.

La obra de Annie Ernaux arma una constelación donde la experiencia autobiográfica se habita para iluminar y cruzar zonas de la memoria, de la historia, de la identidad individual y colectiva, y también del lenguaje. “Se trata de una actitud poética: sentir la esencia de las cosas”, dice en referencia a su forma de trabajar, sumergiéndose de una manera precisa en los recuerdos, en las atmósferas, en una época para volver a sentirlas.

En Los armarios vacíos, Ernaux inaugura su estilo cruel, preciso y brutal para contar la historia de Denise, su alter ego ficcional. Su origen pobre, la vergüenza, la humillación pero también la revancha: con los suyos pero también con los otros. La novela está enmarcada por el aborto ilegal que acaba de practicarse la protagonista, que funciona como el disparador para volver a la infancia, a ese lugar que la pobreza y la ignorancia le tienen reservadas a las clases obreras pero del que ella pretende eyectarse a fuerza de la decisión, dedicación y odio: hacia el esfuerzo y la vulgaridad de sus padres, hacia la incapacidad de entender los códigos de un mundo al que no pertenece, hacia la envidia, hacia la diferencia; y también la ambición. La joven Denise encuentra la posibilidad de pasar de un mundo a otro en el lenguaje: ella puede escribir -por lo tanto pensar- lo que los otros apenas balbucean en dialecto, escriben mal, convierten en silencio e intimidación frente a la mirada de los ricos y poderosos. Ella puede usar su cuerpo como quiera, porque lo desea, lo explora, se masturba, busca a las de su sexo y a los del sexo opuesto, juega con ellos, ríe, enfrenta; al tiempo que la mueca burlona deviene humillación, bastardeo, caída. Ernaux no es una traductora de dos mundos, sino que los muestra en sus contradicciones y oposiciones. A partir de ahí se muestra a sí misma, se desgarra con ese cuchillo -la imagen que habitualmente se utiliza para describir su narrativa- y las entrañas quedan a la vista. La piedad no está reservada ni permitida para nadie.

Annie Ernaux penetra y desarrolla la experiencia del aborto que abre y cierra su primera novela cuarenta años después, en El acontecimiento. Un relato concentrado en el que los recuerdos de aquella Annie veinteañera, que había accedido al mundo burgués y universitario de Ruen, busca desesperadamente un contacto, una amiga, alguien que pueda ayudarla a terminar con ese embarazo no deseado. Un embarazo que también se inscribe como un castigo por haber torcido el destino, por haber ocupado un lugar que por origen no le correspondía, por haber traicionado a los suyos: “Yo era la primera persona de mi familia que estudiaba una carrera. Todos los demás habían sido obreros o pequeños comerciantes. Había conseguido escapar de la fábrica y de la tienda. Pero ni la reválida ni la licenciatura en letras habían conseguido alejar la fatalidad de una pobreza heredada cuyos emblemas eran el padre alcohólico y la madre soltera. No había podido librarme de ello, y lo que estaba creciendo dentro de mí era, en cierto sentido, el fracaso social”.

En La vergüenza, vuelve a un fotograma de la infancia: el disparador es un domingo de julio en el que su padre agarra a su madre del cuello, un hacha e intenta matarla; giro en la historia familiar y social. La imagen es contundente. No hay punto de retorno en un pueblo para los locos, los asesinos, los borrachos. No hay manera de recuperarse de la mirada de los demás, de demoler esa construcción social que juzga y condena. El intento de homicidio es, una vez más, un elemento del que se vale para recuperar el espacio, la geografía, la identidad y la memoria: una manera de vivir y también de morir. En El lugar, Ernaux trabaja -quizás por última vez- con la figura del padre y la salida del proletariado a partir de la apertura de la tienda-café en la que trabajó hasta su muerte. No hay pintoresquismo, melancolía ni condescendencia; Ernaux muestra la materialidad de estas vidas, su manera de estar y de hacer en el mundo: “Al escribir se estrecha el camino entre dignificar un modo de vida considerado inferior y denunciar la alienación que conlleva. Porque esas formas de vida eran las nuestras, y casi era felicidad, pero también lo eran las humillantes barreras de nuestra condición (conciencia de que “en casa no estamos del todo bien”), quisiera decir felicidad y alienación a la vez o más bien la impresión de balancearse de un extremo a otro de esta contradicción”.

