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Cultura y espectáculos Alba LaMerced | Gonzalo Brancciari | Premios Graffiti

Programa Interautor de AGADU y Fundación SGAE

El viaje a un solo mundo: Alba LaMerced y Gonzalo Brancciari antes de su colaboración en los Premios Graffiti

La cantante española Alba LaMerced y el cantante uruguayo Gonzalo Brancciari forman parte del proyecto Interautor que fomenta el arte derribando fronteras

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Caras y Caretas Diario

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No siempre los encuentros comienzan de forma tradicional. A veces nacen en la distancia tibia de una videollamada, en conversaciones que no terminan de asentarse, en la intuición de que dos voces —venidas de geografías opuestas— podrían alcanzarse algún día. Así llegaron Alba LaMerced, cantautora malagueña que “canta desde la herida para hacer del dolor algo bello” , y Gonzalo Brancciari, músico uruguayo que se formó entre Montevideo y Buenos Aires, a este cruce inesperado.

Aunque habían dialogado durante semanas, nunca se habían visto en persona.

Y sin embargo, su primera vez juntos será el 6 de noviembre, en los Premios Graffiti, ante un público compuesto casi íntegramente por músicos, productores, periodistas culturales y trabajadores de la escena.

Lo que los une es un programa de intercambio artístico propuesto por AGADU y Fundación SGAE: Interautor que funciona como un puente de ida y vuelta.

Alba está ahora conociendo Uruguay; Gonzalo viajará a España próximamente.

La gala será el primer gesto. Luego llegarán dos presentaciones, una en Salinas el 7 de noviembre y otra en La Sala Blanca Podestá de AGADU el 8 de noviembre, ambas con entrada libre.

En estas instancias de encuentro y conocimiento artístico mutuo el tiempo se aflojará y la conversación escénica podrá desplegarse más.

Ellos vienen a descubrir puntos en común para esta primera aparición compartida.

El primer cruce: respiraciones que se tantean

“Necesitamos compartir para poder colaborar”, dice Gonzalo, que siempre trabajó con quienes le inspiran confianza, donde la música surge desde la comodidad emocional y no desde la exigencia externa .

“Conectar fuera del escenario es esencial”, sostiene Alba. “Que lo que surja sea de verdad, no algo impuesto por la ocasión.”

Esta primera presentación conjunta es un salto al vacío, sí, pero también un ejercicio de intuición: una forma de tantear dónde respira cada uno para poder encontrarse sin perder la voz propia.

Gonzalo Brancciari: una proyección que crece

Gonzalo llega a este intercambio en un momento clave de su carrera.

En 2024 ganó el Premio Graffiti a Mejor Artista Nuevo por su álbum debut Diez, un trabajo íntimo que también lo llevó a ser nominado a Mejor Álbum Pop.

La crítica y el público lo reconocen como uno de los jóvenes músicos uruguayos con mayor proyección, un nombre emergente que ya se está volviendo referencia.

Su ascenso no es casual: su mirada sobre la música es honesta, sensible, cargada de raíz rioplatense pero abierta al riesgo.

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Los referentes de la infancia convertidos en horizonte

Entre los nombres que marcaron la inspiración de Gonzalo, Mandrake Wolf ocupa un lugar especial.

Gonzalo lo escuchaba de niño: lo grababa en casetes, lo cantaba, lo llevaba como banda sonora afectiva. Mandrake —junto con Jaime Roos, Rada y otras voces esenciales del Uruguay— fue parte del paisaje musical de su infancia, un faro que lo acompañó desde antes de comprender que un día él también estaría en un escenario.

Por eso, cuando en una ceremonia pasada Gonzalo subió a recibir su premio y se cruzó con Mandrake bajando del escenario, sintió algo así como una revelación:

“Estoy acá, con aquellos que escuchaba de niño.”

Ese cruce, mínimo y simbólico, quedó grabado como un recordatorio de que la música es un oficio heredado, una cadena afectiva que se renueva.

"La vieja escuela": un territorio compartido

Ambos comparten una sensibilidad particular, casi artesana: la nostalgia por la escucha atenta, por el disco completo, por la búsqueda activa.

Gonzalo lo resume así: “Explorar discos, buscar artistas viejos, sentarse a escuchar. Eso se está perdiendo.”

