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Sociedad Gaza |

La mentira del alto el fuego

Gaza, un día cualquiera: bombas, hambre, calor, ratas, dolor y oscuridad

Desde la tierra del genocidio, Hamza cuenta a Caras y Caretas las vicisitudes que transita su familia para mantenerse en pie, en Gaza. Por otro lado, colectivos uruguayos cuentan qué acciones realizan para brindarles apoyo y contención.

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Caras y Caretas Diario

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El despertar en Gaza está marcado por la llegada de un elemento tan codiciado como vital: el agua. El ruido de los camiones cisterna le avisan a Hamza que es hora de la primera lucha del día. Entonces, carga los cubos donde, si es un día de suerte, transportará el agua para su familia tras horas de hacer fila. A veces hace varios viajes y varias filas para completar la cantidad necesaria para una familia de cinco integrantes. Hamza y su esposa Bara tienen una hija llamada Iman, de cinco años; un hijo que recientemente cumplió los tres años, Murad; y un bebé de 8 meses que se llama Uday.

La secuencia de recolección de agua se repite a diario, pero no siempre se logra el objetivo. “Todos los días llegan dos o tres camiones en distintos intervalos de tiempo, pero no son suficientes para todos. A veces vuelvo con las manos vacías porque el depósito está completamente vacío cuando llega mi turno”, me cuenta Hamza vía WhatsApp, traductor mediante, y con intermitencias que a veces duran horas o días porque la energía y la señal no son moneda corriente. Como no lo es la salud, ni la integridad física. Por eso, cada respuesta de esta entrevista es un alivio y una alegría difícil de explicar.

El siguiente desafío del día es para hacerse del pan. Hamza debe hacer otra larga fila, en medio de una multitud, y luego de una caminata poco decorosa por una tierra que lo vio crecer pero que ya no parece ser la suya. “Caminamos con mucho miedo porque la muerte siempre está cerca. El sonido de los aviones nos acompaña constantemente. Vivo cerca del Hospital Al-Shifa. Todos los días veo pasar a los heridos y a los muertos”, relata.

Entre caminatas, calor, filas, el mediodía lo sorprende. Como no puede comunicarse vía telefónica con su esposa, Baraa, regresa a la casa para consultarle qué puede cocinar y qué provisiones necesita. Se dirige al mercado para ver qué consigue, porque los precios son muy altos y la disponibilidad de productos muy volátil. “Los precios de los teléfonos aquí son exorbitantes; el más barato cuesta 1000 dólares. Por eso, solo usamos un teléfono. Muchas familias ni siquiera tienen uno”.

Si consigue insumos, Hamza regresa a la casa y enciende una fogata para cocinar. Cuenta que “hay gas disponible, pero en cantidades limitadas, entonces se debe cuidar lo más posible”. Como no tienen electricidad, mientras Baraa prepara la comida él emprende otra caminata hacia algún punto de carga donde deberá pagar una tarifa para cargar el celular y una pequeña linterna que será la única fuente de luz cuando caiga la noche, durante dos horas. “Nos acostamos en completa oscuridad”, relata.

La noche trae otras complicaciones y conciliar el sueño no suele ser sencillo. Además de los pensamientos rumiantes que asaltan a Hamza durante las noches y el dolor en sus pies debido a lesiones que dejan las caminatas diarias, debe estar atento a los insectos y roedores con los que convive. “Muchas veces no puedo dormir. Esta es mi vida, y lo más difícil es la sensación de impotencia por la falta de oportunidades laborales. Cuando tus hijos te piden algo, o tu esposa te pide pañales y leche para un bebé de siete meses, y no puedes dárselo, la situación se vuelve crítica. La temperatura es altísima, como estar en un horno, y las ratas están por todos lados, comiéndose la comida, si es que queda algo”.

