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Sociedad hechos | medicina |

No son hechos aislados

¿Cuántas veces puede una sociedad declararse sorprendida por aquello que ya conoce?

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Caras y Caretas Diario

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El mismo estudiante había sido denunciado por sus compañeros de liceo ante las autoridades del mismo centro educativo.

¿La respuesta?, ¿la reacción?, ¿la solución?

Nada.

¿Cuánta sangre hace falta para que un hecho deje de ser considerado aislado?

Necesitamos revisar nuestra cultura. Porque la violencia no nace en el vacío. Crece dentro de una sociedad que durante siglos naturalizó la posesión sobre los cuerpos de las mujeres, la desigualdad, el control, los celos, el disciplinamiento y el silencio. Después nos sorprende el desenlace. Nos preguntamos cómo pudo suceder. Buscamos una explicación excepcional. Un monstruo. Un loco. Una anomalía. Algo que nos permita colocar el horror fuera de nosotros.

Pero quizá la pregunta más urgente no sea solamente quién hizo esto. Quizá también debamos preguntarnos:

¿Qué no vimos?

¿Qué vimos y minimizamos?

¿Qué escuchamos y no creímos?

¿Qué señales fueron desestimadas?

¿Qué mecanismos fallaron?

Tal vez aislamos las señales. Aislamos las denuncias. Aislamos a las víctimas. Aislamos cada fracaso institucional del anterior.

Pensarlo como un hecho aislado tranquiliza.

Un hecho aislado no obliga a revisar.

Un hecho aislado permite continuar.

¿Cuánta sangre hace falta?

Las palabras construyen realidad. Organizan nuestra percepción de los acontecimientos. Deciden qué relacionamos y qué separamos.

Quizá el problema sea precisamente ese: seguimos mirando individualmente aquello que necesita una lectura colectiva. No se trata de afirmar que todos los episodios son iguales. No lo son. Cada situación tiene un relato, responsables, circunstancias y consecuencias particulares.

Reconocer un patrón no significa borrar las diferencias. Significa preguntarnos qué condiciones permiten que determinados ataques vuelvan a suceder. Y allí aparece una responsabilidad incómoda: la de las instituciones.

Educativas.

Judiciales.

Policiales.

Sanitarias.

Políticas.

Sociales.

Culturales.

Comunitarias.

Las instituciones no son edificios. Las instituciones son personas. Personas que escuchan o no escuchan. Que creen o no creen. Que deciden. Que archivan. Que habilitan. Que desestiman. Que tienen poder.

Las personas que están en los lugares de poder tienen que escuchar. Saber escuchar. Porque escuchar también implica perder algo. Perder certezas. Perder centralidad. Y, sobre todo, estar dispuestos a revisar privilegios.

No hablamos de culpa individual. Hablamos de quienes ocupan lugares de legitimación, de quienes son referentes, de quienes forman y educan. Y hablamos también de algo más difícil: de la capacidad de acercarse a una experiencia que quizá no sea la propia. Estudiarla. Escucharla. Intentar comprenderla.

¿Cuánta sangre?

¿Cuántas experiencias individuales necesitamos reunir para admitir que estamos frente a una experiencia colectiva?

La brutalidad contra las mujeres no empieza con el golpe, la puñalada o el asesinato. Empieza mucho antes. Por eso no alcanza con repudiar. No alcanza con acompañar después.

Actuar antes significa escuchar una advertencia cuando todavía parece pequeña. Tomar en serio una denuncia. Formar a quienes tienen la responsabilidad de decidir. Entender que una señal desestimada también puede formar parte de la historia de lo que sucede después.

¿Hasta cuándo las mismas que reciben la agresión tendrán además la obligación pedagógica de explicar cómo detenerla?

Durante años han sido principalmente las mujeres quienes investigan, denuncian, marchan, acompañan, escriben, producen conocimiento, crean redes y elaboran herramientas para enfrentar el abuso que reciben sobre sus propios cuerpos.

Y les pedimos otra tarea.

Hay algo profundamente injusto en esto: quienes están en riesgo terminan teniendo que saber más que quienes deberían protegerlas.

Quien está en peligro tiene que saber inmediatamente qué hacer: dónde denunciar, cómo conservar pruebas, a quién llamar, qué decir, cuándo irse, cómo protegerse.

El expediente puede esperar.

El riesgo no.

Muchas mujeres hablan. Y después de haber hablado comienza un segundo recorrido: demostrar que aquello que dijeron merece ser tomado en serio.

Hay algo más que deberíamos preguntarnos:

¿Cuántas veces puede una sociedad declararse sorprendida por aquello que ya conoce?

Marianella Moreno