El dólar estadounidense atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia reciente como principal moneda de reserva global. De acuerdo con un análisis del boletín financiero The Kobeissi Letter, la divisa norteamericana redujo su participación en las reservas internacionales al nivel más bajo en al menos 20 años, confirmando una tendencia de debilitamiento que se viene consolidando desde hace una década.
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Según los datos citados, en los últimos diez años el porcentaje de reservas globales denominadas en dólares cayó 18 puntos porcentuales. Esta disminución refleja un cambio estructural en la estrategia de los bancos centrales, que buscan reducir su dependencia de la moneda estadounidense en un contexto marcado por tensiones geopolíticas, sanciones financieras, mayor volatilidad de los mercados y un endeudamiento creciente de Estados Unidos.
El oro se consolida
En contrapartida, el oro se consolidó como el gran beneficiado de este reordenamiento del sistema financiero internacional. En el mismo período de diez años, el metal precioso aumentó su peso en las reservas globales en 12 puntos porcentuales, hasta alcanzar el 28 %, su nivel más alto desde comienzos de la década de 1990. El dato resulta aún más significativo si se considera que, actualmente, el oro representa una porción mayor de las reservas globales que el euro, el yen japonés y la libra esterlina juntos.
The Kobeissi Letter explica que esta tendencia responde a una estrategia deliberada de diversificación por parte de los bancos centrales, que buscan activos considerados más seguros y menos expuestos a decisiones políticas o monetarias de una sola potencia. A diferencia de las monedas fiduciarias, el oro no está sujeto a políticas de emisión ni a sanciones, lo que refuerza su atractivo como reserva de valor en escenarios de incertidumbre global.
Si bien el dólar continúa siendo la principal moneda de reserva del mundo, los datos muestran que su hegemonía ya no es incuestionable. El avance del oro y la diversificación hacia otros activos sugieren un sistema financiero internacional más fragmentado y menos dependiente de una única moneda. Para los analistas, este proceso no implica un colapso inmediato del dólar, pero sí un cambio de largo plazo que podría redefinir el equilibrio económico global en las próximas décadas.