Hamza y su familia vivieron mucho tiempo en un campamento, pero hace poco lograron ocupar lo que quedó de una precaria vivienda, en un tercer piso. “Ahora vivo en un campo de refugiados. Mi casa quedó completamente destruida, está fuera de mi alcance. Muchas familias siguen viviendo en condiciones muy precarias en las tiendas de campaña, donde además de ratas hay serpientes e insectos extraños que se arrastran”.

“La vida aquí es un infierno. Tan solo ver la destrucción causada por la ocupación es insoportable. Hay zonas a las que no podemos llegar; han tomado el control total. Pero nadie puede entendernos a menos que vivan como nosotros”.

Esta familia es solo una de las miles que atraviesan a diario situaciones similares o incluso más drásticas. Caras y Caretas pudo conocer su historia y conversar con uno de sus integrantes a través del vínculo que mantiene con el colectivo AyudaGazaUy, una iniciativa uruguaya impulsada por la psicóloga Eliana Noceti, que actualmente reúne a más de un centenar de personas.

Desde diciembre de 2024, el colectivo acompaña a unas ocho familias palestinas a través de una modalidad que ellos llaman “apadrinar”. Esto implica el envío mensual de dinero para que puedan comprar alimentos, ropa y otros insumos básicos para la vida cotidiana, pero también un acompañamiento sostenido a distancia, con apoyo y contención vía telefónica.

En diálogo con Caras y Caretas, Mario Noceti y Laura Callero, integrantes del colectivo AyudaGazaUy, relataron las condiciones inhumanas de supervivencia a las que están sometidas las familias con las que tienen contacto, la falta absoluta de insumos básicos y el deterioro sistemático de la situación humanitaria en la zona.

Gaza hoy

Al evaluar el panorama, Noceti mencionó los tres problemas principales que, a su entender, describen la situación actual. En primer lugar, desmontó el relato de la tregua al señalar que el cese del fuego “nunca fue un cese en sí” debido a que los ataques armados “pasaron a ser menos masivos, pero continúan ocurriendo de manera constante en las zonas donde se refugian las familias asistidas”.

Desde el “alto el fuego”, decretado en octubre del 2025, Israel asesinó a 1.258 palestinos en Gaza, de los cuales unos 300 son niñas y niños, elevando el total a 73.386 asesinatos desde el inicio del genocidio, según el último informe situacional difundido por la Embajada de Palestina en Uruguay, fechado del 3 al 10 de agosto del 2026. “En una violación flagrante y continua del llamado alto el fuego, las Fuerzas de Ocupación Israelíes (FOI) siguen llevando a cabo ataques militares a gran escala en toda la Franja de Gaza, mientras que cerca de 2,1 millones de palestinos permanecen concentrados en zonas superpobladas que abarcan aproximadamente un tercio de la Franja, y en condiciones humanitarias cada vez más precarias”, informa el documento. Solo en el mes de julio, "se documentaron más de 150 muertes".

A este hostigamiento militar, señaló Noceti, se le suma el bloqueo total de las fronteras. “Israel cerró todas las fronteras, no está entrando prácticamente nada. Es como una muerte por asfixia”. El informe mencionado anteriormente también detalla que, de acuerdo a evaluaciones recientes, “1,4 millones de palestinos, aproximadamente el 67 % de la población de Gaza, sufren inseguridad alimentaria aguda en la fase 3 o superior, incluyendo a más de 212.000 personas que enfrentan niveles de emergencia de inseguridad alimentaria”. Además, se constató que 74.200 niños “necesitan tratamiento urgente por desnutrición aguda y 24.600 mujeres embarazadas y lactantes que requieren intervenciones nutricionales urgentes”.

Un tercer problema, prosiguió el entrevistado, es vivir a la intemperie bajo condiciones climáticas extremas. “La mayoría de las familias viven en carpas o entre escombros, en un contexto de temperaturas de 36 grados, sin ropa adecuada para ese clima, donde no hay nada que haga sombra ni energía eléctrica para refrigerar alimentos o poder tomar agua fresca. Ellos nos cuentan que toman agua caliente”, contó.

