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Sociedad Butazzoni | pasta base | Máxima pureza

Un libro de drogas, puñaladas, amores y sueños

Butazzoni: "Lo más doloroso es la reacción de la sociedad ante el problema de la pasta base"

Caras y Caretas dialogó con el escritor y periodista Fernando Butazzoni sobre cómo fue escribir Máxima pureza, la cruda historia de Nacho, un adicto a la pasta base.

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¿Alguna vez te preguntaste por qué las personas consumidoras que habitan la calle suelen caminar por el medio del asfalto y no por las veredas? ¿Alguna vez pensaste, al verlas, “este qué se cree, el dueño de la calle”? Quizás nunca imaginaste que detrás de ese modo de caminar puede haber una estrategia de supervivencia: que no van por la vereda porque temen quedar acorralados entre la pared y los autos, sin muchas posibilidades de escapar si se cruzan con alguien que "se las quiere dar".

Es que, paradójicamente, sabemos muy poco de las personas que habitan la calle, a pesar de que todo lo hacen a la vista de todos. A veces ni siquiera las miramos. No sabemos por qué están donde están, por qué hacen lo que hacen, por qué les pegan, qué trampas deben hacerle a la intemperie, qué piensan, qué sienten, qué esperan, por qué consumen. Por todos esos lugares nos arrastra Máxima pureza, el libro del escritor y periodista Fernando Butazzoni que relata la historia de Ignacio Equis, alias Nacho, con una crudeza sin adornos en la que por momentos no cabe la esperanza. Y por eso escribí “nos arrastra”.

Antes de meterse y meternos en el universo de Nacho, en esa historia de drogas, adictos, puñaladas, hambre, delito, muerte, indiferencia, pero también de amores y de sueños, Butazzoni aclara su lugar de enunciación y expone su condición de alcohólico, algo que pocas personas conocían: “Yo soy un adicto de otro tipo”. Lo cuenta porque lo entiende una cuestión ética: simplemente siente que no puede exponer la historia de un adicto sin reconocer su propia adicción. “Dos adictos por el precio de uno”, advierte uno de los pasajes iniciales del libro.

Al contarnos su condición, el autor nos enfrenta a la realidad de que el adicto no es solo el protagonista, también es quien escribe, como también pueden ser quienes leen esta historia. “Lo que distancia a una persona adicta de una que no lo es son tres o cuatro decisiones mal tomadas”, me dice Butazzoni mientras tomamos un café en un bar céntrico de Montevideo.

¿Por qué la historia de Nacho, en esta coyuntura?

Sé que puede sonar un poco oportunista, por el momento actual, pero en realidad la idea del libro se gestó hace tres años atrás, durante un asado en la casa de un amigo, el padre de Nacho. Allí había un grupo de gente reunida, charlando, en un ambiente festivo, y el padre de Nacho dijo “antes de hablar de otras cosas, quiero decirles que los quiero, y que los invité porque quiero festejar que tenía un hijo que estaba muerto y que ahora está vivo, y es ese que está haciendo el asado en la parrilla”. Entonces, contó brevemente la historia de Nacho, un pibe que empezó a consumir a los 13 años, hasta los casi cuarenta. Tuvo toda una vida de consumo: pasó desde el cigarrillo hasta la marihuana, la cocaína, la pasta base. Yo no conocía para nada esa historia, y me pareció muy interesante porque era como una especie de milagro de la naturaleza que hubiera podido, después de todo lo que vivió, resistirse a la tentación, hacer un tratamiento y recuperarse. Aunque él no canta victoria, en general, los adictos son muy cuidadosos con eso. Él dice “hoy estoy bien, mañana no sé”.

A los pocos días de ese asado, fui a hablar con el padre a la casa, le dije que me había impresionado mucho la historia de Nacho, y que me gustaría hablar con él sobre su historia y escribirla. Hablé con Nacho, él me manifestó que estaba de acuerdo y que le parecía que podía ser útil que se supiera la problemática y que se supiera que detrás de un adicto callejero y reventado hay un ser humano que siente y piensa.

¿Y cómo fue el proceso de escritura?

Empezamos a reunirnos con Nacho, a charlar. Yo grababa y transcribía absolutamente todo, durante un año y medio. Luego me senté a escribir, lo iba consultando a él, íbamos para atrás y para adelante, porque él me contaba historias delictivas y yo le decía que teníamos que ver, porque podía traer problemas, pero él me decía que había pasado hace muchos años. Pero él tiene un problema con el tiempo, supongo que es fruto de su adicción, por lo que cosas que le pasaron hace dos meses le parece que le pasaron hace veinte años, y cosas que le pasaron hace veinte años le parece que pasaron la semana pasada.

