Es que la relación entre creación, obra concreta y su confrontación con un público determinado es una compleja red de fenómenos relacionales en permanente resignificación. Una sociedad no siempre quiere verse ni reconocerse, al menos no del modo representado. Eso a veces cambia y a veces no.
El documental intenta preguntar y responder cómo y por qué se filmó semejante película con algunos de los travellings más emblemáticos de la historia del cine. El cubano Enrique Pineda Barnet, que fue co-guionista, dice que “todavía me estoy preguntando qué película querían hacer”. Y más adelante aclara: “Querían hacer una película poética, un gran poema épico de aliento romántico sobre la revolución cubana. Y hay que decir que eso estaba en nosotros, en el espíritu de la Cuba de esos años. Estaba en mí. Yo veía los hechos en grande, de esa manera epopéyica y me entusiasmaba la idea”.
Un soviético en Cuba
A inicios de los 60 llegaban a Cuba todo tipo de intelectuales para impregnarse de la primavera de la revolución. Algunos eran cineastas. La temprana creación del ICAIC en marzo de 1959, entre los primeros decretos del nuevo gobierno, fue como la propia revolución cubana en su sentido político y metodológico: un escándalo teórico. Es decir, algo que rompió paradigmas, no solo los conservadores sino también los revolucionarios.
En 1961 llegó un enorme grupo de trabajo del Comité Estatal de Cine de la URSS y de los Estudios MOSFILM para iniciar la colaboración en un ambicioso proyecto: mostrar al mundo la epopeya de la lucha revolucionaria cubana. Allí se planteó la idea de realizar una película sin tener idea de cuál, pero con la intención de plasmar la solidaridad de la URSS. Los soviéticos propusieron a Kalatozov, un director que se hallaba en la cima de su carrera ya que había ganado la Palma de oro de Cannes en 1958 con su filme más recordado: Vuelan las grullas. Además, trabajaría en colaboración con su director de fotografía habitual, Sergei Urusevsky y el guión del poeta Evgueni Evtushenko, aparte de un grupo de técnicos conformado por más de cien personas.
Choque cultural
Los soviéticos no se desprendieron del romanticismo y querían hacer algo grandioso. Aunque hablaban de Cuba como algo nuevo, se imponía la épica soviética, un desencuentro entre el caribe y el alma eslava. ¿Era puro realismo socialista? Soy Cuba no encaja en sus férreas definiciones pero se le parece demasiado.
La película consta de cuatro historias, todas antes de la revolución, empezando por la elegante juerga de los ricos extranjeros en la Cuba de Batista, el drama campesino contra la United Fruit Company, la lucha estudiantil ante la represión y la insurrección que logra el triunfo.
Uno de los varios plano-secuencia memorables es el del cortejo fúnebre de un estudiante, donde la cámara vuela entre edificios y dentro de ellos, sin steadycam ni drones. Otro es en la terraza de un lujoso hotel. La cámara deambula entre la gente que asiste a un desfile de modelos en bikini y capelinas para regocijo de ricachones que no paran de reír, beber, comer y bailar en una típica diversión de clase alta. Al fondo de la terraza se ve un cielo cargado de nubes y el mar de la bahía con su malecón. La cámara se acerca a un locutor, que desde un balcón incita al aplauso. Tras él se ven altos edificios y otra terraza más abajo con una gran piscina. La cámara inicia el descenso ante la reja del balcón pero pasa a través de esta hacia abajo, hasta que panea a la izquierda y desciende junto a la pared mostrando una vista de calles y más terrazas llenas de gente alegre que se divierte. Sigue bajando hasta la otra terraza con la piscina, vuelve a deambular entre la gente y sigue a una bella joven caminar e ingresar en el agua.
La cámara avanza hasta el borde y se sumerge y filma, alternadamente, fuera y dentro del agua a quienes nadan. Una proeza visual. Este tipo de escenas que tanto atrajeron a los realizadores fueron las que propiciaron que el filme fuera archivado a poco de su estreno en la URSS. Las imágenes de ese capitalismo dorado, plateado si nos atenemos al brillo de la fotografía de Urusevsky, eran desconocidas para el común de la gente.
Más allá de que implicaba una crítica al derroche de unos pocos, para el paternalismo de los guardianes dispuestos a proteger el gusto y la moral de las masas aquello era un peligroso aporte que podía alentar el idealismo acerca de las bondades del sistema capitalista. No habían aprendido que el ocultamiento es la mejor fuente de idealización.
Tal era el cuidado fotográfico de Urusevsky que logró traer de la URSS rollos de película que se fabricaban con fines militares. Experimentó con celuloide infrarrojo y se implicaba en el uso de equipamiento con su propia técnica y manías. Para determinadas escenas se vendaba los ojos y se apartaba. Eso le permitía, al sacarse la venda, dilatar mucho la pupila al mirar por el visor de la cámara para tener idea del resultado del brillo del blanco y negro que buscaba.