A modo de ejemplo, detalló el caso de Bashar, un hombre que cuida a 16 niños pequeños y bebés que el genocidio dejó huérfanos y que enfrenta diversas dificultades para criarlos. “Vive en un entorno infectado por cucarachas, ratas y mosquitos, sin posibilidad de visibilidad nocturna para reaccionar ante cualquier peligro. Toda esa situación genera un caldo de cultivo sanitario porque no hay agua potable potable, no hay ningún tipo de sistema para las aguas residuales ni para la basura. Hay muchos vectores de contagio de enfermedades y la atención médica y el acceso a medicamentos es nulo”, relató Noceti.

“Básicamente es un campo de concentración; es lo más parecido a Auschwitz pero con algunas características distintas de acuerdo a la época y la tecnología. Ahora pusieron grúas de construcción con ametralladoras automáticas arriba; los tienen vigilados. Es una locura”, agregó.

La ley del mercado

El bloqueo no solo frena el ingreso de ayuda, sino que determina las condiciones del comercio con Egipto, que es la única vía de acceso a la compra de insumos que tienen las familias palestinas. “Es la ley de mercado: cuanto más difícil es hacer llegar las cosas, más aumentan los precios porque los comerciantes egipcios aprovechan la situación”, explica Callero. Esta situación hace que los precios sean “muy volátiles”, dependiendo de la mercadería que ingrese a Gaza. “Hoy se necesitan unos 60 dólares por persona, por día, para comprar los insumos básicos”, agrega Noceti.

Según información que proporcionaron desde el colectivo, una docena de huevos solía costar 1 dólar y actualmente deben pagar por ella entre 20 y 40 dólares, dependiendo del lugar y el momento dado. Los productos más caros son las frutas, las verduras y la carne. Un kilo de pollo, por ejemplo, cuesta unos 30 dólares. “Es muy difícil para las familias acceder a este tipo de alimentos por lo que la calidad de la alimentación se ha ido deteriorando. Más allá de los precios, es importante recordar que la economía está destrozada, por lo que la inmensa mayoría de la población no tiene fuentes de ingresos, dependiendo enteramente de la ayuda externa”, señalaron.

Algo que deteriora más la alimentación es que al vivir gran parte de la población en carpas se hace muy difícil acceder a combustible para cocinar. “El costo de un kilo de gas sale 40 dólares, es decir, 17 veces más de lo que cuesta en Uruguay. Un encendedor se consigue por 25 dólares y un kilo de leña por 3 dólares”, contaron los integrantes del colectivo.

En cuanto a la situación general, señalaron que el bloqueo también restringe el ingreso de materiales necesarios para la construir las tiendas de campamento, como por ejemplo las lonas, que son azotadas por el sol y las tormentas, debiendo usar en su lugar materiales que puedan reciclar como nylon, lo que aumenta el calor dentro de las carpas. “La precariedad de las carpas, la falta de electricidad, y la convivencia permanente con ratas e insectos, han hecho surgir focos infecciosos en el 75 % de los campamentos, como la varicela”, agregaron.

Un puente solidario

AyudaGazaUy nació como una reacción íntima de su impulsora ante el sufrimiento del pueblo palestino que observaba desde la distancia, a través de las pantallas, y con el tiempo se transformó en una organización que difunde los testimonios de vida recibidos desde Gaza y promueve la ayuda económica de personas en Uruguay hacia familias palestinas afectadas por el genocidio.Sobre la logística de la ayuda, Callero explicó que el envío de dinero es actualmente el único canal viable para brindar asistencia. “Días atrás el embajador de Palestina [Ahmad Alsweis] nos sugirió que no hagamos el intento de enviar ropa, insumos, alimentos o lo que sea, porque queda retenido en Egipto. Solo se puede enviar dinero”.