También fui a hablar con otros adictos que paran cerca de donde yo vivo, con los que tengo relación. También hablé con especialistas, fui a un centro de recuperación que fue donde estuvo Nacho durante un año, una especie de chacra en el departamento de Canelones. Fui a casas de hombres y pibes con historias terribles que no se recuperaron, hablé con algunos que estuvieron presos y salieron libres y terminaron en la calle. Y así fui armando el libro.

¿Fue fácil escribirlo?

Lo escribí bastante rápido porque con la colaboración de él era muy fácil desarrollar la historia. Yo no pretendía hacer ningún experimento literario, sino contar la historia de un pastabasero posta, que además reunía dos condiciones difíciles de encontrar: es un tipo que conserva su inteligencia a pesar de la adicción, que no tiene ningún daño cerebral, ni en su memoria, ni en su lenguaje, y la otra es que no tenía que convencerlo de nada porque él es consciente hasta hoy de que su trabajo es muy importante.

¿Cuál fue el principal desafío?

Los consumidores, los adictos en general, somos todos muy mentirosos y muy manipuladores. Y como yo me conozco, cuando empecé a trabajar con Nacho pensé que era un mentiroso y un manipulador, y lo es. Pero yo llegué a una conclusión: sus manipulaciones las puedo manejar y sus mentiras son parte de su historia. No es una cosa que haya que sacar, es una cosa que va dentro de la historia.

Por ejemplo, hay una parte en la que cuenta cómo agarra un fierro y lo convierte, dice él, en un sable samurái. Yo no sé si es verdad, pero, si no es verdad, tiene el mismo valor que si lo hubiera sido, porque es una mente que construye una realidad paralela, que para él es importante.

¿Por qué decidiste contar la historia de Nacho desde tu lugar como adicto?

Cuando estaba escribiendo el libro contaba cosas horribles de Nacho y me sentía un hijo de puta. Pensaba “yo no puedo contar esto sin decir que el que lo está contando también es un adicto, de otro tipo”.

Un adicto funcional e insospechable, como te presentas en el libro.

Exactamente. Pero con los mismos problemas mentales y prácticos.

¿Qué es lo que más te duele de esta historia?

Curiosamente, lo más doloroso es la reacción de la sociedad, en general, ante el problema del consumo de pasta base. He conocido decenas de personas que piden rifle sanitario, gente que les pasa por arriba sin saber si están vivos o están muertos. Y eso me parece que habla de la sociedad, y no de la sociedad uruguaya en particular, habla de la sociedad actual, de la sociedad humana, de los niveles de deshumanización.

¿Cuánto crees que hay de una sociedad que excluye, aísla y, de alguna manera, empuja a determinadas personas hacia esas vidas, y cuánto hay de decisiones individuales? ¿Hasta qué punto opera lo social y hasta qué punto, como plantea una frase del libro, “el diablo es uno”?

Creo que hay una falla que es de todos. Uno de los graves errores que ha cometido la izquierda, sobre todo, es achacarle la culpa al Estado por no brindarles herramientas a los adictos. Eso es una pequeña parte del problema. La ayuda que el Estado puede brindar, las herramientas que puede ofrecer, si no están acompañadas de ayudas sociales —pero no sociales de ONG, sino de personas: la madre, el tío, el amigo, el vecino—, no alcanzan. Esas personas han logrado grandes éxitos individuales con personas que eran adictas y dejaron de serlo.

Pero es un problema de la sociedad en su conjunto, que no termina de entender cuál es el origen del problema. Y el origen del problema, voy a ser muy cuadrado, es el capitalismo: una sociedad en la cual, si tenés, tenés, y si no tenés, jodete. Y en esa sociedad se cría la mayoría de estas personas. Terminan con 17 años en el INISA, con 18 en Punta de Rieles, y ahí entran en un espiral que no tiene fin.

¿Qué aprendiste sobre la pasta base?

Saqué algunas conclusiones que las expongo en el libro. Una de ellas es que la pasta base no es igual que cualquier otra droga, hay algunas características que todavía no están bien estudiadas sobre cómo funcionan en el cerebro, pero tiene un efecto destructor muy poderoso y un efecto de enganche muy fuerte. Conocí algunos consumidores de los que ellos llaman “consumidores exitosos”, que son tipos que se fuman una lágrima o dos y ya está, después no fuman por tres meses. Pero no es la norma. La norma es que cuando empezás a consumir, a la semana ya estás enganchadísimo y no podés parar. Más de uno me dijo: “Si me ves durmiendo debajo de un cartón es porque se me terminó la pasta. Mientras yo tenga pasta estoy despierto”. Es una situación muy dura, incluso para ellos mismos.

