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Sociedad futuro | Inteligencia Artificial | revolución

Innovación y mundo laboral

En la bruma de un futuro

Con la irrupción masiva de la Inteligencia Artificial, eruditos y legos nos hemos puesto a opinar sobre lo que nos depara el futuro.

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Cuando en los asados de los amigos, los espectáculos deportivos, en la feria y en cuanta conversación de dos o más personas (y hasta en la intimidad de un soliloquio) se instala un tema, me parece buena cosa que lo empecemos a poner sobre la mesa para discusiones más estratégicas.

Ya se ha hablado de la revolución tecnológica, el desarrollo de los automatismos, la sociedad de la información y cosas por el estilo. Pero con la irrupción masiva de la Inteligencia Artificial, eruditos y legos nos hemos puesto a opinar sobre lo que nos depara el futuro. Después del primer asombro, y la utilización casi lúdica de las herramientas de este tipo que tenemos a mano, empezamos a ver la amenaza que se cierne sobre el mundo del trabajo y entramos a calcular a quiénes el sistema va a empezar y seguir eliminando del mundo laboral.

Ante el peligro, una común reacción es convertirnos en luditas del siglo XXI. Aclaro, los luditas eran un movimiento en plena revolución industrial en el siglo XIX que salían a destruir máquinas porque consideraban que éstas iban en contra del trabajo de los obreros. Para evitar este comportamiento, me propongo tirar algunas ideas en forma de dudas, no de aseveraciones, pequeñas provocaciones, para entrarle al tema.

Parecería que quien más, quien menos se verá afectado por estos procesos de innovación. Pensemos en una situación hipotética extrema donde capital y tecnología desplazaran totalmente a todos los trabajadores. De hecho, ya hay Inteligencia Artificial creando Inteligencia Artificial. Si bien es una hipótesis absurda, siempre va a haber trabajos a realizarse por hombres y mujeres; plantearnos este extremo nos ayuda a hacer un ejercicio que permita ir avanzando en consecuencias y soluciones a este proceso.

Ya habrá empresarios liberales que se froten las manos pensando el fin de la lucha de clases por la vía de la desaparición del trabajo humano. En este caso hay que prevenirlos de que, al desaparecer los trabajadores, también desaparecería el consumo, y con él la demanda, y eso los llevaría a la ruina. Es más, he escuchado que desde las trincheras del materialismo dialéctico también se festeja por esta vía la autodestrucción del capitalismo, cosa que se viene anunciando desde el siglo XIX, pero a esta altura cuesta creer este proceso mecánico.

Evidentemente estamos ante un cambio, por lo menos en esta próxima fase de la historia, que parecería desembocar en un proletariado de técnicos, tecnólogos e ingenieros. Una primera conclusión, y aunque lo escriba en forma de afirmación debe de ser concebida como una pregunta, sería hacia dónde deberíamos como sociedad ir fortaleciendo la formación en el mundo del trabajo. No para facilitarles las cosas a los que se apropian de la plusvalía, sino porque parecería que aquellos sin este tipo de formación pueden llegar a conformar una gran masa que ni siquiera de explotados sería. Simplemente quedarían a la vera del camino.

Este punto es interesante porque este sector del mundo del trabajo, los técnicos, muchas veces no se siente parte de la clase obrera. Pero, sin embargo, la captación de plusvalía de estos sectores es cada vez mayor. Por ejemplo, imaginemos un genetista capaz de producir una semilla de cualquier cultivo resistente a la sequía. Se le paga un buen sueldo, casa y vehículo, y una campera con el logo de la corporación empresarial. Se sentirá parte de ellos. Pero las enormes ganancias generadas en este tipo de desarrollo productivo serán apropiadas por los dueños del capital. El trabajo vivo como concepto creador de valor y generación de plusvalía no cambiaría. Lo que habría sería una sustitución del esfuerzo físico por el conocimiento. Este conocimiento es el que permite realizar la transformación que genera valor, que dejaría una plusvalía muchísimo mayor en manos de los dueños del capital. De allí el concepto de una nueva clase obrera.

Tenemos ya algunas canaletas sobre las que empezar a discurrir: ¿qué hacer con las grandes masas de la humanidad que queden por el camino?, ¿cómo concientizar y organizar a esta nueva clase obrera que se siente aparte, aunque es mucho más explotada por el valor que genera? Y hay mucho más: ¿cuáles son los costos energéticos globales para este funcionamiento, la concentración de los medios y de las capacidades estratégicas (solo imaginen un monopolio de la información espacial, por ejemplo, que ya se ha escuchado)? Creo también que el Estado y los medios de producción de la economía social (de un socialismo utópico a una solución real a las alternativas extremas de la revolución tecnológica) deberán ser parte de las posibles soluciones.

Solo me quedan dos seguridades: es urgente y estratégico poner estos temas en agenda y, segundo, si alguien lee este artículo, voy a tener una fila de gente discrepante. Ambas cosas valdrán la pena.

Y si las críticas son muchas y despiadadas, me quedará la excusa de afirmar que en realidad la culpa es de la IA, que fue quien escribió el artículo.

Por Andrés Berterreche

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