Y finalmente llegó Trump, con su lenguaje básico, pero directo, y su caballería de impuestos a las importaciones, que terminó de trastocar todos los principios y “valores” hasta entonces compartidos. Comenzó a repartir aranceles a todo el mundo como quien reparte cartas marcadas de póker para luego negociar nuevas cartas, igualmente marcadas; hasta abatir uno por uno a todos los participantes.
En corto tiempo, todas las antemas de la globalización se han puesto de pie y ahora son dominantes. En vez de libre comercio hay proteccionismo desbocado. En sustitución de la libre competencia hay políticas industriales subvencionadas por el Estado. En lugar de la disciplina fiscal ha llegado el endeudamiento público disparado. Las cadenas de valor global están dando paso a una división del trabajo regionalizada geopolíticamente. Adiós globalización, al menos en áreas importantes de la economía. Bienvenida la “fragmentación geoeconómica”.
Todo ello supone una reorganización de los actores protagónicos de la economía mundial. Si antes eran los mercados anónimos los que redefinían los flujos de inversión, comercio y rentabilidad, subordinando a los Estados a esa empresa, ahora serán los Estados los que planificarán y utilizarán sus poderes monopólicos para que los capitales actúen y se enriquezcan. Sigue siendo capitalismo, claro. Pero este último es un nuevo tipo de capitalismo global estatalmente protegido, capitalizado, apuntalado e impulsado.
La nueva regla del juego interestatal que hoy se impone es que no existen reglas. En este tiempo de transición liminal todo es lícito, en primer lugar y sobre todo, la fuerza, la coacción entre Estados para imponer a los otros lo que los gobiernos, y las empresas cobijadas en él, necesitan. No importa si estas son empresas “nacionales” o transnacionales. Lo importante es que tengan como sede un Estado y aprovecharán de la fuerza política, económica y coercitiva que tiene ese Estado para lograr créditos internos, subvenciones, protecciones arancelarias, chantajes a otros Estados para eximirse de impuestos y, claro, para ocupar sus mercados. Se trata de un orden salvaje donde los Estados actúan como desenfrenados leviatanes hobbesianos, lanzados unos contra los otros. La única barrera que se impone es la que emerge de los límites de sus recursos y poder. En función de eso miden realísticamente sus esferas de control e influencia.
Ya no hay “valores” a los que adherirse o evocar su búsqueda. Ni democracia ni derechos humanos, ni justicia. Solo el poder. El poder de ocupar. El poder de ganar. El poder de usurpar. El poder de rentabilizar. El poder de humillar y someter. Y, el poder, preferido de Trump, de infundir miedo a los demás (NYT, 4, II, 2020). “America First” sin importar los acuerdos, las lealtades, la historia, los pueblos, las personas que son aplastadas, pisoteadas y escupidas en el camino a la grandeza: “Drill, baby, drill”.
Por eso al presidente Trump no le importa mantener el paraguas militar en Europa. No gana nada. EEUU pierde dinero. Más rentable es venderles armas y gas a los atemorizados gobiernos europeos que se refugian en un ilusorio “orden internacional” basado en súplicas.
Por eso no le importa la integridad o adhesión de Ucrania a la OTAN. Rusia no es un adversario a temer para EEUU, y Ucrania importa si se puede apoderar de sus tierras, de sus minerales y, ante todo, recuperar los más de 100.000 millones de dólares que Biden les entregó. Si cediendo una parte del territorio a Rusia logra ese cometido, es un buen trato.
Por eso impone unilateralmente aranceles al mundo; obliga a la OCDE a anular los impuestos del 15 % a sus multinacionales norteamericanas y va camino a apropiarse de Groenlandia.
Por eso Alemania desempolva su viejo casco armamentista prusiano, cambia instantáneamente su constitución y libera un “gasto público sin límite” para “hacer grande” a su ejército. Y les dice a todos que ese es el “nuevo” europeísmo.
Por eso cuando EEUU interviene militarmente Venezuela y secuestra al presidente Maduro no simula acudir a ninguna convención internacional. Mucho menos a la ONU, que se ha convertido en una oenegé de piadosos debates internacionales. No hay hipocresía. No hay justificación. Hay exhibición simple, pura y desvergonzada del poder de Estado para la confiscación de la mayor reserva de petróleo del mundo. De paso, proteger las nuevas reservas hidrocarburíferas de Esequibo.
