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Mundo militar | Donald Trump |

Bases yanquis en la región

Despliegue militar y "zonas liberadas" por las oligarquías cipayas

Aunque sea de perogrullo recordarlo, el poder militar estadounidense no surge con Donald Trump ni su despliegue planetario. Tampoco comienza en América Latina y el Caribe.

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Lo que ocurre es que Donald Trump utiliza ese poderío —robustecido por el desarrollo tecnológico, el fin de la Guerra Fría y un proceso ininterrumpido de carrera armamentista— como una herramienta al servicio de su proyecto político MAGA, tal como queda claramente establecido en el documento de Estrategia de Seguridad Nacional. Por ello, el mundo no debió asombrarse cuando Trump reconoció el uso de armas no conocidas en su agresión militar a Venezuela.

La novedad que posiblemente introduce Trump es el no respeto y desprecio por las convenciones internacionales (bastante ineficaces, por cierto) y el exacerbado uso de las asimetrías. Sin embargo, a pesar de su historia de invasiones e involucramiento en guerras oportunistas, su despliegue militar no ha sido producto de un avasallamiento por la fuerza en el terreno —una marcha imparable de sus tropas cual ejército romano— sino de las distintas formas en que las oligarquías cipayas, en el caso específico de América Latina y el Caribe, han avalado —o cuando no, tolerado— su presencia.

El despliegue militar estadounidense en la región ha operado históricamente mediante cuatro mecanismos de presencia e intervención:

* La invasión militar y permanencia temporal en el territorio (Base Guantánamo, Enmienda Platt).

* La invasión militar y permanencia hasta la instalación de un "gobierno amigo" (por ejemplo, Panamá 1989).

* La instalación de bases militares.

Además de una constante política de formación desde los años 50 en la Escuela de las Américas (inicialmente en Panamá) , las operaciones UNITAS y las misiones de paz.

Del comunismo al narcotráfico

Luego de la Segunda Guerra Mundial, la estrategia de presencia e intervención militar de los EEUU consistía en ocupar terreno para detener el posible avance de la URSS y para impedir la instalación de gobiernos contrarios al sistema capitalista. Su despliegue estrictamente militar —en cuanto a la inversión de tropas propias en el continente— estaba mediatizado por el rol de "ejércitos de ocupación" que cumplían los ejércitos nacionales bajo la Doctrina de la Seguridad Nacional, lo que le ahorraba el desplazamiento de efectivos que ya necesitaba en otros lugares del planeta (Vietnam, por ejemplo).

De este modo, resultaba suficiente poner a la oficina de inteligencia (la CIA) a monitorear la conducta y lealtad de aquellas oligarquías cipayas y sus fuerzas militares y paramilitares. Cuando la confrontación escaló —como en el caso de la Centroamérica de los años 80—, instructores militares de Estados Unidos se pusieron al frente de las tropas locales y de la conducción del conflicto bélico.

Los distintos golpes de Estado en el continente durante los años 70 hicieron de cada nación una suerte de “zona liberada” donde se consolidaba no solo la presencia militar, sino también el escenario propicio para las necesidades económicas de Estados Unidos. En ancas de las dictaduras cívico-militares llegaron la dolarización de las economías locales, el crecimiento de sus deudas externas y la aplicación de las nuevas economías neoliberales.

Esa doctrina —denominada neoliberalismo— se conoció como el Consenso de Washington: un paquete de diez recomendaciones formulado en 1989 por el economista John Williamson para los países latinoamericanos en crisis. Disciplina fiscal, privatizaciones, liberalización comercial, desregulación: el recetario del FMI y el Banco Mundial que prometía crecimiento a través del mercado libre.

En el plano militar, Estados Unidos abandonó formalmente la Doctrina de Seguridad Nacional y adoptó la estrategia de los "conflictos de baja intensidad", delineada en los encuentros de Santa Fe I (1982) y Santa Fe II (1988). La lógica era la misma —los ejércitos nacionales como instrumentos de orden interno— pero sin los costos políticos de los golpes clásicos. La invasión de Panamá y el secuestro del presidente Noriega en 1989 fue la primera demostración práctica del nuevo manual.

En medio de ese vendaval que logró soportar el pueblo cubano, el pueblo venezolano encendió una chispa de rebeldía con el Caracazo de 1989, mientras la nueva ola de gobiernos progresistas de principios del siglo XXI buscó dar un viraje a las políticas neoliberales, aunque con poco músculo para encarar la sombra del poder militar estadounidense.