¿Qué nos dice la historia de Nacho sobre las políticas para personas con consumo problemático, sobre el funcionamiento de los dispositivos?

Creo que los planes y proyectos han demostrado ser ineficaces. Cuando vos pensás un problema con poblaciones de este tipo, no podés pensarlo como un camión de ganado: abrís, lo metés en el brete y lo bajás con algo de agua. Hay que tratarlos como individuos. Puede haber agrupamientos de personas con intereses comunes, con sensibilidades comunes, con problemáticas comunes, pero no podés tratar a todos de la misma manera.

Las instituciones punitivistas, por ejemplo, han hecho eso. Los han metido presos, pero no les han impedido que mantengan el hábito de consumo dentro de la cárcel. Con lo cual, su período de reclusión simplemente es un momento más para ellos que les da miedo, porque también tienen una escasísima valoración de sí mismos.

Yo creo que, si no se crea algo nuevo, distinto, con otro grado de sensibilidad, no se va a resolver el problema. No soy optimista.

¿Y qué rol crees que cumple la familia?

Hay familias que lo dejan todo por el hijo, hija o marido. Y hay otras que no. Yo conocí un caso en la chacra, de un pibe que estaba recuperándose de la pasta base, estaba por salir. Pero, ¿cuál es el problema? A él lo había introducido en la pasta base la madre, y la madre consumía. Entonces, se iba a ir de ahí para la casa de la madre…

Creo que depende muchísimo del nivel educativo, social y cultural que tenga la familia y de las condiciones económicas. La inmensa mayoría de los adictos proceden de hogares totalmente destruidos por la miseria. Antes salían a rapiñar, ahora es más negocio repartir las lágrimas, y es menos peligroso. Entonces, lo que estamos haciendo es agregándole sal a guiso.

El caso de Nacho escapa a esa dinámica, él viene de un hogar con una economía próspera, lo que también derriba el mito de que solo las personas pobres consumen pasta base.

Totalmente. Si bien la inmensa mayoría es gente muy humilde, gurises jóvenes, de la zona del cinturón del norte y el oeste, el mismo Nacho cuenta que algunas noches compartía la calle con un tipo que era abogado o médico y que había terminado ahí. Yo siempre digo que la distancia que nos separa a vos, a mí, a cualquiera, de un lugar de esos, son tres o cuatro decisiones mal tomadas. Una de ellas es empezar a consumir.

¿Hay belleza en la historia de vida de Nacho?

Hay belleza en su historia de fracaso y superación. Es una belleza difícil de descubrir, sutil. Otra cosa que me resulta muy bella es su espíritu solidario. Él deja de comer para que coma otro. Y lo digo porque lo he visto. Él tiene muy buena relación con algunos de sus excompañeros de internación, y algunos cuando tienen recaídas van a parar a la casa de Nacho, se quedan unos días, hablan con su padre, que es una excelente persona, un ser muy bello.

¿Qué esperas que les ocurra a los lectores cuando se enfrenten a esta historia, que funciona también como una suerte de espejo de la ciudad que habitamos y de una problemática que vemos a diario?

No me esperaba la repercusión que tuvo el libro, que por alguna razón que desconozco cayó como una bomba atómica. Generó miles de lectores, y miles de reacciones de gente iba a la editorial, por ejemplo, a pedir un contacto conmigo, porque querían consultarme sobre el tema. Me ha pasado de cruzarme con gente que me para en la calle, porque me ha visto estos días en televisión, y me cuentan que tienen tal problema con el hijo, el hermano o el marido, y me preguntan qué pueden hacer. Te estoy hablando de decenas de personas.

La presentación del libro fue brutal. La mitad de la gente que estaba allí, después, me vino a compartir su propio problema con la cocaína, con la pasta base, con lo que fuera. Gente, además, conocida. Y hay que tener coraje para ir a hablar con un tipo que escribió un libro y decirle: “Mirá, yo tengo este problema, ¿cómo podés hacer para ayudarme?”. Y lo hicieron. Creo que en muchos casos hay voluntad de recuperarse.

Ahora, yo aclaro que no escribí ni un libro de autoayuda ni un libro de sugerencias sobre cómo abordar el problema. Escribí la historia de Nacho. El que quiera encontrar ahí cosas, que las busque.

También me hizo pensar que, pese a la indiferencia que existe, la gente percibe que tenemos un problema muy serio, que no lo vamos a resolver ni en un año ni en dos, y que no nos va a afectar solo a nosotros, sino a nuestros hijos y a nuestros nietos.