Quizás el proyecto más ambicioso de Ernaux en este cultivo de su forma, la autobiografía impersonal y colectiva, sea Los años, el libro donde repasa los tiempos de la posguerra hasta la actualidad a partir de fotos y recuerdos. Allí vemos a la Annie de Memoria de chica, la que se afirma primero en su cuerpo deseante aunque humillado, suyo aunque utilizado y después en el descubrirse mujer y escritora; la hija doliente, la militante de izquierdas, la guerra de Argelia, los libros que acompañan esa vida, los hijos, los amantes, el matrimonio que fracasa -la transición que representa su libro, La mujer helada-, la inmigración, las calles, el rock, mayo del ‘68, el feminismo, el cine, los veranos, el sexo, el abandono.

“Fui consciente de que la memoria de los acontecimientos que conciernen a las mujeres, la memoria de las mujeres, se borra extremadamente rápido. Todo lo que concierne a las mujeres, cuanto antes se olvida mejor, en cierto modo”. Ernaux cruza incisiva y comprometidamente clase con género de manera casi programática en toda su obra. “No construyo un personaje de ficción. Deconstruyo a la chica que fui” dice cuando se coloca en aquel verano del ‘58 que narra Memoria de chica, el viaje iniciático en el que la joven se convierte en mujer, su sexo se abre a los hombres y hacia la posesión en un afán de dominar: a los otros, pero sobre todo un estilo.

Los libros de Ernaux -salvo Diario del afuera, editado por la independiente Milena Cacerola- no se consiguen en Argentina; lo cual en realidad es una verdad a medias y una manera de decir que sus libros no están disponibles en el mercado, en los puntos de ventas, las librerías, al menos todavía. Sin embargo, conseguir un libro en tiempos de internet es una tarea, cuando no simple, en un 99% de los casos exitosa. Toda la obra de Ernaux editada por Cabaret Voltaire y Tusquets está disponible en versión ebook en cualquier plataforma de venta de libros digitales; y claro que gran parte de la obra de la autora francesa que acaba de ganar el Premio Nobel de Literatura circula en páginas webs, google drives, archivos adjuntos en un mail cuando no en valijas que cruzan el océano, la cordillera o cualquier territorio donde ese catálogo esté disponible y calme nuestras ansias lectoras con el tráfico amistoso -y en dólar blue- de cualquier libro objeto de deseo.

Los libros circulan y encuentran a sus lectores, que se van conformando en seguidores -y por qué no fanáticos- de una obra a pesar del mercado y de los planes (y las posibilidades) de las editoriales. Los lectores, dice la escritora mexicana Isabel Zapata, son agentes polinizadores. El nombre de Annie Ernaux suena desde hace años entre lectores y lectoras, se comparte como una palabra mágica, se constituye como un nombre de referencia: en el terreno del diario, de la memoria, del ensayo personal, de la literatura del yo, de la autoficción, de esa cosita menor que es la vida puesta al servicio de la literatura, en el trabajo con el yo del texto para hablar del nosotros y del ellos, del entramado social donde esa primera persona emerge, para hundirse o distanciarse; y también de una reflexión constante acerca de la propia escritura que siempre está en diálogo con porciones de la obra que retoma, tensiona, discute y sobre la que reflexiona. Es decir, Annie Ernaux es una auctoritas en el tema y la Academia Sueca acaba de reconocerlo otorgándole el premio literario más importante y mejor dotado de todo el mundo. Salud.

Por: Cecilia Fanti Arte: JOSEFA (vía Anfibia)

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