El fantasma del comunismo fue reemplazado, luego del derrumbe del socialismo en el Este, por la presencia del narcotráfico y la concepción de Estados fallidos, mientras sus oligarquías idolatraban el estilo de vida, la cultura de masas y el poder militar de los Estados Unidos, autoerigido en una suerte de gendarme internacional.

“Zonas liberadas”

La presencia permanente de bases militares yanquis en América Latina y el Caribe tiene su origen en la construcción del Canal de Panamá y en la expulsión de España de Puerto Rico y Cuba. Conviene recordar en esta etapa del "Corolario Trump" —fundado en la Doctrina Monroe— el "Corolario Roosevelt", surgido de la política expansionista de 1903.

La consolidación de estas "zonas liberadas" no sería posible sin un entramado de instalaciones militares que, a lo largo y ancho del continente, garantiza la proyección del poder estadounidense. Dicho entramado, lejos de ser circunstancial, obedece a una lógica geopolítica perfectamente delineada que se remonta a los albores del siglo XX y que encuentra en puntos estratégicos del Caribe, Centroamérica y el Pacífico su materialización más evidente.

Bases militares:

La zona del Canal de Panamá. Tras apoyar la independencia de Panamá contra Colombia, Washington consiguió derechos para construir y controlar el Canal, administrándolo como si fuera propio, reduciendo así drásticamente el tiempo de tránsito de bienes hacia el Pacífico.

La Base Naval de Bahía de Guantánamo, Cuba. Se construyó casi inmediatamente después de la intervención estadounidense en la guerra de independencia cubana contra España. Esta base le otorgaba una presencia naval estratégica en el centro del Caribe.

La Base de Manta, Ecuador (Base Aérea Eloy Alfaro). Fue instalada por Estados Unidos en el marco de la cooperación contra el narcotráfico con Ecuador, dentro del denominado Plan Colombia en 1999.

La Base Aérea de Comalapa, El Salvador. Fue también construida en 2000 con supuestos fines antinarcotráfico. Realizaba operaciones de vigilancia aérea y señalamiento de objetivos para las fuerzas del orden, pero su presencia se remonta al apoyo en el combate contra el FMLN.

Colombia permitió la construcción de varias bases para fortalecer las acciones del ejército colombiano contra las FARC y el ELN en el marco de la estrategia bilateral EEUU-Colombia (Plan Colombia).

La perspectiva estratégica moderna de Estados Unidos en estos países se basa en dos elementos principales: la supuesta lucha contra el narcotráfico (Ecuador, Colombia, Panamá) y el control de pasos estratégicos (Panamá, Cuba).

Para actualizar y ejemplificar la estrategia utilizada, cabe recordar que el Gobierno del derechista Daniel Noboa en Ecuador sometió a referéndum la reinstalación de las bases militares, consulta que fue derrotada por las fuerzas antiimperialistas ecuatorianas, pero con el pretexto del combate al narcotráfico la presencia militar estadounidense en suelo ecuatoriano es un hecho.

¿Por qué le resulta vital a Estados Unidos su base militar en las islas Galápagos, por ejemplo? Porque a la amenaza —para Estados Unidos— de que una empresa china posea dos puertos en cada extremo del Canal de Panamá, al control de "la llave del imperio" —o sea el control marítimo del Caribe, con sus distintos afluentes entre islas—, se suma que las Galápagos son islas que otorgan proyección imperial hacia el Pacífico, con miras a contener a China.

Las bases militares estadounidenses están repartidas por todo el mundo en esferas de influencia estratégica que pueden clasificarse en cinco regiones principales: Indo-Pacífico, Europa, Oriente Medio, África y América Latina y el Caribe. Según un informe del Congreso de Estados Unidos en 2024, nuestra región cuenta con unos 1.650 efectivos, la mayoría en Cuba y Honduras. Las bases principales incluyen la Base Naval de Guantánamo en Cuba y la Base Aérea Soto Cano en Honduras, con sitios limitados de cooperación en seguridad en Centroamérica y América del Sur.

