Durante mucho tiempo, las clases medias conservadoras han sido células latentes, portadoras del pensamiento más retardatario del siglo XX. Ocultas de la condena social, durante mucho tiempo, han hecho eclosión en la actualidad, en sus formas más desenfrenadas. Es una aparición sin tapujos y sin miedo, de una burguesía inclemente, plasmada de un autoritarismo que ha abandonado todo dejo de solidaridad con un supino desprecio por los débiles, en total ausencia del sentido de justicia social y de equidad.
La “pantallización” de la cultura occidental hizo lo suyo, desde el 2004, con la aparición de la tecnología informática 2.0, ha naturalizado el odio como formato de contacto con el otro y por ende, del acceso al poder. Es la emergencia de las emociones como sustancia del convencimiento de las masas, con un desplazamiento de toda ideología. Las burbujas mediales han remixado las viejas consignas del fascismo: racismo, machismo, clasismo en formas posmodernas de rencor social hacia todo otro negativizado.
La consigna es la polarización con todo aquello que se entienda de izquierda, de progresismo o que en definitiva sea pensamiento alterno. Se engloba aquí a opositores, medios, trabajadores de la cultura, organismos territoriales y movimientos populares, lo que Donald Trump definió como “el pantano”. Estos se visualizan como poderes malignos, enfrentados con figuras bíblicas aceptadas por la mayoría de la sociedad, no hay entonces, lugar para dudas o matices ya que hablamos de una construcción de fe inquisitorial y de justicia divina que se consustancia en el líder carismático.
En esta lógica, el paladín heroico representa, todo lo bueno que la sociedad percibe como característica propia, uniformando a sus adherentes con rótulos de “personas de bien” o “fuerzas del cielo” y hasta definiendo, en los dichos de Milei, al propio Dios de la cristiandad como el primer comunista… Jesús, “…es el mal de todos los tiempos”.
Es claro entonces, que hay, un status cuasi religioso, una postura mesiánica, en esta lógica extraída del pentecostalismo/rabínico, los seguidores solo asienten entendiéndose como víctimas o mártires que serán salvados por el líder de las garras del estado corrupto y demonizado. Para ello hay que destruirlo, fundamentalmente poniendo la óptica en el poder judicial y el poder legislativo. Hay que erosionar permanentemente estos poderes desde las consignas de un parlamento elite/casta aliado con los medios.
La consigna es la destrucción del estado benefactor y la justicia social como origen de la decadencia de la cultura del trabajo. La dignificación del trabajador cuasi esclavizado en 12 horas de labor frente al beneficiario de planes sociales. Para ello hay que instalar un orden distinto, donde la pobreza sea responsabilidad del propio pobre por desidia o debilidad. El manejo social de un sentido maniqueo de: trabajo versus vagancia.
Ahora bien, la captación sectaria, no se restringe a derechas o izquierdas sino a la pertenencia y apetencia por el odio, en una antaña nostalgia de “todo tiempo pasado fue mejor”, con un legado mítico esplendoroso donde el líder mesiánico se hace cargo de la conducción de un “pueblo elegido”. Para ello se ha tomado la agenda de nuevas generaciones que tienen en común el desencanto por la democracia aferrándose a activismos de la esfera digital: la cultura de los memes, las imágenes y los videos con una profunda polarización social en contra de toda corrección política y de todo reflejo de la llamada cultura woke.
No es una disputa política es una guerra contra un enemigo difuso, sombrío e invisible responsable de todo mal, el mal absoluto y donde cualquiera es plausible de serlo. El líder del neofascismo de mercado es el tema en sí mismo, en una campaña permanente de evangelización con escaramuzas permanentes con la oposición la cual despojada de todo andamiaje ético entra en el juego distractivo de la basura mediática de escándalos y banalidades.
Si bien las fake-news son fundamentales en esta construcción estamos ante la formulación de una contra-realidad una realidad paralela de fans con sobrado índice de inmutabilidad a los horrores cometidos por el líder carismático. Este incondicionalismo obtura la posibilidad del debate político. Se actúa sin el más mínimo respeto, ni permiso hacia los poderes democráticos. No hay negociación posible, ni cumplimiento de promesas ya que todo infortunio político es propia culpabilidad de “las fuerzas oscuras”.
Hay que trasmitir entonces, seguridad en un mundo de incertidumbre, paradójicamente creado por el propio mercado y para ello es necesario movimientos dinámicos de alta agresividad. Polarizando en forma extrema con el oponente, que es un enemigo a eliminar. El objetivo es agrandar la grieta, aumentando las diferencias instalando la polarización como normalidad. Para ello es necesario romper con las reglas democráticas.
Cooptar el odio al sistema desde la rabia y la inadaptación. Milei y la mística rupturista del anarco-capitalismo, siempre desde un lenguaje absoluto, definitivo y megalómano como parte del rompimiento de las reglas, por otro lado, los insultos, las agresiones, las mentiras no traen consecuencia alguna ya que todo es plausible de convertirse en verdad. La pandemia dejo una sociedad rota, donde sus moradores están rotos y donde las emergencias políticas son de líderes rotos moral y psicológicamente. Para muestra un botón.