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Cultura y espectáculos

MINISERIE SOBRE EL ROCK EN AMÉRICA LATINA

Rompan todo, menos al mainstream

La plataforma Netflix acaba de lanzar la miniserie Rompan todo, la historia del rock en América Latina. Una realización que ya despertó críticas, reclamos por las notorias ausencias, y por ser tan pretenciosa y quedarse con lo más “prolijo” del mainstream roquero en castellano.

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El gesto ambicioso (a veces pedante) de imaginar que “el todo” puede describirse y explicarse en un único relato suele olvidar (alevosamente) los problemas que enfrentó el enciclopedismo. ¿Cuántos tomos serían necesarios para contar, por ejemplo, una suerte de historia de las músicas populares en América Latina, o, para recortar un poco el campo, del rock cantado en español? Aun si semejante proyecto contara con un presupuesto de proporciones astronómicas, ¿lograría cumplir su objetivo? ¿Qué sentido tiene imaginar un relato enciclopédico de esas características? ¿Cómo esquivarían sus artífices el recuento de anécdotas y las generalizaciones tan burdas como peligrosas?

Imaginar que un proyecto puede cumplir con ese objetivo, y, además, presentarse como el relato objetivo, abarcativo, el más cercano a la esquiva verdad, es absurdo. No existen las narrativas objetivas. No hay “hechos puros y duros” separados del discurso. Lo que sí existen son voces en un tejido discursivo polifónico, que se articulan, se oponen, se asimilan en función de cómo operen las variables económicas, políticas, sociales y culturales. Y los relatos que de allí emergen son, ni más ni menos, que visiones construidas desde ángulos particulares, subjetivos y siempre políticos.

 

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En ese marco sí se entiende que una marca hegemónica del mercado del entretenimiento como Netflix lance una miniserie documental como Rompan todo, la historia del rock en América Latina. Seis capítulos con impecable producción audiovisual que reúne una multiplicidad de fragmentos de entrevistas, registros de actuaciones en vivo enhebradas con notas y testimonios que pintan algunos rasgos del contexto histórico-social-político del continente. Corrección: notas sobre algunos hechos que marcaron la historia contemporánea de algunos enclaves del continente que, no casualmente, fueron los focos de difusión del rock absorbido y disciplinado por la industria discográfica de la metrópolis, con un hilo que las une tanto en el fondo como en la superficie: el relato de Gustavo Santaolalla en su rol de productor estrella, figura que devino emblema del rock en castellano.

Entonces, el altisonante título de la miniserie no es otra cosa que un relato posible, con un ángulo interpretativo, surtido (inevitablemente) de eventos, procesos y nombres sobrevalorados y otros tantos silenciados. Un disparador para que protesten los egos inflamados que no fueron nombrados, o para que alguien se pregunte si todas las expresiones del rock se erigieron como paladines en las luchas contra la opresión, o si fueron expresiones populares que, tras su gestación en los ámbitos locales, fueron rápidamente domesticadas por un modelo hegemónico del negocio de la música.

 

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La miniserie, cuyo titulo alude (y solo alude, por unos minutos, nada más) a una recordada canción del grupo uruguayo Los Shakers, “Break It All”, fue creada por el cineasta y productor argentino Nicolás Entel (Pecados de mi padre) y fue dirigida por Picky Talarico, cineasta y fotógrafo que ha participado en la realización de numerosos videoclips de músicos como Julieta Venegas, Juanes, Diego Torres, Paulina Rubio, Gustavo Ceratti y Bajofondo. Ambos realizadores también participan como productores ejecutivos junto a Gustavo Santaolalla, y la producción general fue de la empresa Red Creek.

Los seis capítulos proponen una suerte de hilo cronológico de la “historia del rock en castellano”, dejando de lado a la tremenda producción cuño roquero que tuvo Brasil, de la que no hay siquiera una mención al pasar. 

Y de acuerdo a las gacetillas y comunicados que circularon previo al lanzamiento, a mediados de diciembre, “la historia” se construye con relatos de artistas de Argentina, México, Colombia, Perú, Chile, Uruguay y España. Estos países figuran, claro, pero solo algunos procesos musicales vividos en Argentina y México operan como ejes principales, y de los demás solo aparecen meras menciones, anécdotas puntuales o comentarios sobre las influencias que tuvieron figuras como Cerati y Soda Stereo. Rubén Rada y Hugo Fattoruso, por ejemplo, tienen brevísimas apariciones en las primeras entregas de las que apenas se puede rescatar algún dato o idea interesante. Totem, El Kinto, ni se mencionan. Del trabajo historiográfico de Fernando Peláez, si te he visto no me acuerdo. De la movida roquera postdictadura, apenas si aparece Gabriel Peluffo. También tienen su rinconcito Sebastián Teysera (La Vela Puerca) y Roberto Musso (El Cuarteto de Nos).

De lo que ocurrió y ocurre en otras escenas roqueras latinoamericanas, como en Ecuador, Bolivia, Venezuela y otros, no tenemos ninguna noticia. Sí se menciona algo de Colombia, muy poco de la vital escena musical de Perú, un poco más de Chile. ¿Cuba? Lo que sí tiene un protagonismo indiscutible es la larga listas de solistas y grupos mexicanos y argentinos que se convirtieron en puntas de lanza y luego en puntales de un mercado musical que en la segunda mitad del siglo XX alcanzó una gran fuerza como subsidiario del negocio musical impulsado por el mundo anglosajón, sobre todo el de las empresas estadounidenses. 

