Por Germán Ávila
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En esta ocasión también llegarán invitados de organizaciones políticas de izquierda de Medio Oriente, Asia, Europa y América del Norte, pertenecientes a organizaciones progresistas que siguen con detenimiento el desarrollo de la política en el hemisferio y su posterior consecuencia en el contexto global.
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El XXIV Encuentro del Foro de San Pablo se llevó a cabo en agosto de 2018 y aunque en ese momento las circunstancias mostraban el posible camino que iba a tomar la región, difícilmente pudieron prever el nivel de agresión del que ha sido víctima Latinoamérica durante el último año debido a lo que en su declaración se llamó “el retorno del garrote imperial” en la cabeza de Donald Trump, quien decidió recomponer el carácter imperial del país que gobierna, rompiendo las reglas del juego de la política internacional, agrediendo de una forma sin precedentes a Latinoamérica, pero a su vez entrando en abiertas confrontaciones diplomáticas y políticas con Rusia y China, entre otros.
De la misma forma, el Foro considera importante determinar los factores de retroceso de los gobiernos de izquierda en la región, lo que sin duda se ha convertido en un importante factor de aprendizaje para la derecha regional, que ha encontrado la forma de abrirse paso en medio de las organizaciones democráticas, instalando un discurso de derecha que ha encontrado eco en una clase media fortalecida y con un poder adquisitivo ampliado, con lo que ha sido más fácil instalar los fetiches burgueses que determinan hoy discursos xenófobos, homófobos, machistas y en general contra expresiones democráticas y políticas públicas inclusivas y sociales.
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El objetivo del FSP desde sus inicios en 1990 ha sido evaluar la realidad regional y global, buscando darle salida, por medio de la construcción colectiva, a propuestas que permitan a las organizaciones democráticas avanzar en la construcción de un modelo alternativo al capitalismo, donde el interés colectivo se convierta en política de Estado, y las experiencias de los gobiernos progresistas en la región mostraron avances positivos en esa vía; sin embargo, las dificultades a nivel interno, que se vieron magnificadas por las agresiones internacionales, principalmente (no únicamente) desde Estados Unidos, hicieron que mucho de ese esfuerzo se viera derrumbado y hoy la discusión no se centre en cómo fortalecer el modelo, sino la urgente necesidad de reconstruir economías en ruinas, como en el caso de Argentina, para lo cual la recomposición de la izquierda en términos de proyecto se hace fundamental a fin de recuperar la iniciativa política.
La contradicción desde los sectores políticos más atrasados en la región está presente, hoy magnificada por el ejercicio gubernamental de varios de ellos, lo que ha permitido utilizar los Estados como aparatos de persecución ideológica y política, así como a su vez buscar debilitar las iniciativas integradoras que habían servido como plataforma a los gobiernos progresistas para generar propuestas de fortalecimiento regional en condiciones de equidad, dejando de lado la omnipresente intermediación norteamericana.
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Por otro lado, en las antípodas del FSP se ha creado el Grupo de Lima, que junto con el irrefutable papel que ha cumplido la OEA desde sus inicios, han armado un frente ideológicamente ubicado en la derecha a favor del neoliberalismo y con la meta a corto plazo de arrojar del poder al gobierno bolivariano de Venezuela con el fin de consolidar el control geopolítico en la región, con todo lo que eso significa en términos de recursos naturales y condiciones económicas. Y para este fin, la época de los discursos políticamente correctos con mensajes cifrados entrelíneas se ha terminado; hoy los discursos son abiertos y frontales.
Por esta razón el XXV FSP se realiza en Venezuela, con el fin de acercar a las delegaciones a la realidad del país caribeño, y a su vez mostrar que, contrariamente a las afirmaciones lanzadas a diario desde la gran prensa, el gobierno de Nicolás Maduro está lejos de ser acorralado, aunque las consecuencias de las sanciones económicas impuestas de manera unilateral por EEUU se sientan de manera tangible en la cotidianeidad.
El XXV FSP se encuentra con un panorama mucho más crudo que el año anterior, pues las agresiones contra la izquierda latinoamericana se han hecho mucho más tangibles y frontales, los intentos desestabilizadores contra Venezuela, que van desde el sabotaje eléctrico, el intento de establecer un gobierno paralelo y el paso de material de guerra presentado como ayuda humanitaria por la frontera con Colombia, muestran que la ofensiva pasó por un punto muy alto, que si bien no logró triunfar, hace necesario rodear el proceso de autonomía en Venezuela.
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En este sentido, el papel de Uruguay en el XXV FSP es clave al haberse convertido en el único país que logró articular los escenarios de diálogo propiciados desde el Mecanismo de Montevideo y el Grupo de Contacto de iniciativa europea. Con esto quedó claro que el papel de los gobiernos progresistas es el de propiciar espacios de diálogo entre las partes en conflicto, sin injerencia alguna.
De la misma forma se establece como dos puntos clave a discutir en el XXV FSP, por un lado, la necesidad de acompañar el proceso de implementación de los Acuerdos de Paz en Colombia, pues su incumplimiento está generando una verdadera crisis humanitaria debido al constante asesinato de excombatientes y líderes de procesos sociales de base. Y por el otro, la necesidad de exigir el levantamiento de las sanciones contra Cuba, que se han visto recrudecidas en los últimos meses, afectando a millones de habitantes en la isla.
La realidad continental se ha movido con bastante energía en el último año, por esa razón todos los temas anteriores, así como la situación de los migrantes o los procesos electorales definitivos que se vienen en los próximos meses en Argentina, Uruguay y Bolivia, muestran que la agenda de discusiones del FSP va a ser muy activa y, en términos generales, seguramente se planteará la movilización como una necesidad, así como la búsqueda de generar mecanismos comunicacionales alternativos que permitan que realidades y luchas como las que se han llevado a cabo en Haití o Guatemala logren llegar a los primeros lugares de la opinión internacional.