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Columnas de opinión | Trump | violencia | Capitolio

La embestida de una bestia moribunda

Trump y los gansos del Capitolio

Si algo ha caracterizado a Trump desde su primer mandato es el ejercicio de la violencia: la legítima, inherente al territorio de los Estados Unidos de acuerdo con sus propias leyes, y la ilegítima, tradicional en el imperio del norte.

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Un totalitario inserto en un sistema autotitulado democrático pero que de tal tiene cada vez menos elementos. Alguien a quien muchos han comparado con Hitler por su alarmante inclinación al mesianismo y por su enfoque monomaníaco de la política, formulado a través del grito, la gesticulación y la amenaza. Alguien que, aún cuando no se apoyó en grupos paramilitares de asalto para llegar al poder, como sí lo hicieron en su día Hitler y Mussolini, estuvo a punto de concretarlo a través de la acción de los Proud Boys y otros grupos que invadieron el Capitolio en 2021, munidos de armas, aerosoles químicos, tubos y otros elementos, en un alarde de fuerza bruta muy similar a la de aquellos galos ataviados, curiosamente, casi de la misma manera (sacando las referencias a los búfalos y la diferencia de unos dos mil quinientos años), con largas barbas y melenas, pieles y cascos rematados en cuernos de metal; esos mismos galos que, hacia el 390 a.C., intentaron tomar la colina del otro Capitolio, el de Roma, y no lograron su propósito por culpa de los gansos sagrados, custodios del lugar, que se pusieron a graznar furiosamente, dando así el alerta. Se trata de una lección remota y a la vez muy presente, por lo menos para quien haya leído dos páginas de historia, pues son bastante inocultables las múltiples referencias yankees a la imperial fundadora del Occidente latino.

Hablamos de alguien que, a paso acelerado, camina hacia el abismo de esas fuerzas irracionales que, desde los albores de la humanidad, sólo han servido para sembrar horrores, dolores y despojos a su paso; alguien que no sólo lanza anatemas a diestra y siniestra, sino que concreta sus amagos y sus conminaciones. Lo ha hecho contra los inmigrantes, contra el propio orden constitucional de su país, contra la soberanía de Venezuela, contra la de Groenlandia (aunque a ésta todavía no la ha invadido), y de paso contra el resto del planeta. Alguien a quien eminentes psiquiatras estadounidenses diagnosticaron en 2017 como sociópata, narcisista, sádico, peligroso e incapaz de gobernar. Y sin embargo ahí sigue, ahí ha vuelto a ser colocado, a despecho de sus lamentables y riesgosos procederes y de sus antecedentes personales, de los cuales ha salido a la luz apenas la punta del iceberg.

A medida que los arrebatos psicóticos de Trump ponen al mundo de cabeza, glorifican la violencia, la erigen en un fin en sí mismo y la convierten en exhibición circense y en grosero arte de desvergüenza, esa violencia se despliega, libre de todas y cada una de las ataduras formales a las que malamente ha sido sujetada durante azarosos y sangrientos procesos que datan al menos de la Guerra de los Treinta Años en Occidente (1618-1648). Y así, al modo de un gigantesco hongo atómico, sube y sube la violencia, en alaridos del más impúdico cinismo, y se instala con una nueva faz en el mundo, mientras todos la contemplamos en un estado de estupor demasiado parecido a la inmolación colectiva.

Si algo ha caracterizado a Trump desde su primer mandato es el ejercicio de la violencia: la legítima, inherente al territorio de los Estados Unidos de acuerdo con sus propias leyes, y la ilegítima, tradicional en el imperio del norte, pero cada vez más desbordada desde la llegada de Trump al poder. Es posible que él crea, según sus procedimientos al estilo mafioso, que la amenaza repentina, abrupta, insólita y descarada, así como una actitud mesiánica sostenida a contrapelo de la realidad, le permitirá concretar sus objetivos. Pero Trump sigue caminando al borde del abismo, pues confunde política con violencia y violencia con política; y le es imposible, por tradición imperialista y por naturaleza, tomar conciencia siquiera de semejante confusión. Seguramente ignora que ya Hannah Arendt (quien adoptó la nacionalidad estadounidense en 1951) dijo que el poder necesita legitimidad y que la violencia requiere justificación, pues, de lo contrario, la segunda termina por devorar al primero. Esto es así porque la violencia no vale por sí misma; es siempre el instrumento para obtener otra cosa, y no la cosa en sí. Para Trump, sin embargo, parece ser su norte y guía, su argumento y su divisa. El hecho mismo de que haya retomado la Doctrina Monroe (sobre la que volveré en próximo artículo) es bastante esclarecedor. Trump no se detiene en eufemismos; no lo atrae la retórica; no intenta disimular sus apetencias de pillaje ni sus prácticas de piratería; no elabora ni un solo argumento que pueda tener siquiera la apariencia de la ética; no funda sus acciones en ninguna cosa mínimamente valiosa, como la defensa de la libertad o de la democracia, sino que va derechamente a su obsesiva angurria: lo que yo quiero es el petróleo, el oro, la posición estratégica, los recursos minerales, las tierras raras. Cree que él tiene siempre la razón, y la más absoluta certidumbre acerca de lo que busca y de los modos para conseguirlo.

