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Mundo

¿Quién dijo que todo esta perdido?

El salto a la palestra pública del partido Vox de España, el ascenso del Sverigedemokraterna (Demócratas de Suecia), la alianza para gobernar de La Lega en Italia, el gobierno ultraconservador de Polonia o los vínculos de Kolinda Grabar, presidenta de Croacia, con la terrorista ultranacionalista Ustachas, son sólo una muestra de la forma en que se reconfigura el avance del fascismo a nivel mundial. América Latina cursa el mismo camino con sus propias particularidades.

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La victoria de Jair Bolsonaro en Brasil modifica sustancialmente el esquema político del continente; no porque antes de conocerse los resultados del domingo el país vecino estuviese transitando un camino radicalmente diferente, sino porque aunque no cumpla con todo lo que ha prometido hacer en materia de exclusión, esa fue la propuesta que se aprobó en las urnas; el resto termina siendo un tema de voluntad política para cumplir.

Desde el golpe parlamentario contra Dilma Rousseff, el presidente de facto Michel Temer arrastró tras de sí una serie de medidas neoliberales y autoritarias de hondo calado; esta situación ya había sacado a Brasil del mapa de países con gobiernos progresistas en América Latina; sin embargo, estaba claro que la gran definición llegaría en el pasado proceso electoral. Y esta definición llegó.

Bolsonaro trae como plato fuerte el discurso con que hizo campaña durante meses: un fascismo que surge de la mixtura del viejo discurso anticomunista, ahora ampliado, que ondeó durante las dictaduras hijas del Plan Cóndor; y un franquismo tropical sazonado con elementos religiosistas y una impostada propiedad intelectual sobre el castigo a la corrupción de cualquiera menos la propia.

Hace sólo dos años, ante la sorpresa del mundo, un discurso similar ganaba la presidencia de Estados Unidos; producto de la compleja dinámica electoral norteamericana, a pesar de haber sacado casi tres millones de votos menos en el conteo directo, el resultado final por votos electorales le dio la victoria a Donald Trump.

La respuesta no se hizo esperar: supremacistas blancos, antiinmigrantes y xenófobos de todos los pelambres se lanzaron en un arrebato “patriótico” a golpear a sus vecinos afro o latinos; al mismo tiempo se produjeron protestas en varias ciudades que pedían respeto por la vida y los bienes de los ciudadanos que hace ya medio siglo, al menos en el papel, gozaban de cierta igualdad y reconocimiento jurídico.

El daño estaba hecho y el presidente del país más influyente en el hemisferio, y uno de los cinco más poderosos del planeta, es un derechista fascistoide y autoritario; eso arrastró tras de sí una especie de salida del clóset del fascismo global que se encontraba disimulado en otros discursos un poco más amables.

El mapa de la política latinoamericana hasta 2010 tenía una definida tendencia hacia el progresismo en los gobiernos de la mayoría de países de Sudamérica, que generaron iniciativas unitarias alternativas a la influencia norteamericana que campeó durante todo el siglo XX.

Producto de este panorama se formaron escenarios autónomos de encuentro tan importantes como Unasur, que lograron avances importantísimos alrededor de la integración regional, desmarcándose por primera vez de Estados Unidos de manera clara, pues las iniciativas anteriores empezaban o terminaban casi por norma por acuerdos “de cooperación” con el FMI o el Banco Mundial.

Génesis

El gran referente solitario durante más de 40 años en el hemisferio fue Cuba, construyendo un modelo a pesar del bloqueo que Estados Unidos mantiene contra la isla por encima incluso de la ONU y que ha hecho de ella el gran referente moral de los progresistas y sectores de izquierda a nivel global. La primera experiencia progresista continental de este siglo fue Venezuela, caso particular, pues para Estados Unidos no era lo mismo que se salga del redil un país cualquiera cuya economía dependa de cualquier monocultivo, a que se declare antiimperialista el dueño de las principales reservas de hidrocarburos del mundo; esta ventaja le dio autoridad a Venezuela para juntarse con los otros países de la Organización de Países Productores y Exportadores de Petróleo (OPEP) y presionar nuevos y más favorables arreglos para la venta del crudo.

Luego siguieron Brasil con Lula; Ecuador, después de la gran decepción con Lucio Gutiérrez, quien traicionó a las organizaciones sociales y fue derrocado, logró el camino al progresismo con Rafael Correa; Argentina después de la crisis logró reorientar su política con los Kirchner; Bolivia sentó un precedente histórico al nombrar al primer presidente indígena de su historia con Evo Morales Ayma; Uruguay le dio la victoria al histórico Frente Amplio; Chile eligió a Michel Bachelet e incluso Perú puso en la presidencia a Ollanta Humala, que se lanzó a la presidencia enarbolando una bandera progresista.

