Por más que su equipo suspendió de inmediato la conferencia de prensa, nadie puedo disimular lo que sucedía, y menos las niñas que estaban cerca del presidente y fueron torturadas por el mal olor. Lo peor no fue que se defecara en público; lo más triste y alarmante fue que no le importaba. Triste porque se trata de una persona claramente enferma; alarmante porque es el enemigo público número uno de su propio país y el mundo.
Los cambios bruscos de ánimo son otro rasgo persistente: pasa de la euforia al enojo, del insulto a la victimización, de la amenaza a la negación absoluta, en cuestión de minutos. En algunos eventos, no reconoce a personas que lo acompañaron durante años, confunde nombres, cargos y países. En otros, exhibe moretones reiterados en las manos que la Casa Blanca atribuye a “apretones de manos”, una explicación tan infantil como inverosímil. Para ocultar esos llamativos moretones suele usar guantes.
¿Qué dicen los expertos?
El doctor Vin Gupta, especialista en salud pública, ha señalado que el presidente exhibe dificultades como problemas de atención, memoria y expresión, basándose en apariciones públicas recientes, y advirtió sobre signos que suelen asociarse a deterioro cognitivo.
Otros expertos han señalado que el uso de un examen cognitivo breve (como el Montreal Cognitive Assessment, utilizado en evaluaciones de rutina) no es suficiente para descartar o confirmar condiciones como la demencia. Por otro lado, el equipo médico de la Casa Blanca insiste en que las evaluaciones más recientes reflejan una salud “perfectamente normal” y que Trump ha “acertado” todas las pruebas cognitivas que se le han aplicado.
La “Regla de Goldwater” desalienta a los psiquiatras a diagnosticar a alguien sin examen directo. Ahora… ¿Qué tan libres de actuar e informar son los profesionales que lo asisten? Ninguno de los episodios aquí detallados puede sostener por sí solo un diagnóstico clínico; pero todo junto constituye una alarma.
Esto va más allá de su discurso ramplón y a veces incoherente (que analistas lingüísticos han descrito como indicador de posibles problemas cognitivos asociados a la edad), ya que él siempre ha sido así: prepotente, básico y ordinario. Hasta ahora todo se resumía a un idiota con dinero y poder; pero esto es diferente. La imbecilidad que antes se le podía achacar como insulto, ahora deriva en un diagnóstico clínico sustentado en múltiples síntomas.
Ty Cobb, el principal asesor jurídico de Trump durante su primer mandato, fue más lejos y afirmó públicamente que el presidente “está demente”. No es un militante opositor ni un tuitero anónimo: es alguien que compartió decisiones, reuniones y secretos en la intimidad del poder. No lo dice como insulto; lo afirma como quien asegura que un paciente tiene cáncer.
Según informó The Guardian, el exabogado de la Casa Blanca durante la primera presidencia de Donald Trump sostuvo que el expresidente muestra signos alarmantes de deterioro cognitivo y que su comportamiento observable justificaría, como mínimo, una evaluación médica seria.
Cobb (que defendió a Trump durante investigaciones clave) señaló que la confusión recurrente, las contradicciones flagrantes y la incapacidad para sostener un razonamiento coherente en actos públicos ya no pueden explicarse solo por una cuestión de estilo retórico o provocación política, sino que plantean un problema de aptitud para ejercer el cargo, tal como recogió el medio británico.
La historia familiar agrega un dato imposible de ignorar: Fred Trump, padre de Donald, padeció Alzheimer avanzado. ¿Está condenado este presidente por la carga genética?
No hay que ser un experto para darse cuenta
Mientras tanto, Trump habla de los archivos Epstein con frases confusas, se contradice, sugiere conspiraciones y luego retrocede. Anuncia que China le enviará una ley para que él la firme, una afirmación que roza el delirio institucional. Declara públicamente que demandará a su propio gobierno por 10.000 millones de dólares, lo repite ante micrófonos… y días después le dice a una periodista que eso era fake news. Dicho por él. Negado por él. No es solo incoherencia. Es desconexión con la realidad jurídica y política.
Todo esto ocurre mientras ICE, bajo su mando político, ejecuta redadas violentas, separa familias, detiene niños, actúa con brutalidad documentada. Trump no solo avala esos abusos: los celebra. Al mismo tiempo, amenaza a otros países, desprecia el Derecho Internacional, se comporta como si las normas globales fueran un estorbo personal.
¿Es normal que un presidente se burle en público, con palabras y gestos, de las personas trans? ¿Es normal que durante el Foro Económico Mundial de Davos, Suiza, un presidente insulte a los ciudadanos de Somalia diciendo que “son personas con bajo coeficiente intelectual”?
Durante ese nefasto 21 de febrero de 1026, Trump confundió tres veces (no una ni dos) a Islandia con Groenlandia. Entre otros divagues, dijo: “Islandia ya nos costó mucho dinero”.
El problema no es demostrar que padece una enfermedad, sino que, aún sin un diagnóstico, se trata de un hombre que gobierna la potencia más poderosa del mundo con autoridad para decisiones que, en última instancia, afectan la estabilidad global.
La invasión a Venezuela para secuestrar al presidente Nicolás Maduro, la piratería contra buques petroleros, las ejecuciones extrajudiciales en el Caribe, la violencia injustificada del ICE contra inmigrantes, los asesinatos de Renée Good y Alex Pretti, la detención de niños y niñas… Richard Nixon fue forzado a renunciar por muchos menos ante la presión política y mediática tras el caso Watergate en 1974.
Venezuela está siendo víctima de una rapiña a la vista de todo el mundo, y Delcy Rodríguez debe ceder a las exigencias estadounidenses para evitar un ataque a su país que costaría decenas de miles de vidas y daños irreversibles a su economía. Cuba, México y Colombia deben distraer buena parte de sus recursos a aumentar su seguridad, ya que Trump les señala como sus próximos e inmediatos objetivos. A Groenlandia se la comería de un solo bocado. Solo bastaría con que un día olvide medicarse.
Trump acumula causas, contradicciones, comportamientos erráticos, discursos desconectados y una concentración de poder incomparable. Pero el sistema político estadounidense ya no es el de 1974. Está polarizado, anestesiado y sometido a un liderazgo que confunde fuerza con prepotencia y negación con impunidad.
Insisto: nadie debe ser atacado por estar enfermo. Pero nadie enfermo debería tener el poder de decisión sobre guerras, armas nucleares y el destino del mundo.
El problema no es Trump como paciente.
El problema es Trump como presidente.
Y el silencio, en este caso, no es prudencia: es complicidad.