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Columna destacada | petróleo | Ancap |

La creación de Ancap y la dictadura de Terra

Golpe con olor a petróleo

La larga estela de petróleo sangriento vaya si recorrió las venas de América Latina y la delirante campaña militarista de Donald Trump la restaura.

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La primera refinería estatal de América Latina fue nuestra empresa pública, que sigue siendo pública a pesar de los intentos de entregarla al capital extranjero impulsados por una derecha uruguaya que traiciona hasta lo mejor de su historia.

Ancap fue creada el 15 de octubre de 1931 por la Ley Nº 8764. Su artículo 1º dispuso: “Créase un Ente Industrial del Estado, que se denominará Administración Nacional de Combustibles Alcohol y Pórtland con el cometido de explotar y administrar el monopolio del alcohol y carburante nacional y de importar, rectificar y vender petróleo y sus derivados, y de fabricar pórtland”.

Según la breve reseña histórica del ente en su portal institucional en internet, la intención fue intervenir en nombre del Estado en tres campos estratégicos. Estableció el monopolio estatal en la importación y refinación de petróleo crudo con la condición de producir, al menos, el 50 % de la nafta consumida en el país. Pero, a la vez, extendía ese monopolio a la importación y exportación de cualquier carburante líquido, semilíquido o gaseoso.

Siguiendo esa historia institucional, en lo que respecta a los alcoholes, el monopolio también fue integral sobre la importación, exportación y fabricación de alcohol y de las bebidas alcohólicas destiladas. Y en lo que refiere al cemento, se autorizó la instalación de fábricas de pórtland y productos afines para abastecer las necesidades de obras públicas, que precisamente se buscaban incrementar a efectos de absorber la gran desocupación provocada por la crisis de 1929 en EEUU que repercutió a nivel mundial por las múltiples dependencias que genera el propio sistema económico con su centro y periferia.

En relación a los alcoholes, ya en marzo de 1932 se trataba de sustituir un monopolio privado para conseguir la rebaja en los precios mediante la importación y reventa de alcohol y caña, y la elaboración y venta de grapa. De esa manera, Ancap buscaba asegurar la calidad de los alcoholes, estimular el desarrollo de las actividades agrícolas, vitivinícolas y frutícolas, y contribuir a los estudios y ensayos para la elaboración del carburante nacional (mezcla de nafta y alcohol).

Contra el oligopolio extranjero

En el año 1933 Ancap comenzó a competir en el apetecible mercado de combustibles líquidos refinados, gracias a la importación y venta de productos en todo el país, y se instalaron las dos primeras estaciones de servicio en Montevideo, una en 18 de Julio y Sierra (hoy Fernández Crespo) y la otra en Uruguayana y Capurro.

Además, construyendo sus primeras instalaciones petroleras para operar, primero como distribuidora, y luego con la construcción de la primera refinería en Uruguay con una primaria capacidad de refinación de 600 m3 diarios, logró terminar con la importación de productos elaborados, a la vez que sentaba las bases para enfrentar las restricciones de aprovisionamiento por escasez de materia prima para nuestras industrias básicas y generar la capacidad de abastecer la totalidad de la demanda interna.

Si su creación no es ajena a un impulso batllista tardío, como reacción a la brutal crisis internacional del capitalismo, su concreción fue un intento de poner al servicio de la nación, el redituable negocio de la importación y refinado de un petróleo vital para el funcionamiento del país. Hasta ese momento, el manejo petrolero estaba en manos de poderosas empresas extranjeras que reaccionaron de inmediato, fieles a su estilo y modus operandi.

Eduardo Galeano, basado en el libro de Vivián Trías, "Imperialismo y petróleo en el Uruguay" (1963), así como en un discurso del diputado Enrique Erro en el Parlamento en 1966, le dedica una breves páginas en su monumental "Las venas abiertas de América Latina" (1971) donde recuerda que Ancap fue la respuesta nacional a una larga historia de abusos del trust petrolero en nuestro país.

