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Sociedad Argentina |

Sociedad de la desinformación

Noticias falsas: ¿un fenómeno nuevo?

La circulación de fake news o noticias falsas se ha convertido en uno de los principales problemas de la sociedad de la (des)información en la era digital. Si bien -ya sea por error o con intencionalidad- las noticias falsas existen desde que los seres humanos nos comunicamos, la particularidad de la época es la velocidad con la que se reproducen y difunden, la desestabilización emocional que provocan, y el riesgo que implican para las democracias.

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Por Bernarda Tinetti

¿Cuáles son los alcances de las fake news? ¿Qué incidencias producen en las campañas electorales? ¿Qué potencia tienen en Argentina y la región? Los especialistas consultados por Caras y Caretas se refieren a estas y otras interrogantes.

Una definición de fake news o “de los fenómenos vinculados con la desinformación, subinformación y sobreinformación”, según Cynthia Ottaviano, doctora en Comunicación y exdefensora del Público de Argentina, es que se trata de crear una noticia falsa o engañosa “con el fin de difundir o promover confusión para obtener beneficios económicos, políticos o de otra índole, manipulando a la opinión pública, y con la deliberada intención de generar adhesión a discursos de odio para modificar el curso de los acontecimientos, sobre todo vulnerando los procesos democráticos”.

En este sentido, Andrea Varela, decana de la Facultad de Periodismo y Comunicación de la Universidad de La Plata (UNLP), alerta sobre cómo el peligro radica en que “son narrativas que se posicionan en las redes sociales bajo un régimen de verosimilitud”.

Una característica del fenómeno, agrega la especialista, es que “conjugan la instantaneidad y velocidad de los consumos en las redes con prejuicios alrededor de temas y acontecimientos conocidos como posverdad. La posverdad se construye sobre datos y evidencias débiles, que generan la condición para que las fake news sean creíbles y reproducidas por los consumidores”.

Desde el Sindicato de Prensa de Buenos Aires (Sipreba) coinciden en que lo novedoso del proceso es la dimensión que toma la instalación de noticias falsas mediante las redes sociales, ya sean Google, Facebook o plataformas como Cambridge Analytica, y cómo esto interfiere en las democracias. “Los casos de las elecciones en EEUU y Brasil, y hay que ver aún en Argentina, donde la información que surgió de los perfiles de Facebook fue utilizada para generar publinotas (como se les llama en las redacciones a noticias que encubren una publicidad) direccionadas por la big data de forma tendenciosa, son un claro ejemplo de ello”, afirma Tomás Eliaschev, secretario de Derechos Humanos del gremio.

Por su parte, Mariana Moyano, periodista y autora del libro Trolls SA, de reciente publicación, explica que lo específico del momento, es que los ciudadanos somos  parte de “la nueva máquina de circulación de información”, aunque creamos lo contrario: “Formamos parte del engranaje de la viralización de esas noticias falsas vía redes sociales” y agrega: “El que te manda la fake es uno tan igual a vos, que estás como sin anticuerpos para recibirlo, decodificarlo -sobre todo en Whatsapp- , y evitar reenviarlo en menos de un segundo a otros contactos. Quedamos entrampados”, ahí radica la novedad en términos de la autora.

A su vez, observa un doble fenómeno. Por un lado la instalación de la fake, y por otro, la pérdida de la credibilidad en la persona que envía el mensaje; “puede ser un amigo, un vecino, alguien del grupo social”. Y agrega: “Los ajenos al grupo político al cual pertenecemos nos instalan una fake -en teoría perjudicial para el grupo originario de esa información- pero que al ser falsa, quien la recibe deja de confiar en el contacto que la envió”.

Campañas colmadas de interferencias

La circulación de fake news encuentra un punto crítico en momentos vitales para las democracias, como son las campañas electorales previas a la elección.

Victoria Donda, diputada nacional argentina, considera que se trata de un tema clave en contextos electorales, porque “se usa para manipular la opinión pública e influir en su voto. Así que directamente afecta a la democracia”, sentencia.

A su vez, sostiene que “como dijo Ricardo Lorenzetti, miembro de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, quienes tienen el poder para crear la industria de las fakes son las corporaciones y los gobiernos, y esto agrava aún más la situación porque se trata de un poder tratando de dominar, o retener el manejo del Estado”.