Ahí entonces se justifica el protagonismo de nombres como el del argentino Gustavo Santaolalla, que emergió del rock con su banda Arco Iris y se convirtió, sobre todo con su trabajo fuera de fronteras, como el rey Midas para muchas bandas y solistas a partir de los años noventa, en tanto productor o agente que custodia que la “corrección” artística se ajuste a los parámetros de la industria. Con su firma y bendición, los discos de Caifanes, Maldita Vecindad, Los Prisioneros, Café Tacvba, Divididos, Fobia, Molotov, Bersuit Vergarabat, Julieta Venegas, Juanes, Jorge Drexler, La Vela Puerca, Árbol, Puya, Bajofondo, entre otros, alcanzaron éxitos descollantes, conquistaron premios, tuvieron alta rotación en la vieja e idolatrada MTV (que en su versión “latina”, redujo el continente a México y la Argentina).

 

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Cierto, las escasas y curiosas apariciones de David Byrne le dan cierto toque de “distinción” a la miniserie. Operan como una suerte de legitimación del hermano mayor, es el “tipo que sabe lo que dice”, que tiene trayectoria y discurso comprometido. Sin embargo, si se lo escucha atentamente, esos extractos no escapan de la valoración de boliche, anecdótica, que no condicen con lo que él realmente sabe o puede llegar a saber de lo que ha ocurrido musicalmente en América Latina. Pero, reconozcamos, queda bien, legitima.

De las numerosísimas “pastillas” de los otros artistas invitados a declarar, tampoco zafan del relato anecdótico, muchas veces emotivo, otras incomprensibles, otras muy reveladoras por lo que no dicen, por los gestos. Pero también hay excepciones, como las de Billy Bond (La Pesada del Rock and Roll), Fito Páez, Pedro Aznar, algunas de las de Andrés Calamaro. Sus comentarios, en algunos casos salvajes, radicales, abren algunas rendijas en los relatos laudatorios y cargados de elogios: la historia, en realidad, no es tan lineal, no hay tantos héroes como villanos, sino que todo está más revuelto a pesar de que el discurso oficial se esmere en decir lo contrario.

Son muchas las preguntas que pueden levantarse a partir de esta pretenciosa “historia del rock en América Latina”.

¿Por qué este tipo de proyectos documentales terminan como ejercicios egomaníacos? ¿Se puede sumar algo más de reflexión crítica al entretenimiento que suena y se ve tan bien en la pantalla chica? Y si esa reflexión crítica fuera posible, ¿qué se podría decir de la correlación entre el rock y los contextos políticos y sociales del continente? ¿Los roqueros fueron realmente pilares en el combate de los procesos de opresión y muerte que atravesaron las historias locales? ¿Por qué la supuesta rebeldía roquera se deja seducir por los brillos de la manipulación industrial para convertirse en proyectos “bien producidos” y “bien sonados”, prontos para recorrer festivales y acumular premios? ¿Qué más se podría decir sobre los acercamientos entre el rock y las músicas tradicionales? ¿Esos acercamientos fueron algo más que coqueteos oportunistas? ¿Qué papel tuvieron los productores -muchos de ellos con participaciones estelares en esta miniserie- en esos procesos de disciplinamiento estético e ideológico? ¿Se podría contar otra historia -otras historias- si la cámara dirige su foco a procesos creativos más “deformes”, alternativos, que no logran la visibilidad que se goza con el dispositivo comercial del hit?

Los relatos siempre tienen un sesgo, un ángulo, una perspectiva. No son “la historia”, son interpretaciones, por más que nos encanten sus realizaciones sonoras y visuales, por más que nos entretengan durante un fin de semana dedicado a “maratonear” frente a la pantalla, por más que incluyan a los hits de Café Tacvba, Caifanes o Soda Estéreo. Rompan todo… no es más que eso. O quizás sí: podría ser la muestra de la necesidad de una reflexión que vaya más allá de los relatos de la fascinación, que trascienda el relato del fan, o el del agente empresarial de turno.

 

Santaolalla dixit
“Por todos los años que uno viene cargando, he visto pasar el rock por curvas ascendentes y descendentes debido a diferentes motivos”, explica Santaolalla. “El rock es una actitud y es algo que permea muchas cosas. Incluso la música urbana, que tiene en Residente a un referente que involucra al rock en lo que hace, lo mismo que Wos. Estamos en un momento medio de hibernación. Sin embargo, estoy convencido de que existe un futuro para el rock. Siempre habrá una música que los jóvenes elegirán como su folklore, para expresar su insatisfacción y manifestar una visión diferente a la que intentan imponer los medios de comunicación. El rock es eso. He visto tantas veces titulares que dicen que el rock ha muerto y… no lo creo. Por ejemplo, en la pandemia hubo récord de ventas de guitarras eléctricas. Esto fue aún más notable entre el público femenino”. Así está el mundo, amigos.

 

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