Un abanico de posibilidades
Un poyo rojo mezcla acrobacia y comicidad con una estética que puede leerse como naïf, kitsch o grotesca, pero que, en definitiva, despliega un abanico sobre las posibilidades físicas y espirituales del ser humano (por eso la definen como teatro físico). Esa amplitud de lecturas es, quizás, uno de los secretos de su vigencia. Cada espectador encuentra algo distinto, porque la obra no impone un único significado, lo sugiere desde el cuerpo.
Se estrenó en 2010 en la sala Pata de Ganso, en el barrio porteño del Abasto, ante apenas 50 personas. Como suele suceder en el teatro independiente, nadie podía prever que esa experiencia íntima, casi artesanal, se transformaría en un fenómeno internacional. Tras varias temporadas en el circuito off, en 2014 dos productores franceses la vieron y la llevaron al Festival Off de Avignon. A partir de allí, “Un poyo rojo” se instaló en París y comenzó una gira que conquistó Europa, Estados Unidos, Canadá y Australia. También ayudó en su repercusión, la “viralización” de un fragmento de la obra, un sketch de la canción ‘El pollito pío’.
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“Un poyo rojo” en Montevideo
Protagonizada por Luciano Rosso y Alfonso Barón, y dirigida por Hermes Gaido, la obra argentina llega ahora a Montevideo con el peso simbólico de su historia y con la liviandad de quien sabe que el cuerpo no envejece cuando sigue jugando. En diálogo con Caras y Caretas, Luciano Rosso reflexiona sobre este largo recorrido y sobre el lugar que la obra ocupa hoy en su vida artística.
“A nivel artístico es una obra que me ha dado muchísimo, ha sido y sigue siendo una escuela para mí, aprendo mucho. Y a nivel profesional siento que me ha instalado como artista en un lugar de creación genuina en la que el público puede reconocer rápidamente mi manera de exponer historias sobre un escenario”.
El espectáculo se apoya casi exclusivamente en el movimiento. No hay texto articulado, no hay palabras que organicen la acción. Y, sin embargo, el sentido emerge con una claridad sorprendente. Frente a esto, Rosso nos comenta: “El cuerpo es, para mí, un lenguaje en sí mismo. No necesita mucho más para comunicar. Y es también una herramienta escénica muy potente. Es también como un instrumento, cuanto más afinado esté, más armónico será su mensaje”.
Desde una perspectiva teatral, esta afirmación dialoga con las tradiciones del teatro físico y del teatro antropológico, pero también con una intuición primaria, el cuerpo comunica antes que la palabra. En “Un poyo rojo”, esa comunicación se vuelve directa, casi brutal, y por eso atraviesa culturas y geografías sin necesidad de traducción.
La obra incluye danza, deporte, humor y sexualidad, y en ese cruce expone al cuerpo como territorio de juego, tensión y vulnerabilidad. No hay refugio posible en el personaje clásico; la exposición es total. Rosso lo reconoce: “Fue un desafío, porque a mí me costaba exponer cosas de mi vida cotidiana frente al público. La máscara del actor te protege. Y acá se desdibuja la línea que divide al actor del personaje. Con el tiempo me fui relajando porque el público aceptó muy bien la propuesta”.
"Es un lenguaje universal"
A pesar de haber girado por más de 30 países, “Un poyo rojo” no se adapta a los contextos culturales. No cambia su lenguaje para agradar o facilitar la comprensión, según Rosso. “Nosotros no hacemos ningún ajuste. El público se ajusta a nuestro lenguaje. Hay ciertos lugares donde la gente entra en el código enseguida y otros en los que cuesta más, pero aún así la obra tiene una aceptación increíble en todo el mundo, es un lenguaje universal. Además usamos una radio en vivo que sintonizamos en el momento y jugamos creando climas con eso. Es la radio local cada vez, lo que nos permite estar presentes dentro de esta ficción atravesada por la realidad actual”.
Esta decisión artística es fundamental para entender su éxito. La obra confía en su propio código y en la inteligencia sensible del espectador. La inclusión de la radio en vivo, siempre local, funciona como un anclaje con el presente, una grieta por donde se filtra la realidad en medio de la ficción corporal.
Entre los referentes que influyeron en la construcción de este lenguaje corporal, Rosso menciona una constelación diversa y reveladora: “Te puedo nombrar algunos de mis referentes como Buster Keaton, Charles Chaplin, Jim Carrey, Monty Python, DV8, Lalala Dance Steps o la Pantera Rosa”. Esta lista da cuenta de una genealogía que une el cine mudo, el humor físico, la danza contemporánea y la cultura popular. “Un poyo rojo” no se encierra en una élite estética, dialoga con el imaginario colectivo.
Además, la química escénica entre Luciano Rosso y Alfonso Barón es otro de los pilares de la obra. Sostenerla durante tantos años no es una tarea menor. Rosso lo explica: “Con Alfonso somos casi hermanos, nos divierte mucho hacer la obra y además nos mantiene entrenados. Es como juntarse a jugar un partido de ‘Poyo Rojo’ los domingos en lugar de ir al club”.
Transformación
El paso del tiempo también se inscribe en los cuerpos. El cuerpo de los 20 no es el mismo que el cuerpo actual, y la obra lo asume sin nostalgia: “Se va transformando, como todo, como la vida misma. Siempre surge nuevo material a investigar o material viejo que vamos desechando. Tenemos la suerte de que el director, Hermes Gaido, viaja con nosotros, y entonces eso nos permite tener una devolución constante de la obra. Y a nivel físico vamos escuchando a nuestros cuerpos según las necesidades de la edad. Hay una estructura muy fuerte en la obra pero el contenido lo vamos manejando en base a nuestra salud física”.
Cuando se le pregunta por los momentos personales difíciles o transformadores que quedaron incorporados al movimiento de la obra, Rosso no duda: “Todos. Mi vida está atravesada por esta obra. Mi artista se fue completando al hacerla con el paso del tiempo. Hoy en día no puedo separar la obra de mi cotidianidad”.
Finalmente, le consultamos sobre lo que representaba para él presentarse en Montevideo, y en un teatro con la historia cultural y política de El Galpón. “Es un honor y un orgullo presentarnos en El Galpón. Y es muy emocionante poder actuar en un lugar con tanta historia. Nos llena de alegría poder subir a este escenario en particular y sabemos que el público uruguayo vivirá una experiencia única y particular al igual que nosotros”, nos dice en un mensaje que se extiende: “La risa, la reflexión, el humor, la emoción son algunas de las cosas que atraviesan el espectáculo. Me parece que es una oportunidad de ver algo diferente, es una invitación a volver a ser niños y ver una historia distinta con aquellos ojos”.
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