Pero a pesar de los pesares, Trump trabaja sobre un campo minado, y éste no es otro que el de la móvil, maleable y bastante impredecible condición humana. Su violencia cae cual bombarda de fuego en el seno de diversas sociedades humanas y hace tambalear los bienes más preciados de la gente, como lo son la calidad de estado soberano, el territorio, la Constitución, la identidad, la idea de nación, la historia, las costumbres, el concepto de patria, de suelo y de memoria, los pactos, los organismos y las leyes internacionales; un cúmulo, en definitiva, de elementos sagrados y profanos que pertenecen a cada pueblo y también al conjunto de todos ellos. Hay aquí una gigantesca paradoja, compuesta de sucesivas partes. Primera parte de la paradoja: Trump no parece advertir el peligro de su propia violencia, en la que el fin perseguido puede verse fácilmente entorpecido y aniquilado no sólo por culpa de los medios a los que recurre, sino por las inesperadas e incontrolables consecuencias que pueden generarse. Segunda parte de la paradoja: la violencia genera más y más violencia a medida que avanza o recrudece. ¿Por qué? Porque en materia de acciones humanas nos movemos siempre en el terreno de la incertidumbre; no hay leyes inmutables, ni axiomas, ni fórmulas matemáticas; todo o casi todo está sujeto a las mudables circunstancias, entre las que se encuentran los mecanismos defensivos que los pueblos desarrollan, incluso contra alguien que, sin la menor duda, se cree un elegido; todo en los asuntos humanos queda sometido a la prueba de fuego del efecto-consecuencia. Mucho más en materia de política internacional, terreno en que la violencia es y ha sido, desde la noche de los tiempos, usada y repelida, instalada y resistida, a efectos de restaurar una y otra vez los grandes equilibrios del poder mundial, esos mismos que han hecho posible una convivencia siempre provisional, pero convivencia al fin; esos mismos que ahora Trump quiere hacer volar por los aires.

Como también señala Arendt, la violencia se sitúa, más tarde o más temprano, más allá del control de quien actúa, y por eso es peligrosa: porque posee ese elemento adicional de arbitrariedad, de descontrol y de caos que conspira contra los planes mejor orquestados y que puede hacer caer (y esta es la tercera parte de la paradoja) al mismo gobernante que la ha usado con tanta impudicia, a la manera de un francotirador; pues ningún ser humano es omnisciente, omnipotente ni omnipresente, y si no paga él, pagarán otros, por lo general, los más vulnerables e indefensos. Es más (y aquí entramos en la cuarta parte de la paradoja): si intentamos adentrarnos en la tortuosidad de los planes de Trump, habida cuenta de sus erráticas y desenfrenadas embestidas contra el orbe entero y sus habitantes, podemos preguntarnos dos cosas: una, si él mismo sabe, conoce o por lo menos sospecha dónde está el límite de sus objetivos y a qué costos podría, eventualmente, saltarse ese límite a dos pies; dos: cómo es posible que nadie en su propio país le pare los pies. Trump es un gobernante cuasi totalitario sentado en el sillón presidencial de un sistema republicano democrático, que durante los últimos doscientos cincuenta años se ha envanecido hasta el colmo de tal condición, y que coloca la bandera de franjas y de estrellas en casi todas sus producciones fílmicas, en el frente de las casas de barrio y hasta en las tortas de cumpleaños infantiles. Y ha sido mediante esas instituciones que ha llegado al poder. ¿Permitirá el sistema que semejante figura continúe al frente de la nación? ¿Se dará Estados Unidos el lujo de tolerar hasta quién sabe cuándo los arrebatos maníaco-narcisistas de su actual presidente, que ya está causando serios estragos al interior de su país, y poniendo en riesgo la posición de los Estados Unidos en lo exterior? Para Arendt la violencia se convierte en la más flagrante manifestación del poder, cuando el poder se transforma en fuerza bruta basada en el instinto de dominación. Todo se reduce, en este punto, a la cuestión de quién manda a quién, sin importar los medios. Se reemplaza la negociación por la fuerza de las armas y se pisotea con el mayor desprecio la laboriosa construcción del derecho internacional y de sus organismos representativos.

He dicho antes que Trump confunde política con violencia y violencia con política; pero, en el fondo, se trata de la embestida de una bestia moribunda, aún cuando su agonía sea tan extensa como letal. Expresa Arendt en este sentido que “la violencia aparece donde el poder está en peligro pero, confiada a su propio impulso, acaba por hacer desaparecer al poder (…) pues la violencia puede destruir al poder, pero es absolutamente incapaz de crearlo”.

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