Para poder recaudar dinero para enviar a estas familias el colectivo recibe donaciones de sus integrantes, realiza rifas mensuales que se venden a cien pesos, ventas económicas de ropa y de artículos de merchandising. También han organizado festivales e incluso una de las integrantes teje prendas que luego venden.

Las transferencias de dinero a Palestina se realizan a través de plataformas como GoFundMe, mediante un proceso sencillo. Quienes deseen donar y necesiten información sobre el procedimiento, pueden recibir orientación de AyudaGazaUy sobre plataformas seguras, conversión de monedas y otras dudas que puedan surgir.

Noceti reconoció que transmitirles a las personas seguridad para realizar transferencias es otro de los desafíos del colectivo. “Entendemos que actualmente las estafas están a la órden del día y que mucha gente pueda sentir inseguridad o desconfianza al enviar dinero a personas que solo conocen por instagram o pesar que ni siquiera están en Gaza. Por eso es fundamental que sepan que las familias que apoyamos están geolocalizadas, es decir, ya hemos comprobado que están en Gaza. Hacemos videollamadas con ellos con frecuencia y los vemos en medio de los escombros. A lo largo de estos dos años hemos ido generando un contacto fuerte y ya conocemos sus vidas”.

Agregó, además, que también es necesario lograr que la gente confié en el colectivo para que se sientan seguros de realizar colaboraciones, comprar rifas o colaborar de alguna otra manera. “Venimos trabajando en lograr que las personas conozcan y confíen en el trabajo que hacemos. Nosotros mostramos a través de nuestras redes fotos y videos donde las familias agradecen la ayuda económica que reciben, muestran los alimentos que pudieron comprar, etc.”.

Los integrantes reafirmaron el compromiso ético que rige el manejo de los recursos generados tanto por la campaña mensual como por las rifas y eventos solidarios. Noceti aclaró que “el colectivo no posee costos de funcionamiento y que la totalidad de los fondos recaudados se destina íntegramente al envío de dinero a las familias”, rindiendo y documentando los montos y cada gasto operativo extraordinario para asegurar la transparencia absoluta de la gestión.

La batalla narrativa

El problema que está enfrentando el colectivo actualmente es que, a medida que pasa el tiempo, las donaciones y la disposición a colaborar han disminuido. “Creemos que la merma en las donaciones tiene que ver con la existencia de un discurso dominante que ha instalado el cese de las agresiones. Esta narrativa condiciona la opinión pública y, por lo tanto, también la disposición a colaborar o ayudar”, explicó Callero. “El relato del alto el fuego no tiene nada que ver con la situación actual, donde no solo la zona sigue asediada, sino que además no tienen ningún tipo de apoyo”.

Ante esta inexistencia de apoyo, la activista enfatizó la importancia de lo enviado desde Uruguay. “La única ayuda con la que cuentan es la que nosotros podemos hacer llegar. No tienen otra posibilidad de acceder a alimentos. medicinas o ayuda humanitaria. Eso hace que sea más determinante que las personas sepan lo que está ocurriendo, para que puedan tomar conciencia de la relevancia que tiene hoy la ayuda que le hacemos llegar a estas familias”.

Al problema de la “falsa narrativa” se suma el deterioro de la situación económica en Uruguay. Según señaló Noceti, muchos colaboradores habituales han visto reducidos sus ingresos, lo que limita la capacidad de colaborar. Asimismo, identificó un factor de frustración: “Hay una sensación extendida de que las contribuciones que uno puede hacer resultan insuficientes frente a la magnitud de la tragedia”.

“Las donaciones también disminuyeron porque vamos naturalizando el horror, el dolor, el sufrimiento. Las primeras imágenes de infancias amputadas generaban un impacto que ya no genera”, sumó la activista.