Centroamérica tuvo también expresiones progresistas que llegaron a las urnas: Daniel Ortega por el FSLN toma la presidencia en Nicaragua, mientras Salvador Sánchez del FMLN logra en 2014 la presidencia de El Salvador y Martín Torrijos Espino ocupa la presidencia de Panamá.

El progresismo Latinoamericano

Más allá de hacer un análisis individual de cada experiencia, es importante abordar lo que se podría llamar “la experiencia progresista en América Latina”, como unidad política contrahegemónica con un amplio margen de matices que van desde la decidida postura de un Partido Comunista en el gobierno, hasta gobiernos reformistas que buscan un mejoramiento en el modo de vida de la población separándose del neoliberalismo, pero conservando un modelo capitalista con rasgos keynesianos.

Todos los países de América Latina, desde El Salvador hasta Argentina, tuvieron al menos un gobierno progresista en las últimas dos décadas; excepto Colombia, que ha actuado siempre como el principal enclave ideológico, táctico y militar de Estados Unidos en el continente.

Dichos gobiernos lograron importantísimos avances en la calidad de vida de las personas, ampliaron la capa media reduciendo la brecha entre ricos y pobres; lograron ampliar la cobertura en salud y educación, disminuyendo el margen de pobreza extrema por medio de políticas sociales y reconfigurando el debate sobre los derechos laborales, eje fundamental que permite el avance o detiene el modelo neoliberal.

El contragolpe

Lo natural es que los grandes sectores económicos y el poder global no se resignaran a perder precisamente el medio continente con las mayores reservas de agua y petróleo del mundo y se pusieran a la juiciosa tarea de desmontar el proyecto progresista; además de lograr el control de precio del petróleo por medio de la instrumentalización de los levantamientos de la primavera árabe poniendo jefes de Estado útiles a sus intereses, desarrollaron tácticas de golpes blandos que pasaron por poner a su servicio los poderes judiciales abriendo y maniobrando con procesos judiciales que deslegitimaron los gobiernos progresistas, mientras invirtieron millones de dólares en estrategias mediáticas convencionales y no convencionales, que dirigieron la opinión de la población hacia un fuerte desprecio por el progresismo.

Por otra parte, es de reconocer que los gobiernos progresistas también han hecho su correspondiente aporte para no continuar en las administraciones de los Estados. En algunos casos, los dirigentes, seducidos o presionados por el entorno del poder, terminaron traicionando los intereses que dijeron representar, por lo que subieron como un gobierno progresista, pero bajaron como un gobierno más, generando una honda decepción en los electores, como el caso de Humala en Perú.

De otro lado estuvieron los gobiernos que, en aras de la anhelada gobernabilidad, hicieron alianzas con sectores neoliberales que no tuvieron inconveniente en conspirar para derrocarlos o no lograron generar los procesos necesarios que desde las bases exigieran el respeto por las decisiones tomadas en las urnas cuando llegaron los golpes parlamentarios o electorales como en Brasil, Honduras o Paraguay.

De la misma manera fueron estas alianzas las que terminaron salpicando de corrupción el progresismo, abriendo la puerta para que los montajes judiciales tuvieran un piso donde aterrizar y unos antecedentes que los hicieron perfectamente creíbles.

En lo que todas las experiencias progresistas han coincidido es que la generación de políticas públicas y avances sociales no han ido de la mano con la capacidad de generar una propuesta que haga contrapeso a la ofensiva ideológica desde la derecha que campea por los grandes medios de comunicación y las empresas de mercadeo noticioso.

En algunos casos se logró impedir la proliferación de medios de propaganda de la derecha, lo que también fue maniobrado hábilmente como una falta de garantías para la libertad de expresión por parte de gobiernos autoritarios.

No fue posible generar experiencias comunicativas lo suficientemente atractivas para convertirlas, si se quiere, en un “bien de consumo”, que manejara un discurso contrahegemónico y que pudiera abordar los debates mediáticos a gran escala o generar cortafuegos a las fake news y desenmascarar las granjas de bots y trolls desde cuentas falsas que sin duda influyen en la generación de opinión en sectores sociales con mayores carencias educativas en todo el continente.

Como resultado, el gran dominio de las fuerzas progresistas en el continente se rompió y debido a las dificultades de dar la pelea en el terreno ideológico, aún existe un importante sector de la población que, por ejemplo, defiende la nefasta gestión de Mauricio Macri sustentándose en el inerte argumento que se repite en el eterno loop de “se estaban afanando todo”. Que es prácticamente el mismo esquema aplicado en Brasil que terminó con Bolsonaro como presidente electo. Un empresario neoliberal o un exmilitar fascista pueden ser mejor opción que un gobierno de izquierda corrupto en el imaginario construido durante años desde la gran prensa.