También hubo improvisación. Hay protagonistas que fueron buscados por meses pero se les eligió por encontrarles en forma imprevista. Una escena muestra a un afrodescendiente cantando en la calle y parece una genuina y espontánea canción popular cubana. Sin embargo, resulta que por mucho tiempo se había buscado un cantor para una escena que estaba prevista en el guión pero Kalatozov se topó en la calle con aquel hombre. El punto es que le hizo cantar una canción ficticia pues no era cantor ni cantaba bien ni tocaba la guitarra, pero visualmente era lo que quería. Después le ordenó escribir un texto al poeta Pineda Barnet y componer una canción al músico Carlos Farina, quienes tuvieron que crearla editando cuadro a cuadro en la moviola para respetar los movimientos de la boca. Aquella canción se volvió no solo un clásico en la música popular cubana, también es un famoso tema instrumental para guitarra que se llama Canción triste. Y es bellísima.
Estreno y olvido
Kalatozov y todo su equipo se fueron de Cuba convencidos de que tenían el material de la película que asombraría a los soviéticos y al mundo. Una expresión de la colaboración entre dos pueblos unidos en la construcción del comunismo pero la historia fue otra.
El 26 de julio de 1964 se estrenó simultáneamente en la URSS y en Cuba con la más alta presencia oficial. En Moscú generó las peligrosas asociaciones sobre los atractivos de un capitalismo del que mejor no hablar. En Cuba, la razón de su olvido fue que sencillamente no gustó. No por contradecir una visión oficial sino porque su estética parecía demasiado apegada a la grandilocuencia impostada del realismo socialista de manual.
Tal vez la cercanía con su historia revolucionaria y su realidad cotidiana, que se asumía como vital, apasionada y desinhibida, contrastaba con aquel relato moroso, comentado por una voz en off casi en tono de declamación que parecía un fósil, un arcaísmo poético muy alejado del habla del caribe. Y lo mismo sucedía visualmente. La poesía visual del filme es de una belleza tal que por momentos empalaga. El tempo de las escenas y los planos también parecían rendir culto a una retórica alejada de las vivencias de la lucha revolucionaria y del meneo vertiginoso del trópico.
No soy Cuba
A tal punto que la predominancia de la impresionante fotografía de Urusevsky, imponiéndose sobre el guión y hasta la propia dirección, es criticada por directores de fotografía que participaron del proyecto. Los encuadres, la angulación y el movimiento de la cámara, la textura y el contraste de ese blanco y negro envuelto en una luz plateada donde relucen los reflejos, conformaron un estilo visual atrapante, pero de un peso tal que para los cubanos hacía perder pie en la historia. Fue el choque de dos estilos diferentes, de dos épicas distintas, de dos necesidades históricas disímiles en funcionalidad, trayectoria, contexto y tradición.
Carlos García, actor en la película, afirma que “tal vez no entendimos su carácter (hablando de Kalatozov) lo seguro es que él no entendió el nuestro”. Aquel filme destinado a convertirse en paradigma de la solidaridad con Cuba fue abandonado por soviéticos y cubanos y comenzaba el camino del olvido hasta que el cambio de paradigmas, y sobre todo la caída de algunos, lo convirtió en un rescate de arqueología cinematográfica.
Rescate, estética y comercio
Después del derrumbe del Socialismo Real, y con una Cuba en plena penuria del período especial, Scorsese y Coppola, que ignoraban completamente su existencia, la descubren y compran los derechos para lanzarla comercialmente en los Estados Unidos. Scorsese llegó a decir que, de haberla visto en su momento, él sería un director diferente. Otra ironía que aprovecha las carencias y contradicciones. Un dato que recuerda la importancia de la apuesta a la diversidad, tanto en la creación como en la valoración de propias producciones. Algo que no implica solo el gusto oficial ni académico sino también los vaivenes del popular. Hay que asumir la complejidad de una sociedad para articular valoraciones en el devenir de su trayectoria, donde nunca todo es armonía en la dialéctica del arte, tantas veces sumido en un movimiento pendular de un opuesto a otro.
La paradoja es que, para los cubanos que contaron emocionados su participación en Soy Cuba, la sensación de maravilla sobre cómo se hizo choca con el disgusto de su resultado. Y la mayoría se sorprende de las valoraciones de la crítica norteamericana tras el relanzamiento. Es que semejante revalorización no deja de ser paradójica. El capitalismo renace comercialmente lo que antes criticaba. Cuando el comunismo no parece peligroso, el realismo socialista es bueno.
Alfredo Guevara, creador y por años al frente del ICAIC, afirmaba que "ahora, todo ese redescubrimiento de la película por otros, me encanta pero me hace reflexionar: Cuando la película era un apoyo necesario, fue ignorada; cuando es una pieza de arqueología, es rescatada”. El problema es que no fue desde la matriz imperial donde se produjo el archivo, el olvido y la ignorancia, sino en los países que fueron sus propios productores.
El documental del brasileño Ferraz, filmado en Cuba, recrea la increíble aventura de hacer “Soy Cuba” con algunos de los técnicos sobrevivientes junto a un soviético que volvió emocionado a la isla.
Para entender mejor de qué se trata, vale la cita del crítico norteamericano J. Hoberman que tituló su nota “Soy Cuba, una alucinación bolchevique” y dice: “Hay fósiles que los cinepaleontólogos buscan y fósiles cinematográficos que se aprecian de forma milagrosa. Soy Cuba pertenece a estos últimos. Fue tan inesperado como el de un mamut siberiano preservado bajo las arenas de una isla tropical".