Lo cierto es que el Partido Colorado, que gobernó más de un siglo a nivel nacional y otro tanto a nivel departamental, hasta que el Partido Nacional lo derrotó en la que fue su única victoria en Montevideo en las elecciones de 1958, hoy cuenta con apenas un representante, síntoma de su radical y estrepitosa decadencia. Actualmente, el PC es un mero furgón de cola de su enemigo histórico, el Partido Nacional. Sin embargo, gracias a esta alianza política, derivada de un concubinato ideológico, integró, en minoría, hasta febrero de 2025, el gobierno de coalición encabezado por el blanco Luis Lacalle Pou.
Empero, su caída en picada en Montevideo se inició realmente en 1989, cuando las elecciones departamentales, que por entonces eran simultáneas a las nacionales, se celebraban en noviembre en una única vuelta. En efecto, ese año el Frente Amplio derrotó al Partido Colorado y Tabaré Vázquez se transformó en el primer intendente del largo ciclo progresista capitalino.
Cinco años después, en 2004, el coloradismo padeció una suerte de cataclismo, al obtener apenas un 10 % de votación a nivel nacional, luego de la demoledora crisis del 2002, originada por el gobierno de coalición de derecha encabezado por Jorge Batlle.
Sin embargo, su obsecuencia con Washington fue funcional ese año al propio Jorge Batlle, para obtener un préstamo puente del Gobierno estadounidense de 1.500 millones de dólares destinado a resucitar al agonizante sistema financiero, gracias a su buena relación con el emperador Jorge W. Bush.
Ese fue el corolario de relaciones carnales que se iniciaron hace más de un siglo cuando, en 1904, el primer gobierno de José Batlle y Ordoñez recibió armamento norteamericano de última generación, como ametralladoras Colt, cañones Canet y fusiles Máuser para enfrentar al ejército revolucionario blanco encabezado por el caudillo Aparicio Saravia. Incluso, se estima que envió asesores militares. La ayuda del presidente Theodore Roosevelt, a quien Batlle recibió con honores en 1913 en Montevideo, le permitió al gobierno colorado ganar la guerra civil.
Asimismo, en la segunda mitad del siglo XX, durante gobiernos colorados y blancos, la CIA instaló una base de operaciones en nuestro país. Ese episodio, que suele ser negado, fue confirmado en agosto de 1997 en una entrevista realizada por el diario La República a Philip Agee, exagente de la Central de Inteligencia Americana. En ese contexto, el exespía yanqui reveló que el servicio de inteligencia de su país, en conjunción con el aparato represivo uruguayo, infiltró al Partido Comunista y a otras organizaciones de izquierda. El acto de injerencia más explícito fue la presencia del agente secreto Dan Anthony Mitrione, quien adiestraba a policías y militares de nuestro país en técnicas de tortura. Mitrione fue secuestrado y ajusticiado en 1970 por el Movimiento de Liberación Nacional, durante el gobierno del prepotente mandatario colorado Jorge Pacheco Areco.
Es decir, Estados Unidos siempre fue funcional a los partidos tradicionales y estos le devolvieron la gentileza, haciendo la vista gorda ante agresiones militares del imperio y transformándose, por omisión, en indirectos cómplices del genocidio que está perpetrando Israel en la Franja de Gaza, con el apoyo militar y económico de la potencia imperial.
Volviendo al núcleo del tema que nos ocupa, la entrega de llaves de Montevideo a los mandatarios extranjeros, a quienes también se les otorga la condición de “visitante ilustre”, es una muy antigua tradición en materia de hospitalidad, que es meramente protocolar y no responde a motivaciones o afinidades ideológicas. En efecto, esa distinción se confiere a todos los jefes de Estado extranjeros que visitan nuestra capital en misión oficial.
Este ignoto edil colorado y su partido, así como toda la derecha vernácula, deberían tener un poco de memoria, ya que, en 1990, Tabaré Vázquez, primer intendente de izquierda de Montevideo, le entregó las llaves de la ciudad a George H. W. Bush, por entonces presidente de los Estados Unidos, pese a que, un año antes, tropas norteamericanas invadieron Panamá y derrocaron al presidente Manuel Antonio Noriega, con un pretexto similar al esgrimido por Donald Trump para perpetrar la agresión militar contra Venezuela y secuestrar a Nicolás Maduro. Por entonces, hubo un fuerte altercado en la Junta Departamental, cuyo presidente era el exguerrillero tupamaro Jorge Zabalza.
¿Por qué la derecha jamás exigió que se le retirara la distinción al expresidente norteamericano, pese a que, además, en 2001, Estados Unidos encabezó una coalición militar que atacó Irak en el marco de la denominada Guerra del Golfo y, dos años después, su hijo, George W. Bush, ordenó la invasión de ese país árabe que culminó con el derrocamiento y la ejecución ilegal del mandatario Saddam Hussein?
Más que mala memoria, este nuevo episodio revela la visión cojitranca que tiene la derecha uruguaya en materia de política exterior, que haría casi imposible consensuar una política de Estado con el Gobierno de Yamandú Orsi.
En tal sentido, es muy radical la diferencia de actitudes entre este mesurado y hasta tibio Gobierno y la oposición, con respecto a la agresión militar contra Venezuela y el secuestro del presidente Nicolás Maduro. Mientras la izquierda honró con cautela no exenta de pragmatismo la tradición de apego al derecho internacional, la derecha mantuvo su enhiesta su postura obsecuente con el imperio, que hasta justifica invasiones y secuestros, que son actos terroristas. Las declaraciones de blancos y colorados fueron sumamente ambiguas, haciendo foco más en el gobierno de Maduro que en la agresión militar en sí misma.
No recordamos que los partidos tradicionales, tan afectos a denunciar eventuales actos de represión en Venezuela y también la presunta existencia de presos políticos, hayan hecho lo propio con los más de 800 presos políticos recluidos en la base militar norteamericana emplazada en Guantánamo, en una región que pertenece a Cuba, pero que está ocupada por Estados Unidos hace 122 años. Para ellos, esta prisión militar parece no existir, al igual que las barbaridades perpetradas por el imperio.