Por otro lado, está la experiencia de Ecuador, donde el modelo construido por Rafael Correa durante diez años cuenta con un amplio apoyo en las bases, tanto como para elegir a quien debería continuar con su política progresista; sin embargo, no bien tomó posesión, encarcela a su vicepresidente y proscribe la presencia de Correa bajo el ya infalible argumento de la corrupción, mientras la población ecuatoriana observa apacible el transcurrir de los hechos, y las medidas de Lenín Moreno se alejan a pasos agigantados de la identidad social con que fueron construidas.

En Chile, la propuesta de reelegir a Bachelet no fue posible; Sebastián Piñera, un empresario que ya había gobernado con una fuerte tendencia neoliberal, fue elegido contra toda lógica debido a que el modelo propuesto por Bachelet “había entrado en un profundo desgaste” y las medidas neoliberales no se han hecho esperar.

Sin embargo, la profunda crisis en que se ha sumido México durante los últimos años hizo que sus pobladores pasaran de las fake news y la desinformación imperante y rompieran el cerco mediático eligiendo a Andrés Manuel López Obrador, que se presenta a elecciones con un corte definidamente progresista y contrahegemónico.

El mapa de correlación de fuerzas en el continente tiene a Cuba, Venezuela, Uruguay, Bolivia, El Salvador y México con gobiernos progresistas que responden a dinámicas organizativas por fuera de la política tradicional y se desmarcan de la influencia directa de Estados Unidos.

Por otro lado, los gobiernos de Panamá, Guatemala y Ecuador desarrollan un modelo económico neoliberal tradicional, sin entrar en grandes profundizaciones y que mantienen algún tipo de dinámica de concertación con los sectores sociales.

Chile, Perú y Paraguay tienen modelos más agresivos de regresión de políticas sociales y persecución a la oposición; en el caso de Perú, el presidente Kuczynski debió renunciar por su vinculación con el caso Odebrecht.

La punta de lanza de la derecha y ultraderecha neoliberales en el continente la tienen Bolsonaro, recién elegido en Brasil, Iván Duque en Colombia y Mauricio Macri en Argentina; de estos, los dos en ejercicio tienen a su cargo la represión contra las manifestaciones sociales que protestan por sus decisiones de gobierno. En el caso de Macri, con el uso desbordado de la fuerza en las manifestaciones y por medio de la promulgación del decreto que permite la intervención de las fuerzas militares en asuntos de orden interno; en el caso de Duque, por medio de la promoción de una política paraestatal de exterminio de la oposición política.

La perspectiva

Ante todo este panorama latinoamericano, hay un discurso que se ha extendido en los medios hegemónicos y es que las experiencias progresistas de Latinoamérica han sido derrotadas debido a los resultados electorales; sin embargo, es importante ver que las fuerzas progresistas, donde realmente han perdido (incluyendo por primera vez a Colombia en las presidenciales de 2018) ha sido con un bajo margen de votos, es decir, que las victorias no han sido realmente aplastantes por un lado; por el otro, en todos esos casos, se ha comprobado el uso de la propaganda negra por parte de los partidos de derecha para generar rumores, confusión y noticias falsas.

En los otros casos, como Brasil y Paraguay, en el caso de Fernando Lugo y Luiz Inácio Lula da Silva, se han valido de jugarretas judiciales con realmente muy poco sustento probatorio para marginarlos, pues ellos serían de manera casi segura los presidentes de sus países, dejando el camino libre a Abdo Benítez y Jair Bolsonaro; pero aun en medio de esas circunstancias, las fuerzas progresistas lograron una importante cantidad de votos.

En conclusión, la victoria de Bolsonaro en Brasil obliga a abordar con seriedad y serenidad autocrítica el debate sobre el papel de las fuerzas progresistas en el rol de gobierno durante las dos décadas pasadas y proyectar la forma cómo se deben recomponer los procesos de base que, como lo siguen probando hoy Cuba y sobre todo Venezuela, son los que permiten resistir la arremetida neoliberal.

El gran temor es que el fascismo agitado desde las instituciones desate una persecución que mengüe las organizaciones que sustentan el proyecto progresista, sin embargo, eso hace parte del riesgo calculado que se debe afrontar.

En Uruguay el debate no es ajeno y también está viéndose envuelto en la ola mediática de la propaganda negra que pone bolsos con dólares mal habidos en manos de los miembros del gobierno o, al no poder desatar grandes escándalos por corrupción, pretenden cobrarle al gobierno de aquí las cuentas que tendrían pagar gobiernos ajenos.

Lo más importante es aprender de las experiencias propias del pasado y ajenas del presente y ver dónde están los aspectos que se deben fortalecer para que Uruguay se siga alzando como un bastión de dignidad en el Cono Sur.

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