Estas bases se centran en la lucha contra el narcotráfico, la prestación de apoyo logístico y formación, y la vigilancia de la influencia china y rusa en la región. No todas cumplen la misma función y se organizan según la misión asignada. En la actualidad, y ante la falta de cifras oficiales, se conocen aproximadamente 75 bases. Algunas son MOBs (Bases Operativas), FOL/CLS (Puestos de Seguridad Operativa), y otras llevan nombres como Centro de Operaciones de Emergencia Regional (COER), en el caso peruano. Los países que encabezan la lista son: Panamá (12), Puerto Rico (12), Colombia (9) y Perú (8).

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El cipayismo

En el arco geográfico que va de República Dominicana a Trinidad y Tobago han surgido distintos aliados para la "Operación Lanza del Sur" de Estados Unidos, con roles disímiles, desarrollada entre octubre de 2025 y enero de 2026, con el objetivo de preparar la intervención militar contra Venezuela y el secuestro de su presidente, Nicolás Maduro, y de su esposa, la primera dama combatiente, la diputada Cilia Flores.

El enorme despliegue de fuerzas militares de la primera potencia del mundo necesitaba todo tipo de asistencia: pistas de aterrizaje, puntos de abastecimiento, radares en puestos avanzados, maniobras o campamentos para sus soldados. También misiones de reconocimiento o espacio para almacenar equipos. Las fuerzas militares se instalaban mientras ejecutaban a más de 100 personas acusadas de navegar en "narcolanchas" en aguas del Caribe.

El despliegue acumuló en aguas de la región al menos 12 buques de guerra, un submarino nuclear, aviones, helicópteros y drones, además de dos portaaviones: el USS Gerald R. Ford y el Iwo Jima. Se estima que el número de efectivos militares superó los 15.000.

Los 7 enclaves de apoyo logístico en el Caribe

En el sur del continente, aunque Estados Unidos no tiene bases militares, el Gobierno de Milei en Argentina decretó durante 2025 la Operación Tridente, a llevarse a cabo en territorio argentino, en las bases navales de Mar del Plata, Ushuaia y Puerto Belgrano.

Los otros despliegues

La presencia militar estadounidense —especialmente de su Comando Sur— se hace presente mediante los ejercicios de las maniobras UNITAS. El último ejercicio coincidió con el avance de fuerzas militares sobre Venezuela en el mar Caribe, y contó con gobiernos como el argentino de Milei, que ofreció sus recursos militares para participar del ejercicio.

Surgidos en plena Guerra Fría, estos ejercicios sirvieron como respaldo al golpe de Estado en Chile en 1973, que puso fin por la vía armada al proyecto de la Unidad Popular liderado por Salvador Allende de instaurar el socialismo por la vía democrática. Estos ejercicios surgen a partir de la Primera Conferencia Naval celebrada en Panamá en 1959 y se realizan en el marco del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR).

En sus inicios participaron Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Uruguay, Perú y Venezuela. Con el tiempo se fueron incorporando otros países. Desde 1999 el ejercicio se divide en tres fases: Atlántico, Pacífico y Caribe, alternando anualmente en sentido y contrasentido del reloj.

La edición 2025 se destacó por su escala y complejidad, en un contexto geopolítico definido por un despliegue militar estadounidense en el mar Caribe dentro de la campaña de la Casa Blanca que usa como excusa la supuesta lucha contra los cárteles de la droga latinoamericanos. Participaron 8 mil efectivos de 25 países, junto a múltiples buques de superficie, submarinos, aeronaves y sistemas de flota no tripulados, además de ejercicios en tierra, cerca de estaciones navales en los estados de Florida, Carolina del Norte y Virginia.

Entre los países participantes se encontraron Alemania, Argentina, Belice, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Ecuador, El Salvador, España, Estados Unidos, Francia, Grecia, Guatemala, Honduras, Italia, Marruecos, Japón, Jamaica, México, Países Bajos, Paraguay, Perú, Portugal, República Dominicana, Singapur.

"Se estima que el ejercicio UNITAS de este año será uno de los más grandes de la historia, solo comparable con UNITAS Gold, el ejercicio que celebra su 50.º aniversario", declaró Patrick Cooper[1.1], planificador principal de UNITAS 2025, integrante del Comando Sur de las Fuerzas Navales de los EEUU/4.ª Flota de los EEUU.