Frente a este complejo panorama, el colectivo decidió reestructurar su estrategia de financiamiento y lanzó una campaña orientada a consolidar una base de colaboradores recurrentes mediante una suscripción mensual fija. El esquema busca sumar al menos a 70 personas comprometidas a aportar una cuota accesible de 300 pesos uruguayos al mes —con la opción de destinar montos superiores para quienes dispongan de mayores recursos—, lo que garantizaría un flujo de dinero "interesante" para sostener las transferencias directas a Gaza.

Los integrantes del colectivo aseguraron que para ampliar la red de voluntarios del colectivo es fundamental “dar a conocer la situación real” que está transitando el pueblo palestino, algo que se ha convertido en el principal desafío. Al respecto, Callero explicó que, si bien las plataformas digitales suelen ser el vehículo primario de comunicación, “existe muchísima censura”, por lo que “cada vez menos personas ven nuestras publicaciones”.

Esta limitación en el entorno virtual, según relató, impulsó la necesidad de diversificar las vías de contacto y recurrir tanto al “boca a boca” entre familiares, amigos y allegados, como intentar llegar a los medios de prensa y comunicación. “Necesitamos más que nunca ayuda en la difusión de otras perspectivas y relatos sobre la situación actual porque muchas personas la desconocen. De esa forma, podremos lograr que más personas sean parte de nuestros grupos”, dijo Callero.

Transmutar el dolor

El compromiso e involucramiento cotidiano con la causa palestina es transformador. Así lo viven y transmiten quienes integran el colectivo. “Uno de los efectos más tangibles que tiene es que lográs transmutar una energía de frustración y dolor en una acción comunitaria. Es como dar una batalla, desde el lugar que podes, por el futuro que le querés dejar a tus hijos. Yo miro a mis hijas y veo en ella a todos los niños del mundo, es imposible disociar”.

Asimismo, destacó cómo la cercanía con la carencia extrema promueve un ejercicio de gratitud profunda ante las condiciones de vida en Uruguay —como el acceso al agua caliente o al resguardo elemental—, lo que “fortalece el espíritu”. “Cada vez que me doy una ducha caliente pienso en lo afortunado que soy. Son cosas que quizás antes no agradecemos, que las damos por sentadas”.

En el plano conceptual y social, el activista echó por tierra los sesgos políticos o identitarios al aclarar que el colectivo “es completamente apolítico”. A modo de ejemplo, contó que cuenta con el apoyo de colaboradores de la comunidad judía. “Quien salva una vida, salva el mundo”, resumió citando la máxima del Talmud.

Por su parte, Callero expresó que su experiencia en el colectivo representa una paradoja humana profundamente “movilizadora” que “genera todo tipo de reflexiones”. La activista definió como “una maravilla” el hecho de que, en medio de la crueldad y la inhumanidad del genocidio, “florezcan lazos de amor, compasión y fraternidad entre personas con las que jamás nos habíamos visto las caras, pero con las que nos sentimos hermanados ante una misma causa”. Como otro efecto, contó que el propio colectivo en Uruguay se consolidó como “una red de contención y sostén emocional mutuo” frente al impacto psicológico que implica el contacto diario con el sufrimiento ajeno. “Te vas rompiendo. Cíclicamente, nos va tocando a todos quebrarnos en algún momento. Tenemos días en los que no podemos parar de llorar, en los que estamos súper angustiados y siempre alguien te sostiene”, confesó.

Esa misma fraternidad trascendió fronteras y barreras culturales para construir un vínculo afectivo horizontal con la población palestina, a quienes hoy consideran verdaderamente parte de su familia. Cuentan que los receptores de la ayuda suelen dirigirse a los voluntarios uruguayos bajo el trato de “hermanos”, generando una reciprocidad emocional donde el colectivo sufre con sus pérdidas y celebra cada atisbo de bienestar.