Alba, aunque hija de la inmediatez, reconoce que vuelve una y otra vez a la música que la formó, a los autores que le enseñaron a mirar el mundo. “Regresamos a las fuentes, inevitablemente.”

Ese regreso es el primer territorio común entre ambos.

Dos geografías que se reflejan

Alba, al escuchar a Gonzalo, sintió ecos de la música argentina que la marcó: “Me recuerda a grupos que me llenan, como Conociendo Rusia.”

Gonzalo mira hacia España desde siempre: el flamenco, el rock visceral, la poesía urbana, los trabajos de Leiva y el de Extremoduro lo han inspirado. Este intercambio será su primer acercamiento real a ese universo. “Quiero ver qué puedo adquirir de eso.”

Ambos saben que la música es un idioma sin frontera.

La emoción es la misma, lo que cambia es la forma de decirla.

Alba y el descubrimiento de Montevideo

En Uruguay, Alba se encontró ante una ciudad que la sorprendió.

Conocía la fama cultural de Montevideo, pero verla respirando le cambió la mirada.

Comparó la experiencia con Málaga —donde la movida es amplia y vibrante—, pero sintió aquí una energía más íntima, más cercana, más inesperada.

“Salí un martes —contó— y terminé en La Cretina viendo una milonga.”

No lo buscó: lo encontró.

Quedó impactada por la calidez del lugar, la cercanía de los músicos, la atención del público.

“Fue maravilloso”, dijo, conmovida.

Y expresó con claridad: quiere conocer más. Montevideo la intrigó. Quiere sumergirse en su música, en sus espacios, en sus voces escondidas.

Los procesos creativos: de lo cotidiano a lo urgente

Alba se inspira como si respirara: una obra, un concierto, un gesto la impulsa a crear. “Tengo la necesidad imperiosa de volver a casa y ponerme con la guitarra.”

Gonzalo escribe desde la vida diaria: “Voy a tientas”, confiesa. “A veces la canción aparece… y ya está.”

Ambos convierten lo cotidiano en poesía.

“Ponte guapa”: un manifiesto íntimo y político

Al hablar de su canción “Ponte guapa”, Alba ilumina un territorio más profundo que la estética.

El título —aparentemente ligero— contiene en realidad una memoria larga, una genealogía de mujeres y luchas.

La canción nació de observar la presión estética histórica que atraviesa a las mujeres desde hace siglos: modelos cambiantes, exigencias impuestas, cuerpos regulados. Pero también nació del deseo de honrar a las que abrieron camino.

Ella menciona a Clara Campoamor, símbolo del derecho al voto en España, pero también habla de figuras íntimas: su abuela, su madre, las mujeres del barrio.

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Esas mujeres que no aparecen en los libros, pero sostienen la vida.

“Quería hablar de cómo nos afecta, de cómo nos atraviesa”, dice. “Tomar el testigo.”

“Ponte guapa” es entonces un gesto doble: una denuncia y un homenaje; una rebeldía y una memoria; un recordatorio de que la belleza impuesta es política, pero también lo es la libertad de decir “no”.

En escena: riesgo, timidez y un público que observa distinto

El público de los Premios Graffiti no es común.

Son músicos, productores, periodistas: profesionales que escuchan desde adentro, que perciben los matices, la respiración, la intención.

Alba lo vive como un reto doble: país nuevo, público nuevo, una propuesta más tecnológica que la saca del territorio acústico al que está habituada. “Quiero conmover, quiero contar una historia.”

Gonzalo evita pensar demasiado en quién lo observa: “Si disfruto, se contagia.”

Pero sabe que ante colegas la entrega es distinta, más desnuda.

Después de la gala, llegarán dos presentaciones más, donde no habrá premura ni tiempos estrictos. Allí podrán explorar ritmos compartidos, probar acompañamientos, habitar una presencia conjunta.

No compondrán juntos, pero sí buscarán intersecciones escénicas, pequeñas zonas donde sus universos puedan dialogar.

Este encuentro no es un resultado: es un comienzo.

Una conversación abierta.

Una intuición.

El 6 de noviembre será la primera vez que compartan escenario.

Lo que ocurra después —en Montevideo, Canelones, en España, en cada instancia del intercambio— dependerá de esa escucha que ya están aprendiendo a ejercitar.

El primer paso está dado: verse. Escucharse. Descubrir en el otro un eco posible.

El resto, como siempre, será canción.