Nahel Merzouk tenía 17 años, era de Nanterre, un barrio de la periferia este de París, Francia. Una semana atrás, el 27 de junio, fue interpelado por dos policías mientras manejaba un auto, lo detuvieron, amenazaron, golpearon y finalmente uno de ellos disparó. Así contó uno de los pasajeros de 14 años que estaba en el auto, así se pudo ver en el video donde se observa el movimiento del arma a quemarropa sobre Nahel sentado frente al volante.
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La indignación fue inmediata por lo que apareció como caso flagrante de gatillo fácil contra los sospechosos de siempre: jóvenes de barrios populares de origen árabe, negro, mestizo. Se organizaron entonces movilizaciones multitudinarias convocadas por la familia, las organizaciones sociales, vecinales, políticas, para pedir justicia, rechazar las prácticas policiales demasiado conocidas en las periferias de Francia llamadas banlieues.
Y ocurrió lo que crónicamente sucede: protestas nocturnas con incendio de autos, ataques a comisarías, que comenzaron a multiplicarse por diferentes ciudades grandes y chicas, hasta convertirse en la mayor revuelta registrada en Francia en los últimos años. Ardieron instituciones públicas, depósitos, autobuses, comercios, y el país entró en estado de conmoción ante las imágenes de una rabia descargada por tantos jóvenes.
La nueva radicalidad
La sorpresa no fue por la revuelta o disturbios como son calificados en Francia. Que existan incidentes en barrios populares con quemas de autos, enfrentamientos con la Policía, no es algo nuevo: el país tiene una larga historia de episodios marcados por la combustión de asesinato de un joven y respuestas espontáneas del barrio. Se lo puede rastrear desde los años 80, en el cine, en los choques crónicos y los grandes episodios, como el de 2005, cerca de 40 años de una dinámica repetida.
Lo que sorprendió fue la radicalidad, el repertorio de acciones desplegadas, la potencia de la irrupción que hizo arder las noches y la juventud de quienes las protagonizaron. En efecto, un tercio de los más de 2.000 detenidos fueron menores de edad según afirmó el gobierno presidido por Emmanuel Macron. ¿Nuevas generaciones más radicales que las anteriores? Ese pareció ser uno de los diagnósticos.
El mapa de las acciones dejó ver dos objetivos principales de las revueltas o disturbios. Por una parte los negocios privados, como centros comerciales, supermercados, tiendas de ropa, de lujo, de tecnología, de autos, motos, y una variedad de comercios que resultaron saqueados o destrozados. Pudo verse por televisión y sobre todo por redes sociales cómo se movían ríos de jóvenes por las ciudades rompiendo vidrieras, saliendo con los brazos cargados, llevándose mercancías muchas veces caras, la cara hiperconsumista de la revuelta.
Por otra parte fueron incendiados comisarías, alcaldías, colegios, transportes públicos, centros de asistencia social, casi todo lo que representa al Estado. Esos ataques encerraron el principal mensaje político, el de la rabia contra una institucionalidad deficiente, percibida como perpetradora de un statu quo desigual, representante de un Estado del que muchos se sienten ciudadanos de segunda categoría por el color de piel, la herida colonial, las prácticas policiales.
La reacción política
El gobierno de Macron se dirigió al país en vista del incendio nacional. Sin embargo, las causas esgrimidas para explicar el estallido evitaron referirse a lo social o político: el presidente apuntó contra los videojuegos y su cultura de la violencia, contra las redes sociales como multiplicadoras de la crisis, y la responsabilidad de los padres de los menores de edad que, sugiere, debería ser castigados por los actos de sus hijos.
El discurso de Macron en simultáneo con el despliegue de 45.000 policías cada noche fue confrontado por el de Jean Luc Mélenchon, líder de la formación de izquierda Francia Insumisa. Mélenchon, tercero en las dos últimas elecciones presidenciales, apuntó contra las causas sociales detrás del fuego: la desigualdad social, la desinversión estatal, la falta de justicia, una legislación de 2017 que facilita el uso de armas para la Policía, los problemas de fondo que originan los estallidos crónicos.
La extrema derecha, representada por Marine Le Pen y Éric Zemmour, apuntó en cambio contra sus enemigos internos de siempre: los inmigrantes y sus descendientes, causantes de la inseguridad y ahora de los destrozos. Las imágenes de saqueos, llamas, ataques a autoridades el Estado, fueron el punto de apoyo para redoblar un discurso de orden, de cierre de fronteras, de defensa a rajatabla del accionar de la Policía y criminalización de las víctimas como el mismo Nahel.
Zemmour dio un paso más, ya planteado en ocasiones anteriores, el de sostener que Francia se encuentra en los albores de una guerra civil de tipo étnico-religiosa. Quien salió cuarto en las últimas presidenciales volvió a esgrimir su narrativa de choque de civilizaciones, invasión silenciosa, imposibilidad de convivencia nacional, y la necesidad de restaurar no solamente el orden del Estado sino la identidad francesa blanco-cristiana que se encontraría amenazada por la afro-arabo-musulmana. #GuerraCivil fue tendencia en Twitter varios días, reflejo del clima social y fantasmas despertados.
El país movilizado y fragmentado
Los ocho últimos años en Francia fueron de conmociones y grandes movilizaciones. En 2015 tuvieron lugar dos atentados terroristas, en 2016 las movilizaciones contra la Ley del Trabajo y el movimiento Noche de Pie en el corazón de París, en 2019 los llamados “chalecos amarillos”, en 2023 las protestas contra la reforma jubilatoria, y ahora las revueltas. Algo está mal en uno de los principales países europeos, es evidente.
Cada acontecimiento expresó a sujetos diferentes, golpeados por el neoliberalismo, fragmentados entre sí. Los chalecos amarillos, por ejemplo, tuvieron su epicentro en el interior del país, en pueblos medianos, chicos, rurales, afectados por la desocupación producto de la deslocalización de empresas, la falta de perspectivas de futuro. Las revueltas, en cambio, tienen su corazón en los barrios periféricos de las grandes y medianas ciudades, con un sujeto en gran parte marcado por la inmigración, con creciente abstención política y descreimiento en sus representantes.
Cada acontecimiento movilizó a un sector de los perdedores del neoliberalismo y la globalización. La apuesta de la izquierda ha sido la de poder unir demandas, sujetos, lograr la “convergencia de las luchas” como indica su consigna. La política de la extrema derecha ha sido, por el contrario dividir, construir la idea de la imposibilidad de convivencia, de lo común, y azuzar miedos y enemigos internos, asociar por ejemplo la precarización laboral o desempleo con la llegada de inmigrantes.
Macron tiene aún cuatro años por delante en este, su segundo mandato. En vista de los años recientes y los vasos colmados es probable que sucedan nuevas movilizaciones, revueltas o acontecimientos que generen nuevas portadas de diarios a nivel internacional. Francia, país de protestas y reproducción del orden, atraviesa una época de crisis sucesivas o superpuestas que no parecen tener remedio mientras siga encaminada en la misma dirección.