Bien vale citar un fragmento aleccionador que sería bueno para recordar y aprender: "El Estado contrató la compra de petróleo barato en la Unión Soviética. El cártel financió de inmediato una furiosa campaña de desprestigio contra el ente industrial del Estado uruguayo y comenzó su tarea de extorsión y amenaza. Se afirmaba que el Uruguay no encontraría quien le vendiera las maquinarias y que se quedaría sin petróleo crudo, que el Estado era un pésimo administrador, y que no podía hacerse cargo de tan complicado negocio". Tu cara me suena habría que decirle a tantos repetidos de estos discursos.

Hasta ahí lo usual para el manejo imperial de lo que consideran suyo ayer, hoy y... esperemos que no siempre, si acaso extirpando el acostumbrado cipayismo que se postra ante el imperio de turno, o enseñando algo de historia a esa otra postura que juega a no incordiar.

Terra y el cártel petrolero

Sigue narrando Galeano: "El golpe palaciego de marzo de 1933 despedía cierto olor a petróleo: la dictadura de Gabriel Terra anuló el derecho de la Ancap a monopolizar la importación de combustibles, y en enero de 1938 firmó los convenios secretos con el cártel, ominosos acuerdos que fueron ignorados por el público hasta un cuarto de siglo después". Mediante tales acuerdos, continúa Galeano, "el país está obligado a comprar un cuarenta por ciento del petróleo crudo sin licitación y donde lo indiquen la Standard Oil, la Shell, la Atlantic y la Texaco, a los precios que el cártel fija".

Para entender que tal ataque no fue producto de ninguna consideración respecto de alguna singularidad uruguaya, más adelante, analizando el caso argentino cuenta que "El Congreso argentino se disponía a votar la ley de nacionalización del petróleo el 6 de setiembre de 1930, cuando el caudillo nacionalista Hipólito Yrigoyen fue derribado de la Presidencia del país por el cuartelazo de José Félix Uriburu", corroborando esa bicéfala historia del despojo a ambas orillas del Río de la Plata.

Otro tanto sucedió en la región y todo el continente, ya sea con el olor a petróleo en la Guerra del Chaco que enfrentó a los pueblos de Bolivia y Paraguay, por intereses de la Standard Oil de Rockefeller en competencia con la Shell, enemigas circunstanciales en pelea feroz por sus mercados pero hermanas en el cártel que hacía y deshacía gobiernos, provocaba golpes de estado e instalaba dictaduras afines.

La larga estela de petróleo sangriento vaya si recorrió las venas de América Latina. La delirante campaña militarista de Donald Trump la restaura sin siquiera aquellos viejos discursos de la libertad y la democracia de un país en el que, en 1960, las personas de origen afro no podían sentarse en los asientos de ómnibus reservados para quienes fueran de "raza" blanca, dichos en sus propios términos racistas. Apenas uno de los ejemplos de una sociedad con democracia escasa, algo que se agrava en la actualidad sin declaraciones altisonantes de condena al régimen interno estadounidense por parte de nuestros derechistas vernáculos.

Volviendo a la génesis de nuestra Ancap, es necesario recordar que nació concebida como un polo estratégico orientado a estimular la producción nacional desde una perspectiva de soberanía y gestión de recursos en función del interés nacional. Fue una respuesta audaz, en los marcos tecnológicos de aquel momento, pero con mirada prospectiva de mediano y largo plazo.

Sin dudas, el siglo XX fue el siglo del petróleo, con sus motores a combustión que condicionaron la movilidad humana y configuraron la industria con mayor concentración de riqueza dentro del sistema capitalista, también la que marcó a sangre y fuego al mundo en función de oscuros intereses de unos pocos. Tan oscuros y viscosos como ese aceite de roca, que eso significa la palabra petroleum que el latin tomó del griego.

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