Las maniobras incluyeron defensa aérea, guerra antisubmarina, interdicción marítima, desembarcos anfibios, ejercicios con fuego real —incluido un SINKEX (hundimiento de barcos) — y la integración de sistemas no tripulados e híbridos.

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El nexo UNITAS 2025-Caribe

El gigantesco ejercicio UNITAS 2025 forma parte de la guerra psicológica que se suma a la presencia militar en el Caribe, emprendida contra el Gobierno bolivariano y el pueblo de Venezuela, tal como lo difunden los medios de comunicación oficiales y pronorteamericanos.

Visto desde la óptica de la academia militar, estos ejercicios constituyen la construcción de la hegemonía de la doctrina militar norteamericana, de clara definición belicista y expansionista. Por un lado, se instruye en las técnicas militares de manejo de armamento, de planificación estratégica y táctica, de actividades de inteligencia y contrainteligencia, pero fundamentalmente de geopolítica, donde el expansionismo de China y Rusia en particular y de los BRICS en general es el nuevo enemigo.

Se fundamenta el poder disuasivo del arsenal nuclear y los bombardeos como forma de evitar la "carnicería" de los viejos combates con soldados en el territorio —en guerra de posiciones—, elemento que ha sido un dolor de cabeza para Estados Unidos, sobre todo por las implicancias políticas internas cuando empezaban a llegar a su país los soldados muertos.

La paz del combatiente

La CELAC proclamó a América Latina y el Caribe como zona de paz en 2014 (II Cumbre, La Habana), comprometiéndose a solucionar controversias sin violencia, respetar la soberanía, la no intervención en asuntos internos y la proscripción de armas nucleares. Este compromiso busca mantener la región libre de injerencias externas.

La última guerra formal entre estados soberanos en América Latina fue la Guerra del Cenepa (enero-febrero 1995) entre Perú y Ecuador, un breve conflicto fronterizo en la cordillera del Cóndor.

En términos absolutos, la presencia de fuerzas armadas nacionales garantiza la soberanía de cada nación y se preparan para mantener la paz. Sin embargo, la paz no deja de ser un obstáculo para una "carrera militar profesional" y para el militar que pretende realizarse en su profesión.

El espíritu belicista del Ejército de Estados Unidos también se despliega haciéndose carne en cierta parte de la oficialidad latinoamericana, salvo en las fuerzas armadas venezolanas, cubanas y nicaragüenses, forjadas al calor y la necesidad de defensa de la soberanía de sus patrias. Participar en las misiones de paz de las Naciones Unidas, en los ejercicios UNITAS, bajo la instrucción de militares estadounidenses, ha sido para muchos oficiales la oportunidad de darle un sentido a su carrera militar.

No son la misma generación de oficiales que condujeron golpes de Estado oficiando como ejércitos de ocupación en sus propios países, pero son los que responden a la estrategia del Pentágono, enfrentándose a los militares que, con una visión soberana, impulsan un proceso de construcción de comunidades de defensa ante el despliegue militar estadounidense y de la UE, y la defensa de los recursos naturales del continente, alineados —sin someterse— al concepto del Ejército Popular de Liberación de China de las políticas de defensa al servicio del desarrollo económico y social, y de un equilibrio estratégico a nivel global.

El secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro por parte de fuerzas militares abre un nuevo escenario bélico donde el "combate con dirección remota" presenta nuevos desafíos a las fuerzas armadas tradicionales, aún en un esquema de guerra de todo el pueblo.

Una vez más, es la política la que rige las definiciones militares; en la derechización de gobiernos regionales (Bolivia, Perú, Honduras, Argentina, Chile, El Salvador, Paraguay, por ejemplo) y en los del Caribe se encuentra parte del plan de ahorro en movilización de recursos humanos del despliegue militar imperialista.

El 3 de enero de 2026 el mundo pudo ver, en la agresión militar contra Venezuela, las tres fases de la nueva estrategia bélica imperial:

a) Una sostenida guerra cognitiva que busca promover descontento en la población civil contra el Gobierno y en los mandos militares la sensación de imbatibilidad del enemigo.

b) Una segunda fase de guerra híbrida, donde a la guerra cognitiva se suma la presencia física militar sin ataques cinéticos.

c) La ofensiva militar cinética y cibernética.

Los centros de altos estudios estratégicos tienen entonces, en esta dura experiencia para el pueblo venezolano, un escenario de estudio de los posibles nuevos conflictos en la región.