En este marco, Varela explica cómo las fake sobre política encontraron en América Latina un espacio de expansión y máxima visibilidad: “Campañas montadas sobre noticias falsas se han convertido en una de las herramientas más poderosas para desprestigiar, desinformar y empañar la imagen de candidatos, partidos políticos, gobiernos de corte popular, acompañando  así el avance del neoliberalismo y la derecha en la Argentina y la región”.

Para Moyano, lo que garantiza la eficacia de estos mensajes es que son muchas informaciones falsas “breves”, que se difunden de manera microsegmentada y permanente. “Todo el día en dosis chiquitas, porque no es una información falsa que inunda, sino informaciones muy pequeñas que van esmerilando al público, que no se da cuenta de la cantidad y de lo que eso construye. Las campañas, entonces, no son decodificadas como tales, por quien las consume”.

“Las fake calan en las subjetividades y en la construcción de sentido, y por eso han servido para definir elecciones a favor de algún candidato, presentar una falsa crisis migratoria o una supuesta dictadura represora. El más claro ejemplo en Latinoamérica fue el de Brasil, donde para que ganara Jair Bolsonaro, difundieron por WhatsApp y redes sociales una fake contra Fernando Haddad, candidato del Partido de los Trabajadores (PT) a la presidencia.”, analiza la decana de la Facultad de Periodismo y Comunicación de la UNLP.

“Trabajan con una microsegmentación muy fuerte y con sectores que tienen muy poco vínculo con la política tradicional, gente, incluso, alejada geográficamente de los lugares de debate, y en general son personas enojadas”, describe Moyano.

“Son sectores muy pequeños donde eso funciona, pero las elecciones en los últimos años en el mundo se ganan por muy poco margen, entonces esos pequeños sectores a los que llega la fake quizá terminan siendo determinantes. Pasó en EEUU y Brasil, y también con el brexit”, agrega.

“Si comprendemos este marco, que es esencial, entendemos entonces que cuando hablamos de fake news estamos hablando de un atentado al Estado de Derecho”, denuncia Donda.

Like o no like, esa es la cuestión

Los me gusta (like, en idioma inglés), que elegimos en las redes sociales, y las noticias y contenidos que compartimos, no son más que informaciones rastreables mediante algoritmos que los  transforman en datos vendibles, tanto para su utilización política como comercial. Las tendencias de consumo económico, político, simbólico, y/o cultural agrupan a los usuarios en comunidades, hacia las cuales se diseñan estrategias comunicacionales específicas que logran, en la segmentación, su efectividad.

En ese campo fértil, se siembran las falsas noticias que “han existido siempre”, pero hoy la gran diferencia “es la circulación inédita a máxima velocidad, el uso de robots y de inteligencia artificial para poder propagarlas, y la reproducción por emocionalidad”, afirma Ottaviano.

“Es decir, ante una baja capacidad de mirada crítica, ante escenarios de carencia de alfabetización comunicacional, pero, sobre todo, en contextos en los que se busca profundizar la polarización, mediante discursos de odio, logran generar  adhesiones por emocionalidad”, analiza la exdefensora del Público.

Sobre este punto, Moyano advierte sobre un hecho ocurrido en la India, donde  a raíz de una noticia falsa, cinco mendigos fueron asesinados porque se los acusaba por Facebook, con nombres y fotos, de ser responsables de una red de trata de niños y niñas. Ante esto, el Estado indio realizó una presentación formal a la red social en busca de respuestas sobre la regulación del sitio. La resolución aún es dilemática, advierte la escritora.

 

Regulación: ¿dónde están los límites?

El problema central para pensar cómo regular las redes sociales es que involucra a Estados, naciones, multinacionales y sistemas globales. En el debate se cruzan problemáticas como la libertad de expresión, el derecho a la información, el rol de los periodistas y los negocios.

“Es necesario considerar el escenario latinoamericano, en particular”, puntualiza Ottaviano, en referencia al desmantelamiento de organismos de control gubernamental de aplicación de las leyes en material audiovisual, el cierre de medios, la modificación por decreto de leyes de congreso que habilitan concentración comunicaciónal, la represión de la protesta social, las denuncias de persecución y censura a medios y periodistas -incluidos los medios públicos-, la situación de acefalías en las defensorías del público y las audiencias.

En el contexto descripto, “las fake news no solo circulan por WhatsApp y redes sociales, sino también desde la propia concentración comunicacional”, indica.