“Si bien nosotros somos los que enviamos ayuda, también recibimos todo el tiempo ayuda de parte de ellos, que también nos sostienen emocional y afectivamente. Cuando les contamos que estamos complicados y que no podemos mandar todo lo que quisiéramos, nos sostienen a nosotros en nuestros problemas. Ni que hablar de lo que aprendemos de ellos: es admirable cómo encuentran espacio para la alegría, para el juego de los niños, cómo se sostienen en la fe y nos transmiten esa fortaleza y lucha por mantenerse cada día con vida. Entonces, cuando lo pensamos: ¿quién está ayudando a quién?”.

Solicitud de refugio

Actualmente unas 18 familias, conformadas por 127 personas, se encuentran esperando respuesta a su solicitud de asilo humanitario que hicieron el año pasado al Estado uruguayo. Entre estas personas, 29 son menores de 18 años, 2 son bebés que no alcanzan el año.

RefugioGazaUy es otro colectivo uruguayo que está acompañando a estas familias en el proceso de solicitud de refugio. “Nosotros canalizamos las solicitudes de refugio que las familias han hecho por iniciativa propia luego del desgaste de sucesivos desplazamientos y la pérdida de familiares. Las solicitudes nos llegaron cuando llevaban más de un año sufriendo el genocidio”, explicaron Ismael Samandú y Taína Moreira, integrantes del colectivo, a Caras y Caretas. “Nosotros no hemos ofrecido, y tampoco ofrecemos, la posibilidad de presentar estas solicitudes”, aclararon.

Contaron que el contacto con estas familias no se estableció a partir de las solicitudes de refugio, sino que se generó “a partir de ayudarlos económicamente y charlando con ellos frecuentemente para saber sus necesidades de supervivencia”.

Actualmente, el colectivo tiene como objetivo “hacer el seguimiento de las solicitudes de refugio e intentar conseguir apoyo de organizaciones o instituciones que entiendan la necesidad, y, en función de cada situación, el derecho humano que les asiste a recibir refugio”.

En este proceso, se comunicaron con Cancillería y siguieron las pautas sugeridas por la directora de DDHH para recibir formalmente las solicitudes. “Las familias aportaron toda la documentación necesaria, la cual entregamos en forma sistematizada y organizada a Cancillería en los últimos días de setiembre de 2025”.

Sobre la respuesta del Gobierno ante la gestión realizada, expresaron: “Hasta ahora, tras algunas consultas que atentamente la directora de DDHH respondió, el Gobierno no ha tomado ningún tipo de decisión. Nunca tuvimos respuesta del canciller. A fines de setiembre se cumplirá un año desde que presentamos sus solicitudes de refugio”.

Desde el colectivo explicaron que las familias palestinas “preguntan con frecuencia por la respuesta” y remarcaron que “no es una mera espera, sino en medio de una situación desesperada en la que casi no hay recursos para la supervivencia ni comida suficiente ni tratamiento adecuado para atender distintas situaciones de salud, con refugios y abrigo muy precario”.

A modo de ejemplo, contaron que, al momento de presentar las solicitudes, entre las familias solicitantes “había una mujer embarazada que ya ha dado a luz y enfrenta el riesgo de amamantar en un contexto donde la atención médica está colapsada y el control tanto del embarazo como neonatal es muy difícil”.

Desde RefugioGazaUy remarcaron que el colectivo “no está promoviendo la emigración ni la limpieza étnica, ni el despoblamiento de Palestina”, sino “atendiendo el pedido de un grupo de familias que han tomado decisiones familiares muy dolorosas en el momento más agudo de sufrimiento del genocidio, con niños pequeños”.

Para finalizar, destacaron que, si bien varias organizaciones sociales están apoyando esta iniciativa, para que se concrete se requiere el apoyo de la sociedad. “Las personas sensibles con el sufrimiento del pueblo palestino tienen que apoyar públicamente esta solicitud y exigir que el Estado uruguayo honre los compromisos internacionales que todo Estado debe atender”.

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