Cuando EEUU interviene militarmente Venezuela y secuestra al presidente Maduro, no simula acudir a ninguna convención internacional. Lo ha hecho porque simplemente tiene el aparato militar para hacerlo y lograr que las reservas petroleras venezolana sean para las empresas norteamericanas. Y punto.
Hemos entrado a un interregno internacional salvaje, regido por la ley de la fuerza de los Estados (económica y militar). No es un extravío temporal de Trump. No terminará cuando EEUU elija un nuevo presidente el 2028. Es la borrascosa transición hacia un nuevo orden global estable; pero es una transición que durará más de una década sembrando violencia, odios y canibalismos intraestatales que dejarán heridas por siglos.
El que esta inflexión del orden tome formas crueles y violentas carente de narrativas legitimadoras puede ser visto como el síntoma del crepúsculo de un régimen de dominación. En este caso del ciclo globalista (40 años) y del ciclo hegemónico norteamericano (100 años). Todo declive de una autoridad exacerba la desesperación de quienes lo usufructuaron, llevándolos a intentar detener lo inevitable de manera violenta. Es lo que la historiadora Tuchman ha denominado la “frivolidad belicosa de los imperios seniles”. Pero también, la brutalidad es un síntoma del tormentoso nacimiento del orden nuevo. Es la recurrente “partera” de la historia a la que se refería Marx en el famoso capítulo XXIV de El Capital, donde describe no solo cómo se forma el Estado moderno, sino, además, cómo el Estado es una “potencia económica” que ayuda al nacimiento de toda nueva forma social. La violenta intervención estatal es una marca de nacimiento del capitalismo y, por ello, de todos los nuevos ciclos largos con los que se renueva la acumulación de riqueza e inversiones. La embravecida coacción estatal es una característica propia de los tiempos liminales, como el actual.
Y en medio de estas monstruosidades desnudas con la que están actuando los grandes Estados es posible distinguir el nacimiento de unos principios de regularidad que, de aquí a un tiempo, podrán cimentar el nuevo orden internacional que emergerá y se estabilizará durante las siguientes décadas. Estas regularidades son:
1.- Los Estados ya no son solo el soporte de la acumulación de los capitales, como lo fueron en el neoliberalismo; ahora son también parte del comando y reorganización territorializada de esa acumulación. China, Corea, Japón, Vietnam son ejemplos exitosos de ello. EEUU y la UE seguirán el camino, pero no bajo la forma de Estado-empresario, como lo hicieron los primeros, sino como Estado incubador, protector y alimentador de “sus” empresas privadas en sus áreas de influencia.
2.- Los Estados del mundo se diferenciarán entre Estados patrones y Estados vasallos, según su capacidad infraestructural, su poderío económico, su cohesión política y logística militar. Los primeros, delimitando áreas de control y autonomía de las empresas que tienen residencia en sus territorios. Los segundos como proveedores de insumos y exclusividad hacia los primeros.
3.- La soberanía ya no es un reconocimiento pactado por tratados internacionales. Es fuerza económica, sólida legitimidad interna, capacidad de defenderse y posibilidad de infringir daños a otros Estados. Quienes no tengan esos atributos devendrán en Estados de servidumbre.
4.- Las áreas de influencia, regional o continental serán flexibles, sometidas a las presiones de irradiación de los capitales en busca de mercados. Pero la elasticidad de las fronteras no dependerá de acuerdos comerciales, sino de oleadas de guerras arancelarias, chantajes geopolíticos e intromisiones en la vida interna de los Estados. De un “orden internacional” para los mercados en los que los Estados eran la plataforma sobre la que se desplazaba el protagonismo de la libre circulación de los capitales, pasaremos a un “orden global” de los Estados que conquistan, a la fuerza, para “sus” capitales espacios regionales y puntuales mercados globales.
5.- El régimen de legitimación gubernamental interno, gradualmente, dejará de lado el ideologema liberal globalista para centrarse en temas de seguridad regional, “grandeza” nacional y soberanía.
Es un escenario de Estados combatientes y Estados sumisos según prioridades geoeconómicas. Aterrador, pero real.
Textos: Álvaro García Linera