“Por ahora no se llegó a una síntesis, ¿regulan los Estados o regulan los privados? A esto se le agrega una complicación de tipo técnica, ¿cómo regulas internet? No existe frontera física”, enfatiza Moyano. Al tiempo que ejemplifica: “En China están prohibidas las aplicaciones, pero en los países en los que están habilitadas, ¿cómo se hace?”, se pregunta, “incluso los gobiernos de los países no pueden hacer nada. India lo cita a Zuckerberg, ¿y? O el caso de Cambridge Analytica, donde el Parlamento europeo tampoco pudo hacer nada”.

Para Varela, “se están dando una serie de debates acerca de las formas de regulación de estas noticias falsas, no existen aún leyes o medidas, ni universales ni particulares. Sí denuncias de actores políticos y diversos personajes que han reclamado ante la justicia con escasos resultados favorables”.

Surgen, por otra parte, algunos intentos que, como “antídotos”, buscan prevenir las fake desde diferentes espacios: el periodismo de verificación y la alfabetización en comunicación.

“Algunos sitios web -en Argentina- como chequeado.com o Reverso-Información contra la desinformación,  intentan verificar y clasifican como verdaderos o falsos discursos o noticias,  según su anclaje con los hechos a los que hacen referencia. Cabe destacar, también, que los partidos políticos han firmado un Compromiso Ético Digital para que en este año electoral, la campaña no sea teñida de fake”, referencia Varela.

De todos modos, según Ottaviano, “en el mundo se están preguntando si el problema no es el sistema. Google y Facebook, como fenómenos económicos, sociales y culturales transformaron las relaciones entre las tecnologías, el capital y el contenido de las audiencias. Por ejemplo, con la propia publicidad -dirigida a partir de la adaptación de los anuncios con la información que tienen de cada usuario- promueven mayor tráfico con contenido que apela a las emociones, que espectaculariza, para a su vez difundir nuevos espacios de publicidad y entonces tener más anuncios”, advierte.

 

Mecanismo de defensa

El relevamiento de Sipreba titulado “Periodismo en emergencia” revela que, desde la asunción de Mauricio Macri a la presidencia de Argentina, se perdieron más de 4.000 puestos de trabajo en el sector de la prensa, a lo que se agrega el cierre de medios y “la utilización de la pauta publicitaría para regimentar los contenidos periodísticos, la discriminación y persecución a los medios comunitarios, los más de 58 periodistas -trabajadores de prensa, camarógrafos- reprimidos con balas de goma durante coberturas, los alrededor de 20 detenidos en el marco de represiones, la destrucción de los medios públicos, y del poder adquisitivo de los salarios, que se suma a la precarización laboral en desmedro de la calidad”, describe Eliaschev.

El miembro del sindicato y autor del libro publicado este año, “No nos callan nunca más”, explica cómo la situación laboral del periodismo, sumado a políticas que facilitan la concentración mediática (como la fusión de Clarín con Telecom),  configuran un panorama “muy difícil para ejercer la profesión, lo que a su vez facilita la proliferación de las fake news”.

Aquí es donde caracteriza como fundamental a la organización sindical, en tanto espacio desde el cual “mostrar ante la opinión pública, que el periodismo no tiene que morir, que el periodismo no es sinónimo de las operaciones propagandísticas del oficialismo, y que el periodismo de oficina, de teléfono, de gacetilla, es el mejor aliado para que se propaguen las fake, generadas  desde compañías privadas que prestan sus servicios a determinados candidatos o gobiernos para instalar estados de ánimo y manipular el ejercicio democrático”.

 

Emojis: el mundo, las preguntas y la apelación a lo sensible

La concentración de la comunicación tanto en redes como la tradicional es “promotora de noticias falsas a alta escala y, con estas, de estados de ánimo”, opina Ottaviano.

“Si el incentivo que tienen estos monopolios -tanto Instagram y WhatsApp  como Facebook son de los mismos dueños- es recopilar información personal para hacer negocios y las autoridades de aplicación son laxas, se genera un ecosistema que es perjudicial, y que se empieza a denominar de infoxicación”, define la especialista.

Asimismo, Moyano caracteriza el nuevo modo de la política como el de la “indignación”: “Nos quieren indignados, no importa por qué todo es gritar, enojarse, no importa en contra de quién, entonces ya no es esto de a favor o en contra, sino la emoción de la indignación como método de control social; cuando uno está enojado no puede pensar”.

 

Para finalizar, Ottaviano explica cómo desde Unesco están pensando en regulaciones y reformas: “Estrategias de profundización de las democracias, una gobernanza multipartita, dentro de un marco político que sea claro, que sea constituido con corresponsabilidades, en el marco de entender la comunicación como derecho humano, vital para las democracias”.

 

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